Bibliotecas y mi colección de libros

Lema

Libro de Proverbios, 8 20, de la Biblia. "Yo camino por la senda de la justicia, por los senderos de la equidad."

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Comentarios de Cristián Warnken

Luis Alberto Bustamante Robin; Jose Guillermo Gonzalez Cornejo; Jennifer Angelica Ponce Ponce; Francia Carolina Vera Valdes;  Carolina Ivonne Reyes Candia; Mario Alberto  Correa Manríquez; Enrique Alejandro Valenzuela Erazo; Gardo Francisco Valencia Avaria; Alvaro Gonzalo  Andaur Medina; Carla Veronica Barrientos Melendez;  Luis Alberto Cortes Aguilera; Ricardo Adolfo  Price Toro;  Julio César  Gil Saladrina; Ivette Renee Mourguet Besoain; Marcelo Andres Oyarse Reyes; Franco Gonzalez Fortunatti; Patricio  Hernández Jara;  Demetrio Protopsaltis Palma;Paula Flores Vargas ; Ricardo Matias Heredia Sanchez; alamiro fernandez acevedo;  Soledad García Nannig; 


Cristián Warnken




¡Yo no sé! (11 septiembre de 1973)


 Ayer, hace 40 años, yo tenía 12 años. Mi familia estaba dividida. Mi padre, un empleado que había perdido el trabajo en una empresa tomada, se había vuelto antiallendista. Mi madre, ese día, estaba pegada a la Radio Magallanes escuchando la despedida de Salvador Allende y lloraba. Maravillosas personas ambas: mi padre "momio" y mi madre "upelienta". Gracias a esa división interna, en mi casa se leían todos los días "El Mercurio" y "El Siglo". Siento todavía el sonido atronador de los Hawker-Hunter cruzando el cielo de la zona oriente en dirección a Tomás Moro, y veo a nuestros vecinos descorchar botellas de champagne . En mi casa hay un silencio sepulcral, todavía escucho dentro mío ese silencio.

Cuando la macrohistoria entra en nuestras vidas, entra de golpe, sin aviso. A la intrahistoria (concepto acuñado por Unamuno para designar las vidas de los ciudadanos comunes y corrientes, los que no están en la primera línea) solo le queda entonces acatar el absurdo y muchas veces el horror, resignarse a ser la platea o la carne de cañón del gran relato escrito por otros en representación nuestra. Recuerdo la primera vez que escuché el nombre "Pinochet", la primera vez que oí su voz tan característica. "Pinochet, ¿quién es Pinochet?", le pregunté a mi madre, que seguía en silencio -como si todo fuera un sueño- los vertiginosos acontecimientos de afuera. 
"Un traidor, se pasó a último minuto al otro bando". "El salvador del país"-sentenció mi padre-. ¿Pero de dónde venía Pinochet, de qué rincón del inconsciente chileno, de qué profundidades de un Chile que hasta entonces desconocíamos? ¿No viene Pinochet de adentro de nosotros mismos? Mi madre quiere ir al centro, a defender al Presidente constitucional, cree que el pueblo saldrá a las calles a resistir. 
Mi padre la detiene, le muestra que no hay tal resistencia, que están sacando el cadáver del Presidente envuelto en una manta, que todo se acabó. La soledad total de Allende en La Moneda envuelta en llamas es tal vez la imagen más impresionante que retengo de ese día. Mi padre dice que hay que quemar o hacer desaparecer todos los diarios y revistas de izquierda de nuestra casa. Afuera, un vecino democratacristiano me explica que no hay nada que temer, que los militares van a devolver pronto el poder, que es mejor que todos los líderes de la UP se entreguen, que sus derechos van a ser respetados.

Se apodera de mí una extraña sensación, una mezcla de pena y perplejidad. Tengo apenas 12 años. En el living de mi casa están las obras de grandes escritores de la literatura universal (en cuidadas ediciones Aguilar, en papel biblia), entre ellos Shakespeare y Dostoievsky. Más tarde descubriré que ahí -y no en los manuales de historia- están las claves profundas para entender algo de lo que ahora nos supera. Me parece que esa tarde un manto gris se deja caer sobre Santiago. Es ya septiembre, pero la primavera se demorará más de la cuenta en llegar. Se acaba de terminar mi infancia, abruptamente, y la de mi país. Vendrán los años de la adolescencia, en la que aprenderemos que el dolor es el precio inevitable que hay que pagar para llegar a la verdad.

¡Cuarenta años desde ese día extraño de septiembre! 

En 40 años uno se enamora y desenamora, conoce y pierde amigos, abraza y pierde sueños, se enfrenta al dolor, la alegría y la muerte. Ojeo mis gastados ejemplares de colección de "El Mercurio" y "Mampato" y los de "El Siglo" que se salvaron de la quema, y siento una extraña mezcla de nostalgia y compasión por lo que fuimos. Intento comprender ese pasado que se me aparece como el pasado de otros, cuando es también el mío. Pienso en todos los que murieron y también en los que sobrevivieron. Pienso en nuestras vidas -como todas las vidas- hechas de lealtades, abdicaciones, traiciones, verdades y mentiras.

Pienso en ese día 11 de septiembre y los 40 años que lo siguieron, y solo me nace decir con el gran poeta Vallejo: "Hay golpes en la vida tan fuertes, ¡yo no sé!


 Cristián Warnken: Feminismo… ¿Dónde está la Diosa Blanca?

Una cosa es combatir el machismo cavernario, otra es debilitar lo masculino, al punto de invitar casi a una autocastración, debilitamiento o humillación del sujeto masculino.


A raíz de las denuncias por abusos y maltratos que todos los días aparecen en los medios de comunicación, se ha popularizado la idea de instaurar protocolos y normas para asegurar una buena convivencia. No cabe duda que se hacía necesario reaccionar de manera clara contra conductas impropias, y algunas muy violentas y agraviantes, contra las mujeres, por parte de un machismo a veces cavernario o simplemente trasnochado. A lo que apunta este movimiento feminista es a un cambio cultural, un cambio que podría ser muy necesario y positivo, pero, como toda “revolución”, entraña peligros que es importante ver desde un comienzo. 
Uno de esos peligros: la protocolización excesiva de todo. No es sensato pasar de la ausencia de normas y reglamentos que protejan a los abusados, a una maraña que pretenda regular cada acción, movimiento o expresión donde pudiera sospecharse una pulsión “sexista” o machista. En algunas universidades norteamericanas se ha llegado al delirio de calcular cuántos segundos se puede sostener una mirada sobre el “otro” u “otra” para que no sea interpretado como acoso.

La demonización del piropo es otro absurdo. No todo puede ni debe ser protocolizado: la vida es mucho más compleja, cambiante, libre, que lo que un conjunto de reglamentos puede dictar. En las universidades eso es particularmente sensible: el exceso de formalización, de metodologías, de objetivos, ha asfixiado la necesaria libertad de cátedra, que debe siempre nutrirse del entusiasmo, la creatividad y lo inesperado. La tecnificación pedagogista desanima cada vez más a buenos profesores a seguir enseñando. Agregarle ahora más protocolos a la vida universitaria puede terminar por convertirla en un espacio “higienizado” pero muerto.

Leo que en algunas facultades se están haciendo “talleres de deconstrucción machista”. Se ayuda a los alumnos hombres a reflexionar sobre su posible calidad de “cómplices” o “gestores” de violencia sexista. Me parece bien generar espacios de reflexión en que hombres y mujeres podamos darnos cuenta de los vicios en la manera de relacionarnos y comunicarnos, arraigados atávicamente.



Pero el lenguaje usado para convocar a estos “talleres” me recuerda mucho el concepto de reeducación aplicado en dictaduras totalitarias (en la China de la revolución cultural de Mao, o en Cuba) que buscaban “extirpar” cualquier atisbo contrarrevolucionario en las personas. Una cosa es combatir el machismo cavernario, otra es debilitar lo masculino, al punto de invitar casi a una autocastración, debilitamiento o humillación del sujeto masculino. El lenguaje usado viene de las teorías de la deconstrucción que algunos filósofos franceses convirtieron en “jerga” sectaria y casi en religión en los 70. Preferiría un lenguaje más invitante y positivo.

Cuando las mujeres han ocupado un lugar central en la sociedad, la cultura y la creatividad han florecido. Pienso en los siglos XI y XII en Provenza. Los hombres estaban ocupados en la guerra, las damas se apoderaron de las cortes y organizaron tertulias, torneos de poesía. Allí surgieron los trovadores y la reinvención del Amor, que cambió completamente la manera de entender la relación hombre-mujer.

Eso esperaría de esta “revolución”: menos protocolos, más poesía. Poesía: la “Diosa Blanca” -según Graves-, resistencia desde lo intuitivo matriarcal contra lo racionalista patriarcal. ¡Y tenemos a nuestras grandes Sibilas, Gabriela Mistral y Violeta Parra, para hacerlo!

La invitación debe ser a pensar y a repensar lo masculino y lo femenino, y eso requiere más profundidad, más pensamiento que meros eslóganes y clisés. Sería una lástima que esta “primavera” feminista terminara en inquisición y resentimiento, sin espacio para la crítica ni el humor. Porque -como dijera Nietzsche- “sospecho de toda verdad que no venga acompañada de una carcajada”.

Por Cristián Warnken Lihn para Chile Merece

14 Junio 2018




continuación

1 comentario: