Bibliotecas y mi colección de libros

lunes, 25 de marzo de 2013

José Luis Melero ( bibliófilo aragonés)

Luis Alberto Bustamante Robin; Jose Guillermo Gonzalez Cornejo; Jennifer Angelica Ponce Ponce; Francia Carolina Vera Valdes;  Carolina Ivonne Reyes Candia; Mario Alberto  Correa Manríquez; Enrique Alejandro Valenzuela Erazo; Gardo Francisco Valencia Avaria; Alvaro Gonzalo  Andaur Medina; Carla Veronica Barrientos Melendez;  Luis Alberto Cortes Aguilera; Ricardo Adolfo  Price Toro;  Julio César  Gil Saladrina; Ivette Renee Mourguet Besoain; Marcelo Andres Oyarse Reyes; Franco Gonzalez Fortunatti; Patricio ernesto Hernández Jara;  Demetrio Protopsaltis Palma; 

Biografía 

José Luis Melero Rivas (Zaragoza, Aragón, 1956) es un escritor español,​ y uno de los principales estudiosos de la literatura aragonesa. Es además uno de los más reconocidos bibliófilos de Aragón. En 1977 fue uno de los fundadores del Rolde de Estudios Aragoneses y de la revista Rolde, de cuyo Consejo de Redacción forma parte desde entonces. En los años setenta colaboró con distintas revistas de poesía, fundó la revista Crótalo y fue Secretario de Dirección de la colección Poemas de libros de poesía entre 1983 y 1986


“Poco después de cumplir los veinte años, descubrí el universo de los libros viejos. Observé que muchas veces las ediciones antiguas costaban menos que las modernas cuando las comprabas en los rastros y las almonedas, y que había montones de libros y de escritores sin reeditar y sin recuperar. Siempre he seguido leyendo las novedades editoriales que me interesan, pero la labor detectivesca de descubrir viejos libros y viejos escritores olvidados tiene un enorme atractivo”, explica José Luis Melero Rivas (Zaragoza, 1956), bibliófilo, escritor y colaborador asiduo de HERALDO.

Acaba de reeditar, doce años después de su primera edición en 2003 en la Bibliotea Aragonesa de Cultura que dirigió Eloy Fernández Clemente, su libro ‘Leer para contarlo’ en Xordica con portada de Jorge Gay.

¿Qué diferencia hay entre un lector feliz y un bibliófilo?

Para mí son la misma cosa, pues solo entiendo la bibliofilia como una pasión por los libros y la lectura. Por lo tanto, el buen bibliófilo es un lector feliz. Pero es verdad que hay bibliófilos -sobre todo entre los amantes de los libros anteriores al siglo XVIII- que apenas leen los libros que compran. Esa bibliofilia, de marcado perfil coleccionista, a mí nunca me ha interesado, aunque, desde luego, si me regalaran un incunable zaragozano no le haría ascos. Aunque no lo fuera a leer nunca.


¿Qué quiso decir en ‘Leer para contarlo’, que entonces llevaba por subtítulo ‘Memorias de un bibliófilo aragonés’, y qué ha añadido a esta nueva edición

Quise contar buena parte de mi vida dedicada a buscar libros raros y curiosos, a leerlos y a comentarlos. Y hablar de muchos libreros y de muchos bibliófilos, de autores desconocidos u olvidados y de mi pasión por la letra pequeña de los manuales y por las literaturas periféricas y suburbiales. En esta edición he añadido nuevos datos y nuevas anécdotas, aunque en lo sustancial el libro es el mismo que se editó hace ya doce años.

¿Ser bibliófilo es sinónimo de buscador de tesoros, de rarezas, de encuadernaciones especiales, de olvidados?

Hay bibliófilos para todo. El librero catalán Josep Porter escribió en ‘Los libros’ sobre las especialidades bibliofílicas que conocía y superaban las dos mil quinientas. Hay compradores compulsivos que lo compran todo y hay compradores coleccionistas que solo compran una clase determinada de libros. Así los hay que solo compran Quijo­tes (Neruda compraba Quijotes), o libros de un de­terminado autor (Monterroso, por ejemplo, compró durante mucho tiempo primeras ediciones de Joyce, Vallejo o Eliot), o solo de una colec­ción (crisolines, Aguilares en piel), o solo libros escola­res, o solo góticos o elzevirianos. Los hay también que solo coleccionan Ibarras o incu­nables, o libros impresos por Benito Monfort. O solo ser­mones, como el padre de Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, que llegó a tener más de 20.000. Pedro Salinas coleccionaba tratados de urbanidad, y Walter Benjamin buscaba libros escritos por dementes y cuentos de hadas para niños. Están también los que solo compran libros antiguos y los que solo compran libros modernos, los fetichistas que buscan dedicatorias…

¿Ser bibliófilo es, también, sinónimo de mitomanía?

 Usted busca las casas de escritores, tumbas en los cementerios, ediciones dedicadas...
Yo puedo hablar por mí, y en mi caso ese perfil es desde luego muy acusado. Me gustan las dedicatorias autógrafas, los libros que han pertenecido a escritores importantes y que llevan ex libris u otros signos de propiedad… Y, sí, también visito las casas de los escritores y los cementerios donde yacen. Cómo ir a La Habana y no visitar la casa de Lezama o de Hemingway, y cómo ir a París y no llevar flores a la tumba de Cortázar en Montparnasse.

¿Cuál es su responsabilidad social como sabio de libros, por decirlo así?

De sabio, nada. Yo estoy todos los días aprendiendo y todos sabemos que cuanto más leemos más nos damos cuenta de lo poco que sabemos. En cualquier caso, hay dos condiciones para considerar relevante la función social del bibliófilo, además de la común a todos ellos de rescatar libros que de otro modo se perderían y pro­porcionales refugio contra peligros y adversidades: la primera es que sus libros sirvan para investigar y que de ellos salgan publicaciones que interesen o sirvan a la sociedad, razón por la que el bibliófilo no debe ser ágrafo; y la segunda es que sus libros estén a disposición de los estudiosos, es decir que sus bibliotecas puedan ser consultadas. Hay quienes los prestan o quienes los dejan consultar en casa. Si se prestan, hay que hacerlo con mo­deración.

¿Cuáles son las dedicatorias que más valora?
Tengo muchas que me gustan. Pero me quedaría con una de Neruda en el ‘Canto General’, con la de Dámaso Alonso en ‘Hijos de la ira’ y con las de Borges, Bioy Casares, Cirlot y Machado. De los aragoneses, una de Miguel Labordeta a Carlos Edmundo de Ory y las de Braulio Foz, Jarnés, Sender, Seral y Casas y Juan Ramón Masoliver.

¿Cuál es el libro que más le ha costado encontrar?
‘Vida de Pedro Saputo’, de Braulio Foz. La primera edición, de 1844. Me costó más de treinta años encontrarlo.

¿Y el más raro?

El más raro, ‘Fonds Perdu’, un libro de poemas escrito en francés por el mequinenzano José Soler Casabón. Se lo compré a un ‘bouquiniste’ de Albi. Solo se tiraron 34 ejemplares, que no fueron compuestos tipográficamente sino facsimilando un manuscrito del autor en color violeta. Se imprimió en Toulouse en diciembre de 1939, poco después de que Soler saliera del campo de concentración de Argelès. Soler Casabón no era en realidad poeta sino músico, un músico de vanguardia que vivió buena parte de su vida en París y que fue amigo de Apollinaire, Picasso, Reverdy, Juan Gris y sobre todo de Pablo Gargallo.

Habla de muchas librerías de todo el país. Cita a Inocencio Ruiz, Librería Pérez, Abel Pérez, Hesperia, Hermanos Vidal... ¿Qué pasaba en esas librerías?

Esas librerías de viejo y cualesquiera otras son lo más parecido al paraíso, pues cuando menos te lo esperas puedes encontrar ese libro que llevas años buscando, esa dedicatoria autógrafa de tu autor admirado, esa encuadernación admirable que salvó la vida a un libro que, de no ser por ella, tal vez no hubiera sobrevivido. En Zaragoza he conocido a tres grandes libreros de viejo: Inocencio Ruiz, maestro de libreros y gran bibliógrafo, hombre humilde y discreto que, como se dijo de un viejo director de HERALDO: “Mereció brillar. Lo evitó obstinadamente”, Luis Marquina y Pachi Asín. Fuera de Zaragoza, mis preferidas han sido siempre la Librería del Prado, de Madrid, Antonio Mateos, de Málaga, y la de José Manuel Valdés en Oviedo. En ellas he pasado horas inolvidables.

Este es un libro de historias de amor... ¿Cuáles son las que más le han conmovido?

La mía. Mi historia de amor con mi mujer. Entre las mejores, ella es la mejor. No creo que ninguna otra mujer hubiera aceptado que le llenara la casa de libros y me hubiera consentido lo que ella me ha consentido. Es imposible encontrar un bibliófilo de mi perfil sin una gran mujer detrás.

Los escritores son raros y maniáticos, ¿no? Pienso en Pedro Luis de Gálvez, en Fernando Villegas, en Fernando Villalón, en Ana María Martínez Sagi...

Bueno, los hay raros, muy raros y rarísimos. A mí me han divertido siempre los rarísimos, esos que hicieron de sus vidas su gran obra literaria. Esos que citas son de los más raros desde luego, pero hay muchos más: Armando Buscarini, Rafael Lasso de la Vega, Pedro Boluda, Eliodoro Puche, Iván de Nogales, Dorio de Gádex… No suelen ser, en general, grandes escritores (Gálvez, Villalón y Lasso de la Vega sí fueron buenos poetas), pero tuvieron unas vidas tan apasionantes, disparatadas y pintorescas que acabas seducido por ellos, no tanto por su literatura como por el personaje.

¿Para quién escribe sus libros y sus artículos, en qué público piensa?

Pienso cuando escribo en lo que me gustaría que me contaran a mí. Y a ello me aplico. Yo creo que soy apto para todos los públicos, como las antiguas películas toleradas. Y, efectivamente, entre mis lectores hay desde gente muy joven hasta gente mayor. Procuro ser entretenido y poco solemne. Y reírme siempre que puedo de mí mismo y de mi absurda bibliomanía.
Mucha gente se ha desprendido de buenas bibliotecas. A Vicente Martínez Tejero el Gobierno de Aragón le rechazó de malos modos la suya, excepcional, de más de 20.000 volúmenes de fondo aragonés y científico.

¿Ha pensado alguna vez qué pasará con sus libros?

Esa es una de las preguntas más desasosegantes que se le pueden hacer a un bibliófilo. Si lo de Martínez Tejero hubiera salido bien, tal vez otros habríamos poder seguir en el futuro por ese camino. El fracaso de esa donación cierra muchas puertas y nos causa una gran desazón. Pero como me dice mi mujer: “Tú has sido feliz con tus libros. Lo que pase después igual te va a dar”. Y tiene razón. Aunque a todos nos gustaría que nuestras bibliotecas de tantos años pudieran quedarse en Aragón y estar al servicio de los aragoneses.

Quién le contagió la pasión por los libros?

Nadie. Comencé a leer desde niño y hasta ahora. Una vez, una señora, amiga de mi madre, Pilar Rivas, le dijo a la que iba a ser mi suegra, a modo de informe: "Es muy buen chico, pero un poco raro: está siempre leyendo".


¿En qué momento decidió convertirse en bibliófilo? 

Desde que, poco después de cumplir los 20 años, descubrí el universo de los libros viejos. Observé que muchas veces las ediciones antiguas costaban menos que las modernas cuando las comprabas en los rastros y las almonedas, y que había montones de libros y de escritores sin reeditar y sin recuperar. Sigo leyendo las novedades, pero la labor detectivesca de descubrir viejos libros y viejos escritores olvidados tiene un enorme atractivo.

¿Qué diferencia hay entre un lector feliz y un bibliófilo?


Para mí son la misma cosa, pues solo entiendo la bibliofilia como una pasión por los libros y la lectura. Por lo tanto, el buen bibliófilo es un lector feliz. 

¿Qué quiso decir en ‘Leer para contarlo’ y qué ha añadido 12 años después, en Xordica?

Quise contar buena parte de mi vida dedicada a buscar libros raros y curiosos, a leerlos y a comentarlos. Y hablar de muchos libreros y de muchos bibliófilos, de autores desconocidos u olvidados y de mi pasión por la letra pequeña de los manuales y por las literaturas periféricas y suburbiales. En esta edición he añadido nuevos datos y nuevas anécdotas, aunque en lo sustancial el libro es el mismo que se editó hace ya 12 años. Procuro ser entretenido y poco solemne. Y reírme siempre que puedo de mí mismo y de mi absurda bibliomanía

¿Cuántos tipos de bibliófilo hay?

Hay bibliófilos para todo. El librero catalán Josep Porter escribió en ‘Los libros’ sobre las especialidades bibliofílicas que conocía y superaban las 2.500. Hay compradores compulsivos que lo compran todo y hay compradores coleccionistas que solo compran una clase determinada de libros.

¿Algunos ejemplos?

Los hay que solo compran Quijotes como Neruda, o libros de un autor concreto (Monterroso compró primeras ediciones de Joyce, Vallejo o Eliot), o solo de una colección (crisolines, Aguilares en piel). Pedro Salinas coleccionaba tratados de urbanidad y Walter Benjamin buscaba libros escritos por dementes y cuentos de hadas para niños...

¿Qué relación hay entre bibliofilia y mitomanía?

En mi caso, ese perfil es, desde luego, muy acusado. Me gustan las dedicatorias autógrafas, los libros que han pertenecido a escritores importantes y que llevan ex libris u otros signos de propiedad… Visito las casas de los escritores y los cementerios donde yacen. ¿Cómo ir a La Habana y no visitar la casa de Lezama o de Hemingway, y cómo ir a París y no llevar flores a la tumba de Cortázar en Montparnasse?

¿Cuál o cuáles son las dedicatorias que más valora?

Tengo muchas que me gustan. Pero me quedaría con una de Neruda en el ‘Canto general’, con la de Dámaso Alonso en ‘Hijos de la ira’ y con las de Borges, Bioy Casares, Cirlot y Machado.

¿Cuál es el libro que más ha buscado y que al fin ha encontrado?

‘Vida de Pedro Saputo’, de Braulio Foz. La primera edición, de 1844. Me costó más de 30 años.

Fernando Villegas bibliofilos

Luis Alberto Bustamante Robin; Jose Guillermo Gonzalez Cornejo; Jennifer Angelica Ponce Ponce; Francia Carolina Vera Valdes;  Carolina Ivonne Reyes Candia; Mario Alberto  Correa Manríquez; Enrique Alejandro Valenzuela Erazo; Gardo Francisco Valencia Avaria; Alvaro Gonzalo  Andaur Medina; Carla Veronica Barrientos Melendez;  Luis Alberto Cortes Aguilera; Ricardo Adolfo  Price Toro;  Julio César  Gil Saladrina; Ivette Renee Mourguet Besoain; Marcelo Andres Oyarse Reyes; Franco Gonzalez Fortunatti; Patricio ernesto ernández Jara;  Demetrio Protopsaltis Palma; 


Al curioso panelista de “Tolerancia cero” no le gusta la gente. La encuentra, en general, fea y vulgar y por eso la evita. Pero además, la ve inserta en una sociedad que promueve el lucro y a hiperactividad como modelos de éxito, arrastrando a la mayoría a la depresión. A ellos quiso ayudar, con un libro que reúne una serie de ensayos que promueven el disfrute en los asuntos más básicos del ser humano, como la amistad, la leve embriaguez y orinar.
El Mercurio Punto Mujer Miércoles 31 de Marzo de 2010
Ángela Tapía Fariña.
Fotos, Carlos Padilla.
¿Se considera usted feliz o es parte del grupo de adultos (uno de cada cinco), que asegura tener o haber sufrido síntomas de depresión, en las encuestas nacionales de salud?

Las cifras no parecen indicar que vivamos dentro de una sociedad que se caracterice por estar contenta. Eso Fernando Villegas (51) lo sabe, y por eso decidió lanzar el libro “De la felicidad... Y todo eso” (Editorial Sudamericana), donde se reúnen una serie de ensayos que rescatan los actos más simples de la vida humana –entiéndase esto desde orinar hasta andar cufifo (entonado vía alcohol)- que pueden ayudar al ser humano a alcanzar un estado más optimista.

No, no ha habido equivocación alguna. Porque, por más serio que se vea, generalmente, este conocido personaje de abultado pelo sentado junto a sus amigos de “Tolerancia cero”, el autodefinido “especie de comunicador”, egresado de sociología, ex profesor de lectura veloz y “aficionado casual” a la teología y metafísica, no solamente dice que se considera feliz, sino que además, realizó su último libro motivado netamente por la “ansiedad de ayudar al prójimo”, en un país donde, comenta, “la gente es más bien tristona y depresiva”.

A las 11 de la mañana de un día de semana, cuando el verano acaba de finalizar, dos gatos aún pueden disfrutar de los rayos del sol, dormitando sobre el pasto del antejardín de la casa ñuñoina de Villegas.

Cabe preguntarse si la felicidad descrita en su texto -y que se entiende como eso intangible, que no se gana ni se pierde, sino que se construye como un estado de paz en el que el secreto está en reducir las probabilidades de fracaso-, fue sólo inspirada por los filósofos clásicos que cita el autor en su libro.

Porque la tranquilidad parece cobijar eternamente a Villegas en su hogar, espacio que detesta abandonar y donde una perrita café y saltarina, llamada Pascualina, recibe a las visitas buscando sus manos para pedir cariño. Basta ceder un poco a sus deseos, para que ella mueva su cola y haga más patente el ambiente de bienestar casero que protege al también conductor de “terapia chilensis” en Radio Duna.

-¿Es usted feliz?
“Sí. Me perturban pocas cosas. No estoy angustiado por lo que venga o por los resultados de mi trabajo ni por las opiniones de los demás. Y, por consiguiente, vivo tranquilo, sin estar preocupado de lo que dicen o lo que dijeron. Me abstengo de todo eso. Vivo concentrado en mi actividad que es escribir, leer, qué sé yo, todas esas cosas, y eso es muy agradable”.

-Reducir las probabilidades de fracaso y evitar así los contratiempos que alejan la felicidad, ¿no se puede confundir con algo de mediocridad?
“No. No veo que las personas que hagan veinte mil cosas sean brillantes, necesariamente. De hecho, al contrario, todos los que han logrado algo que escapa a la mediocridad en cualquier orden de cosas es porque se han concentrado en una sola tarea y no en veinte. Se han concentrado en la música, en la literatura, o están pintando todo el día en su taller. No se dispersan y por eso escapan de la mediocridad. La concentración es fundamental”.

-Entonces, ¿no es lo mismo que no tomar desafíos?
“No. Es que la palabra ‘desafío’ me suena a concierto corporativo, con lo que tratan de hipnotizarte tus jefes, cuando en el fondo te están convirtiendo en el engranaje de una máquina que no tiene nada que ver contigo. No, esa palabra me revienta, me suena falsa. Uno tiene sus tareas, sus vocaciones, cosas que se tienen adentro y hay que desarrollar, como un macetero dentro del pecho que hay que regar. No es un desafío, esas es una huevada para la oreja que usan los jefes con un empleado: ‘Oye, tenemos que mejorar tal cosa’ ¿Y qué con eso? ¡El desafío será de ellos, no tiene nada que ver contigo! Es una pomada asquerosa”.

-Usted recomienda en su libro desvincularse de muchos compromisos, desconectarse, olvidarse de internet, de la BlackBerry. Hoy por hoy, no parece algo muy factible.
“No, porque la gente tiene un concepto que deriva del sistema económico en que vivimos. En la raíz de todo esto hay una formación social que se construye sobre la base de la actividad económica basada en el lucro. Y eso, a la vez, se basa en el consumo, en la agitación, en triplicar los lazos de la gente con la mercancía. Por eso la doctrina imperante es el activismo, y hacen millones de cosas. Y lo contrario, que es estar en paz haciendo una o dos cosas -pero bien hechas- tranquilo, echado para atrás, suena herético para esta sociedad, donde te trata de vender, a parte de la pomada del desafío, esta idea de que la realización consiste en correr y ganar más puntos en el rating, aparecer en el cuadro semanal del mejor empleado y todas esas tonteras. Y la gente que cae en eso, cae en a ansiedad, en la angustia y en la depresión, finalmente”.

-¿Cómo se puede frenar esto?
“Hay que tomarse las cosas con más calma. Quiero recordarle al estimado público que uno de los hombres que logró más cosas en este mundo es Julio César, un tipo que conquistó provincias completas para Roma. El lema que él tenía era ‘apúrate despacio’. Hay que hacer las cosas con calma. El atarantado no hace nada. Corre de allá para acá, responde cien mil teléfonos, pero es un tipo que, al final del día, no ha avanzado en las cosas sustantivas, sino que se ha ido por las ramas y se ha agitado como loco sin haber producido nada importante. Es preferible estar tranquilo en el día y dar un paso importante, hacer una cosa bien hecha, a estar agitando papeles y corriendo como idiota como un perrito nuevo. Es una tontera, gastas energía en nada. A esa gente que está con la agenda llena, que la llaman por acá y por allá, le preguntas: ‘Bueno, ¿y qué has hecho tú, huevón? ¿Qué has hecho que valga la pena? En la oficina, ¿qué ideas has tenido importantes?’ Ninguna. Simplemente, ha hecho un show para que los jefes no digan que el huevón es un flojo, que no se puso la camiseta, otra frase asquerosa”.

-¿Por eso en Chile, la siesta, otro de los puntos que menciona en su libro para alcanzar un estado de felicidad, está tan poco institucionalizada e incluso a veces es mal vista, como una costumbre de personas que no tienen nada mejor que hacer?
“No se puede dormir la siesta aquí porque la gente tiene que trabajar, pues. El horario de trabajo lo impide; apenas tienes un rato para ir a tragar una colación, como un pavo. En cambio, en París pasa una cosa maravillosa. Los empleados salen de su oficina, se instalan en un restaurante y pueden estar dos horas almorzando y con vino, cagados de risa, echados para atrás, mandándose sus pencazos. Y son mucho más productivos que nosotros, porque están contentos, su vida no es un sentir que tienen que estar haciéndole demostraciones a los jefes, que tienen que parecer productivos corriendo de allá para acá. Como la gente que hace toda esta faramalla laboral y que sale tarde de la oficina porque no se atreve a hacerlo temprano y andan apurados, trabajan pésimo. Se dan 20 mil vueltas pero avanzan poco.
“Estamos equivocados en tantas cosas en este país que es como un niño mal criado al que de repente hay que pegarle unas palmadas en el poto. Nos hemos ido metiendo en caminos que no conducen a ningún lado, y no avanzamos, no somos más felices ni más productivos, crecemos a regañadientes; estamos repletos de deshonestidad, incluso de flojera, a pesar de la apariencia de que todos corren. Nos hemos equivocado”.

-¿Qué posibilidades de salir de ese sistema tiene un empleado común?
“Cualquiera sean las condiciones, uno tiene control sobre sus propios actos y, si el ambiente no es bueno, hay que esforzarse por asentar la vida en uno mismo. O sea, tener como fundamento a uno mismo, no lo que pasa alrededor, si la pega es buena o mala, que si trabajas 10 horas o 15... Uno debe desarrollar sus propios recursos mentales; usar la inteligencia, disfrutar la buena música, leer buenas cosas, pensar, escribir. Ésas son las cosas que a uno le van construyendo un ámbito propio que no depende de nadie, y si uno desarrolla eso y va modulando esa casa, como se dice, inevitablemente se tendrá una mejor vida, sin importar lo que pase alrededor”.

-¿No importa que nos echen del trabajo por irnos más temprano?
“A mí me han echado de 60 trabajos y no me ha afectado, sólo en lo exterior, porque he tenido que buscar otra pega, pero no como persona. Hay gente en este país que se suicida porque lo echan de la pega. Eso es estúpido. Eso es una cuestión transitoria; uno hará otra cosa, y qué. Pero claro, si vives de exterioridades y por dentro no eres nada, sino que dependes absolutamente del cargo que tienes, de la opinión de los demás, estás frito. Vas a depender hasta de que cambie el clima”.

-¿Cuál es su vicio privado?
“(Piensa) Es que yo no hago nada en exceso, no me doy permiso para obsesionarme con cosas. Lo que más hago en forma sostenida es escribir, pero eso forma parte de mi trabajo, no es un vicio. Tampoco paso todo el día leyendo. Trato de no convertirme en un adicto, ni soy dependiente de nada”.

-Pero habrá alguna costumbre...
“Hay una cosa curiosa y es que, prácticamente, termino recluido porque me muevo muy poco fuera de la casa, trato de no salir. Soy enemigo del ‘¿salgamos?’ ¿Para qué vamos a ir a otra parte? ¿En qué cambia mi ser, estando en otra posición en el espacio y el tiempo? En nada”.

-¿Sería un castigo ir a un mall?
“Preferiría ir al dentista”.

-¿Le molesta la gente?
“No me gusta mucho. No. No... No, en absoluto. Porque la gente en masa se convierte en un ganado. Además, para ser bien franco, la inmensa mayoría de los miembros de la raza humana son, como decía un filósofo, espiritual y físicamente deformes. O sea, impera la fealdad y la brutalidad. Y eso se ve claramente cuando hay una gran masa de gente, donde se hace notorio lo que más pesa: la fealdad, la vulgaridad. A mí, el sólo hecho de ver huevones que andan luciendo unas patas negras, peludas y chuecas, con short por ejemplo, me parece feo. ¿Sabes? Yo tengo el sentido de la estética y creo que uno no tiene que andar luciendo la fealdad. Si tú eres un gallo joven, bien hecho, o una mujer joven y bien hecha, está bien, anden en pelota si quieren, pero lo feo hay que ocultarlo; hay que tener un mínimo de decoro y no andar mostrando las panzas caídas, los potos enjutos o las patas negras que parecen de mono”.

-¿Y si se quiere estar cómodo?
“Ese concepto de ‘yo soy tan importante que por estar fresco y cómodo muestro mi fealdad al mundo’ es vulgar en todo el sentido de la palabra vulgar, o una rotería, y a mí no me gustan las roterías. Uno tiene que ser cuidadoso; así como uno se baña, lo hace no sólo por gusto, sino que también para no molestar a los demás”.

-¿Qué pasa con la felicidad que da la libertad?
“La felicidad no consiste en mear arriba de los demás. No tiene nada que ver una cosa con la otra, ¿no?”.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Petyr Baelish y Lord Varys: conversaciones filosóficas


Luis Alberto Bustamante Robin; Jose Guillermo Gonzalez Cornejo; Jennifer Angelica Ponce Ponce; Francia Carolina Vera Valdes;  Carolina Ivonne Reyes Candia; Mario Alberto  Correa Manríquez; Enrique Alejandro Valenzuela Erazo; Gardo Francisco Valencia Avaria; Alvaro Gonzalo  Andaur Medina; Carla Veronica Barrientos Melendez;  Luis Alberto Cortes Aguilera; Ricardo Adolfo  Price Toro;  Julio César  Gil Saladrina; Ivette Renee Mourguet Besoain; Marcelo Andres Oyarse Reyes; Franco Gonzalez Fortunatti; 

“El caos no es un pozo. El caos es una escalera. Muchos de los que intentaron escalarla fallaron, nunca podrán probar de nuevo. La caída les rompió. Y algunos a los que se les dio la oportunidad de escalar, se aferran al terreno, a los dioses o al amor. Solo la escalera es real. La subida es todo lo que hay”
Petyr Baelish



Lord Varys y Baelish frente al Trono de Hierro

Delicioso, oscuro y escalofríante final del sexto capítulo de la 3ª temporada de Juego de Tronos (HBO). Petyr Baelish y Lord Varys frente al Trono de Hierro dialogando sobre el reino, la verdad y el sentido de la vida. La Araña se acerca al Trono y cuenta la historia oficial de esta "vieja y fea cosa": el Trono de Hierro está forjado con las 1000 espadas de los enemigos de Aegon Targaryen. A lo que Petyr responde: "son solo 200, las he contado". Ahí vemos la primera mentira oculta bajo un velo mítico. Luego Baelish y Varys dialogan sobre el frustrado plan del primero que las artimañas de la Araña han cortocircuitado.  Aunque un precio en sangre ha sido pagado a costa de la vida de Rose a manos del siempre peligroso y ávido de crueldad Joffrey Baratheon. 

DIÁLOGO ENTRE PETYR Y LORD VARYS (You Tube)



General Mola, el
hombre que 
pudo "reinar"

¿Que sabes del reino, de lo que realmente significa?, le pregunta Baelish a Varys cuando este le justifica que todo, se refiere a haber frustrado los planes de Meñique, lo ha hecho por el Reino, por la llamada razón de estado. Para Baelish la historia del reino es una mentira que se han ido contando los hombres hasta hacerla verdadera. La verdad es hija del poder decía Nietzsche, filósofo de la sospecha. Varys responde que si no fuera por esta mentira nada sostendría al estado (los 7 reinos) y el Caos seria dueño de todo. O sea, en la línia de Hobbes y Nietzsche, se  deja entender que la mentira y el miedo sostienen el poder del estado, como mal menor, ya que la alternativa seria la guerra de todos contra todos; una situación que, como Varys advierte, podría borrarlos a ellos dos del mapa que es justamente lo que está sucediendo con nuestros queridos Stark. Y es en ese delicioso instante, con música ascendente de fondo, cuando cae la máscara de Petyr y se desvela una posibilidad inquietante: la de que todo el conflicto haya sido un montaje del Maquiavelo de Poniente para sembrar la discordia, provocar una gran ola para domeñarla y arrasar con ella todo un mundo antiguo, decadente, y utilizarla como trampolín al poder. Ni que estuvieramos hablando del general Franco en plena Guerra Civil cuando, al enterarse de la muerte del General Mola, hombre fuerte del momento, anunciada como una gran desgracia, dijo fríamente: Ah, bueno pensaba que se nos había hundido el Canarias... Mola murió en accidente de avión, la caída le rompió y Franco fue escogido jefe del ejército y de la zona nacional. Franco, maquiavelo gallego, que hizo creer a muchos que trabajaba para restaurar la legalidad monárquica y acabó en la cúspide del Estado Nuevo y con una mujer, Carmen Polo, que soñó con forjar una nueva realeza. Otra gran lección de la historia si no fuera porque eso ya había sucedido pues es, ni más ni menos, lo que hizo Napoleón Bonaparte, ávido lector, en sus años de juventud en la academia de oficiales, de la obra de Maquiavelo  y que nos ha dejado un manuscrito de El Príncipe comentado por el genial corso. En tiempo de tormentas la espada es más fuerte que la pluma.

martes, 5 de marzo de 2013

¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán! poema de Walt Whitman

¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán! (en inglés: Oh Captain! My captain!)? es un poema de Walt Whitman escrito en homenaje a Abraham Lincoln, presidente de EE.UU., después de su asesinato en 1865. Se publicó por primera vez el mismo año en un apéndice adjunto a la última versión de Hojas de hierba, su obra maestra.

Texto y traducción

El poema original

O Captain my Captain! our fearful trip is done;
The ship has weather’d every rack, the prize we sought is won;
The port is near, the bells I hear, the people all exulting,
While follow eyes the steady keel, the vessel grim and daring:

But O heart! heart! heart!
O the bleeding drops of red,
Where on the deck my Captain lies,
Fallen cold and dead.

O Captain! my Captain! rise up and hear the bells;
Rise up—for you the flag is flung—for you the bugle trills;
For you bouquets and ribbon’d wreaths—for you the shores a-crowding;
For you they call, the swaying mass, their eager faces turning;

Here Captain! dear father!
This arm beneath your head;
It is some dream that on the deck,
You’ve fallen cold and dead.

My Captain does not answer, his lips are pale and still;
My father does not feel my arm, he has no pulse nor will;
The ship is anchor’d safe and sound, its voyage closed and done;
From fearful trip, the victor ship, comes in with object won;

Exult, O shores, and ring, O bells!
But I, with mournful tread,
Walk the deck my Captain lies,
Fallen cold and dead.

Traducción al español

¡Oh, Capitán, mi Capitán! Nuestro azaroso viaje ha terminado;
El barco capeó los temporales, el premio que buscamos se ha ganado;
Cerca está el puerto, ya oigo las campanas, todo el mundo se muestra alborozado,
la firme quilla siguen con sus ojos, el adusto velero tan audaz.

Pero, ¡Oh, corazón! ¡Corazón! ¡Corazón!
Oh, se derraman gotas rojas
en la cubierta donde yace mi Capitán
caído, frío y muerto.

¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán! Levántate y escucha las campanas;
levántate —por ti la enseña ondea— por ti suena el clarín;
por ti son las guirnaldas y festones —por ti se apiñan gentes en la orilla;
por ti claman, la inquieta masa a ti se vuelve ansiosa.

¡Escucha, Capitán! ¡Querido padre!
Te pongo el brazo bajo la cabeza;
Un sueño debe ser que en la cubierta
hayas caído frío y muerto.

Mi Capitán no contesta, están sus labios pálidos e inertes;
Mi padre no es consciente de mi brazo, no tiene pulso ya ni voluntad.
El barco sano y salvo ha echado el ancla, el periplo por fin ha concluido;
del azaroso viaje, el barco victorioso regresa logrado el objetivo.

¡Exultad, oh, costas!, y ¡sonad, oh, campanas!
Mas yo, con paso fúnebre recorro
la cubierta donde yace mi Capitán
caído, frío y muerto.

Magni Mogolis Imperium: mapa (1681)

Anllela camila hormazabal moya



India (Imperio Mogol). Mapa histórico, 1681

Magni Mogolis Imperium  / Olfert Dapper (1636-1689).- [Nuremberg].- Mapa: 34 x 28 cm ; hojas 37 x 32 cm. Grabado con plancha de cobre, coloreado a mano.Texto en latín.
En el ángulo superior derecho, cartela con decoración de escudos, armas y productos frutales. Título en su interior.

En el ángulo inferior izquierdo, figuras pisciformes con instrumentos de navegación.

Escala gráfica de 80 milliaria anglicla (=4 cm)

 Cartela Escala gráfica y figuras pisciformes
Anllela camila hormazabal moya
Descripción del Imperio mogol. Contiene red hidrográfica, provincias y principales ciudades. Corresponde principalmente al norte de la India, delimitado por Tartaria, Persia, Mar arábigo, Bengala y Golfo de Bengala, antes denominado, según la toponimia de Ptolomeo, Sinus Gangeticus.
Anllela camila hormazabal moya

La novela perdida de Walt Whitman llega a España

Walt Whitman, en una imagen tomada hacia 1890, dos años antes de su muerte

Ediciones del Viento publicará el 20 de marzo la obra, inédita durante más de siglo y medio y que un estudiante de la Universidad de Houston descubrió buceando en el archivo del bardo.
Zachary Turpin es un ratón de biblioteca… digital. Graduado en la Universidad de Houston, este estudiante ha hecho de su pasión su modo de vida, y se pasa los días buceando en los archivos de los grandes escritores estadounidenses, puestos a disposición del público gracias a las nuevas tecnologías. En esas estaba, lee que te lee en su ordenador, hace cosa de un año, con el olfato virtual rastreando el legado de Walt Whitman (1819-1892), cuando dio con un cuaderno especialmente tentador.
El bardo lo usaba para apuntar ideas, apenas bosquejos, que después trasladaba a sus obras. Pero, entre el mar de palabras, unas más inspiradoras que otras, Turpin dio con tres nombres que captaron su atención: Wigglesworth, Smytthe y Jack Engle. Llevado por su intuición de rastreador bibliófilo, el joven los identificó como posibles protagonistas de una de las historias de Whitman, aún por descubrir. Decidió cruzarlos en las bases de datos de todas las publicaciones estadounidenses, ya digitalizadas, de mediados del siglo XIX, y llegó a un pequeño anuncio, publicado el 13 de febrero de 1852 en el «New York Daily Times». En él se anunciaba la próxima aparición, por entregas, de una novela titulada «Vida y aventuras de Jack Engle» en el «Sunday Dispatch», un periódico local de la época.

Entusiasmado, pues sabía que Whitman, periodista y trabajador a tiempo completo antes de convertirse en el gran bardo de la poesía anglosajona, ya había colaborado con el «Sunday Dispatch», Turpin se dispuso a localizar los números de la publicación en los que había aparecido la novela. El problema es que el periódico, que en su día costaba tres peniques, fue meramente testimonial en aquellos años y las pocas copias que se conservan del mismo estaban olvidadas, y por supuesto sin digitalizar, en el depósito de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Turpin envió un e-mail tras otro a los responsables de la institución, solicitando la consulta de los mencionados ejemplares del «Sunday Dispatch».
Pasó un mes sin que obtuviera respuesta, hasta que un día, en casa de sus suegros, recibió un e-mail en su móvil. Lo abrió y vio los tres nombres: Wigglesworth, Smytthe y Jack Engle. La Biblioteca del Congreso le habían enviado, por fin, las imágenes escaneadas del periódico. «¡Era la prueba de que se trataba de una novela perdida de Walt Whitman! Mi mente se llenó de palabrotas entusiastas. Todo lo que pude decir en voz alta fue: “¡Oh Dios mío, oh Dios mío, oh Dios mío!”. ¡Fue algo surrealista! Totalmente surrealista, un privilegio muy difícil de mantener en secreto», confiesa Turpin.

Un secreto que, sin embargo, ha sido capaz de mantener casi un año. A finales de febrero, la novela fue publicada online, sin previo aviso, por el «Walt Whitman Quarterly Review».
El escritor Manuel Vilas «lo más importante es que es un texto de Whitman, el padre de la literatura americana, y cualquier cosa que puede servir para tener más información de él es un milagro». Vilas apunta, además, a la «tremenda actualidad» de su recuperación, ya que «ahora hay alguien antiwhitmaniano en la Casa Blanca» y «Whitman es un constructor de Estados Unidos». «Si esta novela sirve para seguir hablando de Whitman, bienvenida sea. Además, tiene interés literario en sí mismo, con cosas muy whitmanianas, como el amor a Nueva York o la bondad de Jack Engle. Me imagino que el dinero que sacó con ella serviría para costear "Hojas de Hierba", porque la primera edición la pagó él», reflexiona Vilas.

Pero si los calificativos de «inédita», «actual» y «perdida» no fueran suficientes, la novela adquiere un valor aún mayor por la fecha en la que Whitman la escribió: 1852, apenas tres años antes de que viera la luz «Hojas de hierba», la obra que cambió la historia de la poesía moderna con la invención del verso libre. Es decir, que el bardo trabajó en ambas al mismo tiempo. «La división, generalmente aceptada, entre la ficción y la poesía de Whitman ahora se evapora. Si leemos la novela atentamente, podemos ver cómo en ella poesía y ficción se mezclan de formas que nunca antes habíamos conocido», asegura a este diario Ed Folsom, editor del «Walt Whitman Quarterly Review» y codirector del Archivo del escritor estadounidense. «Lo que más me entusiasma de este descubrimiento es que, potencialmente, cambia todo lo que pensábamos que sabíamos sobre la primera época de la carrera de Whitman -continúa Folsom-. Nos muestra el proceso de su desarrollo creativo. En esta novela descubre por qué tiene que renunciar a las "tramas" para poder expresar el deseo y el éxtasis del presente que captura poderosamente en “Hojas de hierba”».
Primera página de la novela, que apareció en el «Sunday Dispatch»- Walt Whitman Quarterly Review
Tanto Folsom como Temprano, traductor al español, coinciden en señalar el capítulo 19 de la novela (en estas páginas reproducimos un fragmento del mismo) como uno de los más potentes y el eslabón que une la obra, definitivamente, con «Hojas de hierba». «El narrador vagabundea en un cementerio, mirando las tumbas, y dándose cuenta de que es ahí donde terminan todas las tramas, en el suelo. Escucha el flujo interminable de la vida más allá de las paredes del cementerio y, en ese momento, Whitman se da cuenta de que, desde entonces, celebraría ese río de vida infinito, siempre cambiante. Renuncia a la ficción y a la trama e inventa su nueva poesía, que presta atención a todo aquello a lo que se abren los sentidos», apunta el codirector del Archivo.

Influencias dickensianas

«No es una obra magna, es una novela corta (apenas 36.000 palabras, que junto con el prólogo de Manuel Vilas se traducen en 160 páginas en su edición en español), un poco irregular, pero a la vez muy entretenida y con destellos donde se reconoce a Whitman», explica el traductor. Temprano acometió el encargo de Riestra en apenas una semana, consciente de los «inesperado» y «vertiginoso» del proceso, pues la obra estaba, lógicamente, libre de derechos.
Acababa, además, de entregar a Alba la traducción de «Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit», de Charles Dickens, y no pudo evitar encontrar en la novela de Whitman «influencias interesantes» del autor de inglés. «Es un canto al hombre sencillo, con esa cosa fundacional de los Estados Unidos. No es la imagen que tenemos de Whitman, pero sí se le puede entrever y, aunque está todavía tanteando, asoma el de “Hojas de hierba”. Es una novela que tiene su interés», remata Temprano.

Y, como advierte Turpin, su descubridor, «Vida y aventuras de Jack Engle» nos recuerda que «Whitman llegó a ser el poeta que conocemos escribiendo, escribiendo, escribiendo, escribiendo, rompiéndose el culo como periodista y editor de periódicos». Eso sí, el estudiante matiza que «una vez que se inició en la poesía, esperaba que esos días pudieran olvidarse», sin contar con que los ratones de biblioteca contarían con enormes ventajas siglo y medio después de su muerte.

 Fragmento de la novela «Vida y aventuras de Jack Engle» (Ediciones del viento)

¡Ojalá el anciano descanse en paz en su cripta en mitad del ajetreo y el estrépito de esta ciudad, que lo rodea por todas partes! Era una buena persona y, de principio a fin, demostró ser un fiel amigo. A menudo lo imagino –incluso ahora que el tiempo ha suavizado sus rasgos– arrastrando los pies por ahí, con los labios sobre las encías sin dientes, el cabello fino y blanco, los hombros encorvados, las gafas y el abrigo. Repito que ojalá descanse en paz en el venerable cementerio. Los sentimientos mejores de nuestra época han construido cementerios amplios y elegantes, apartados del bullicio de la ciudad: el distinguido y sombrío Greenwood, que probablemente no tenga parangón en el mundo por su recato y sobria belleza; las variadas y boscosas colinas del cementerio de las Evergreens; y la simplicidad clásica y elevada de Cypress Hills. Gracias a acertados avances sanitarios, los enterramientos dentro de los límites de la ciudad son ahora ilegales y están penados con una multa lo bastante cuantiosa para que la prohibición sea efectiva, excepto en los casos, que ocurren ocasionalmente, en que se combinan un fuerte deseo de ser enterrado en algún lugar honrado por asociaciones del pasado y la presencia de los antepasados con la capacidad de pagar la multa. No obstante, los pocos cementerios que hay en algunos de los barrios más ajetreados de nuestra ciudad, también imparten una lección valiosa. Con ocasión del sobrio funeral del anciano, después de que se marchara la gente, me quedé solo y pasé el resto de esa mañana agradable, uno de los mejores días del otoño norteamericano, vagando por el cementerio de Trinity. Me sentía serio pero no muy triste y me dediqué a ir de un sitio a otro y a copiar algunas inscripciones. La hierba larga y lacia me rozaba la cara. Sobre mí se alzaba el verdor, con toques marrones, de los árboles que se nutrían de la decadencia de los cuerpos humanos.

Las cartas de una monja portuguesas (I)

Cartas amatorias de la monja portuguesa Mariana Alcofurado dirigidas al conde de Chamilly, capitán del ejército francés.



























jk