Bibliotecas y mi colección de libros

martes, 25 de marzo de 2014

Impresor Erhard Ratdolt

Luis Alberto Bustamante Robin; Jose Guillermo Gonzalez Cornejo; Jennifer Angelica Ponce Ponce; Francia Carolina Vera Valdes;  Carolina Ivonne Reyes Candia; Mario Alberto  Correa Manríquez; Enrique Alejandro Valenzuela Erazo; Gardo Francisco Valencia Avaria; Alvaro Gonzalo  Andaur Medina; Carla Veronica Barrientos Melendez;  Luis Alberto Cortes Aguilera; Ricardo Adolfo  Price Toro;  Julio César  Gil Saladrina; Ivette Renee Mourguet Besoain; Marcelo Andres Oyarse Reyes; Franco Gonzalez Fortunatti; Patricio ernesto Hernández Jara;  Demetrio Protopsaltis Palma; 

Euclid's Elements, printed by Erhard Ratdolt in 1482

Nació en Augsburgo, Alemania, en 1447. Durante más de diez años, entre 1474 y 1486, vivió en Venecia, donde desarrolló el arte de la impresión y de la tipografía, al tiempo que produjo libros de extraordinaria belleza. Combina los textos, las capitulares decoradas y otras ornamentaciones e ilustraciones xilográficas polícromas, que introduce en las prácticas gráficas de la ciudad, junto con sus socios e ilustradores Bernhard Maler y Peter Loeslein, con los que crea una imprenta propia. La primera obra del nuevo taller (1476) alcanzó un notable éxito: el Calendarium del matemático y astrónomo Johann [Müler de Königsberg] Regiomontanus, que recoge las primeras reformas del viejo calendario juliano, y pasa por ser el primer libro con portada impresa propia, independiente del texto.
La producción editorial de Ratdolt es muy extensa e incluye textos clásicos sobre ciencia y astrología, textos religiosos, calendarios, etc. Durante el período veneciano editó, entre otros, el libro de Apiano Alejandrino Romana historica de bellis civilibus (1477); el de Werner Rolewinck Fasciculus temporum (1481); Libellus isagogicus de Alcabitio (1482); Elementa geometriae de Euclides, en la versión latina de Campano da Novara (1482), que pasa por ser el primer texto matemático de la historia de la imprenta; el Astronomicon poeticon de Cayo Julio Higinio (1482); Oratoriae artis epitoma....Facilis memoriae artis opus… de Jacobo Publicio (1482); De nativitatibus, Add: Henricus Bate: Magistralis compositio Astrolabii de Aben Ezra (1485)
En 1483 imprimió las Tabulae Astronomicae Alfontii Regis Castellae [Alfonso X ‘el Sabio’]. Las Tablas de Alfoso X están compuestas en letra gótica, sobre un pequeño formato (186 x 138 mm) y 94 páginas compuestas a 41 líneas. Contiene dos ilustraciones en xilografía y numerosas capitulares coloreadas. Estas tablas fueron en su día las más importantes del mundo y una guía para la navegación, y son el fruto de los avances en el conocimiento que surgieron de la corte cultural y científica que estimuló el monarca. También en 1483 imprimió el Cronicon, historia narrada del mundo iniciada por el griego Eusebio de Cesarea y actualizada en sucesivas ediciones por diversos autores. En la de 1483, puesta al día por Mateo Plmieri, se da cuenta de la invención de la imprenta por parte de Gutenberg en 1457.
Llamado a su ciudad natal por el obispo Johann von Werdenberg abandonó Venecia en 1486. En Augsburgo mantuvo un elevado nivel de producción durante más de un cuarto de siglo, con obras como la de Boecio De institutione arithmetica (1488); el Introductorium in astronomiam del astrónomo musulmán del siglo IX Albumasar; la del cardenal Pedro de Aliaco, Concordantiae astronomiae cum theologia necnon historicae veritatis narratione (1490); la del astrólogo italiano del siglo XIII Guido Bonatus de Forlivio Decem continens tractatus de astronomia (1491), y nuevos trabajos de Johannes Regiomontanus, como Tabulae directionum et profectionum (1490). También editó textos religiosos: Missale Pataviense (1498), Missale s[e]c[un]d[u]m ritum Auguste[n]sis ecclesie (1510), etc.

martes, 18 de marzo de 2014

Cristián Warnken Lihn


(Santiago, 1961) es un profesor de literatura, comunicador, entrevistador, conductor de televisión y poeta chileno.

En televisión es conocido por haber sido por más de diez años el conductor del programa La belleza de pensar, del que fue el creador, transformado más tarde en Una belleza nueva. Además es el creador y conductor de diversos programas radiales, fue editor y director de algunos periódicos de índole cultural, y es también columnista del diario El Mercurio.​

Carrera profesional

Warnken ha sido profesor de literatura en colegios y universidades, y ha dirigido talleres literarios desde hace más de una década, principalmente en Santiago, pero también en Viña del Mar, donde en el verano de 2002-2003 realizó el primero de ellos, bajo el nombre de La belleza de pensar. Sus talleres son apodados por él mismo El barco ebrio, como el poema de Arthur Rimbaud. Actualmente dicta un seminario y un taller con el nombre de «Viaje a la palabra».
Fue decano de la Facultad de Educación y Humanidades de la Universidad del Desarrollo.​
Como escritor, es autor de varios monólogos poéticos; algunos han sido reunidos en Las palabras del chamán en el fin de mundo.​
Warnken posee una extensa carrera en radiodifusión: ha creado y conducido los programas El desembarco de los ángeles, Tan lejos, tan cerca y Club Farenheit, de Radio Concierto.​
Como periodista, ha sido el editor y posteriormente director del Noreste (1985-2002),​ desaparecido periódico poético con influencias surrealistas; también dirigió El Corazón, periódico de noticias cuyos protagonistas eran anónimos.
Sus columnas escritas para El Mercurio fueron reunidas 2008 en su libro Aún no ha sido todo dicho.
Warnken creó y participó también de la primera empresa de servicios poéticos del mundo La Dicha Verdadera, que hacía actos poéticos a pedido.
Desde fines de 2012 es director editorial de la Editorial UV ―de la Universidad de Valparaíso―, en cuyas colecciones de poesía y pensamiento se han publicado libros de Eduardo Anguita, Cecilia Casanova, Jaime Rayo, Rafael Rubio y César Vallejo, entre otros.


Entrevista del diario La Hora. Chile según Warnken: "La elite dejó de creer en el valor de la palabra".  Ignacio Tobar Ignacio Tobar Jueves 15 de marzo de 2018





A punto de partir sus talleres literarios, Cristián Warnken entrega su diagnóstico de Chile, le recomienda al Presidente Piñera leer a Marco Aurelio y declara: “En la poesía está el ser profundo de Chile”.


Bielsa. Marcelo Bielsa. En unos minutos más Cristián Warnken, insigne hombre de la palabra en televisión con programas como La belleza de pensar y Una belleza nueva, hablará del ex DT de la Roja, del día que lo equiparó con el poeta francés Mallarmé y de la inesperada conversación telefónica que tuvo con el argentino. Antes, en la entrada de su casa, detiene su 1,94 metros de altura y contempla la plaza frente a su casa en Vitacura. “Este barrio es una isla, los niños andan libres, frecuentan las casas, la reja siempre está abierta, tenemos cero seguridad”, dice. La plaza es la portada de su libro Aún no ha sido todo dicho, que reúne sus columnas publicadas en El Mercurio. Luego presenta a sus hijos que agitan la vida en la casa Ley Pereira donde pasa sus horas de lectura y escritura. Suban, dice y parece un gigante cuando pisa los escalones que conducen al segundo piso donde está su biblioteca de 6 mil libros.

La palabra, la poesía y las letras, cuenta, le llegaron por osmosis. Su padre fue hijo de una poetisa amiga de la Gabriela Mistral, se llamaba Patricia Morgan, que además fue cercana a la poeta uruguaya Juana de Ibarbourou. Por su mamá, otro ilustre, su hermano fue Enrique Lihn, a quien no hace falta presentar. Basta decir que es autor de un versos decisivo en la vida de su sobrino: “Porque escribí estoy vivo”.

El 4 de abril, el hombre que ha entrevistado a escritores, biólogos, filósofos, arquitectos, poetas, y un sinfín de personajes a nivel planetario, arranca con una nueva versión de sus talleres literarios Viaje a la palabra (viajealapalabra.cl). Abiertos, aclara, para todos, para eruditos y para los que no saben nada de letras. “El único requisito es el entusiasmo. No es barato, pero damos algunas becas”, advierte.

Pese al ADN, tiene claro cuál fue el libro que lo marcó: Los hermanos Karamazov. “Me acuerdo que paraba de emoción al leerlo. Lo he vuelto a leer por lo menos 10 veces para entender qué fue lo que me pasó, qué me marcó tanto. Creo que ahí entré al mundo de los rusos y Dostoievski fue un faro, un referente, no encontré a un escritor del siglo 20 que alcance las dimensiones humanas que toca”.



-¿Lo leemos en Chile?

-Tiene lectores inesperados. Mi hijo Alonso me contó que un compañero de colegio suyo lo lee, de 15 años, lo lee un millenial. Yo recomiendo el que quiera ir al Mundial de Rusia, que lea a Tolstoi, desde luego, y a Dostoievski. Que se admiraron mutuamente, aunque son como el ying y el yang. Yo sé que Dostoievski llevaba un libro del Tolstoi al momento de morir y Tolstoi uno de Dostoievski en el mismo momento. Increíble.

-¿Así son tus clases, bajar de lo denso y lo inalcanzable a la cultura?

-No son clases tradicionales. Lo que yo conquisté en estos talleres es un espacio de libertad que no tenía en la universidad y el colegio, que están cada vez más estandarizadas. Me cree mi propia universidad, digamos. Estos talleres son un viaje, le quito ese peso académico. Más que una clase es una experiencia de la poesía, sobre todo en Chile que somos un país poético, con mala cultura poética. Un alumno me dijo que las clases son una ópera. Yo me transformó en juglar y salgo de esa imagen mía de serio con el fondo negro. Soy el capitán de un barco ebrio, para emular a Rimbaud, soy una especie de DJ que está haciendo mezclas, cruzo de lo escrito a lo oral. Más que crear escritores es muy importante crear lectores, u oidores de poesía.

-¿Por qué ese juego no está en la universidad?

-No está pero va a estar. Creo que esta era del post humanismo o era digital lo cambiará. El libro marcó toda la cultura por ser un objeto con comienzo, desarrollo y final. Hoy todo es fragmentado, como un collage. Mis clases tienen algo de eso, están hechas en un formato que tiene que ver más con este tiempo que con la clásica clase. No puedes hacer una clase del filósofo Nietzsche aburrida, tediosa y escolar, destruye el espíritu mismo de Nietzsche. La poesía tiene un origen oral que se ha ido olvidando. La poesía hay que oírla primero.

-Las lecturas que hizo Neruda de sus poemas las convertimos en gags de TV.

-Sí. Y esa voz es como un mantra, son voces especiales como la Mistral. Una de las grandes pérdidas ha sido la oralidad, la Mistral y Neruda y Violeta Parra se nutren de un contexto de oralidad muy viva, una chilenidad rica en refranes y dichos, un lenguaje propio.

-¿Cuándo nos alejamos de la poesía, fue la dictadura?

-La poesía misma se ha ido cerrando en sí misma. Se vuelve más intelectual y se aleja de ese público que lo escuchaba antes. Gabriela Mistral escribía rondas y canciones de cuna para que las mamás les cantaran esas canciones a los niños. Y son poemas extraordinarios. Nuestra sociedad puso toda la energía en el crecimiento económico. Toda la épica del país ha estado en crecer, en dejar de ser pobres.



-Y nos volvimos pobres de espíritu.

-Lo más probable es que lo estético, lo poético, lo inútil comience a ser visto como algo irrelevante. Es el divorcio de la alta cultura y lo popular. Puede sonar pretencioso pero diría que en la poesía está el ser profundo de Chile.

-¿Por qué es tan importante la poesía?

-Te contestaría con una frase del místico alemán Angelus Silesius que decía “la rosa es sin por qué, florece porque florece, no le importa si es mirada”. La poesía es sin por qué, pertenece a la dimensión de la gratuidad, del don completo. Eso no significa que no pueda transformar la vida de las personas. Es la dimensión del canto en el sentido profundo. Breton decía que en la poesía las palabras hacen el amor. Donde no hay palabras hay un terreno propicio para la violencia, la angustia y el sin sentido.

-¿Cómo está Chile en esa línea?

-No quiero ser pesimista pero evidentemente que en términos de la elite que dirige el país, salvo contadas excepciones, no pareciera que ni la cultura ni la poesía ni el espíritu ocupen un lugar central, salvo como un adorno. En el Chile antiguo tenías a Andrés Bello haciendo un discurso en la Universidad de Chile, un poeta, estudioso de los clásicos. La elite dejó de creer en el valor de la palabra. Pero hay movimientos subterráneos que están cambiando. Las editoriales independientes están lanzando libros de poetas y se agotan.

-¿Qué libro podría cambiar o ayudar a reflexionar al Presidente Piñera?

-Las meditaciones de Marco Aurelio, emperador romano. Le recomendaría este libro porque era un filosofo estoico al que se le murió la mujer, varios hijos, cuando era muy joven y le tocaron guerras brutales, vio morir a su hermano, enfrentó pestes, epidemias, catástrofes, como tsunamis y terremotos, como lo que le pasó a Bachelet, pero le tocó todo junto. Y mantuvo la templanza y mantuvo al imperio porque había estudiado filosofía y tenía dos maestros. Una filosofía para la vida, no abstracta. Es interesante su doble faz. Pero siendo oposición no hay que esperar que el otro pierda, eso es fatal, es un cálculo tonto, no porque al otro le vaya mal a ti te va a ir bien.

-El sabio profesor Gastón Soublette podría ser consejero de Piñera?

-Que sea presidente, jajajá. Que lidere un consejo de sabios de la tribu y que Piñera lo escuche, jajaja, ahí hay que hacer couching. Como la política está en crisis, la figura que viene será la del político filósofo. La figura perfecta del futuro es la del político taoísta.




-¿Por qué te dolió tanto la partida de Marcelo Bielsa?

-Era la figura del maestro. Aunque lo acusaban de autista y loco, me gusta su austeridad, su lejanía de la farándula, su sencillez, su inteligencia, yo decía que en la política chilena nos faltó un Bielsa.

-Quedamos huérfanos con su partida

-Hubo un quiebre, algo se fracturó. Chile había encontrado un maestro que era capaz de dirigir a gente joven, pero representaba lo mejor del pasado. El profe, le decían, y nosotros durante mucho tiempo veneramos a los profesores. Yo lo comparé con el poeta francés Mallarmé que se concentra en el poema y no está perdiendo tiempo en entrevistas. Bielsa se concentra en el partido, ese es un poema, no lo jodan porque no da entrevistas. Y me llamó por teléfono esa vez. Y es impresionante cómo habla, así redactado como los argentinos. Un tipo superior, su profundidad y su inteligencia. Su salida adelantó simbólicamente una crisis.

-¿Qué visión tienes del feminismo?

-Me parece extraordinario que la mujer haya ganado libertades, el voto, y todo lo que ha ido ganando. Pero me parece peligroso que la causa de la mujer sea monopolizado por grupos radicalizados y fanáticos que finalmente que son una nueva beatería. Los grupos iluminados, dueños de la verdad, son peligrosos. Hay que tener ojo de pasar de un machismo brutal a un feminismo radical.

-La dictadura de las minorías.

-Sí. Pequeños fascismos de minorías. Debilitar la figura del hombre y del padre al extremo creo que es complicado, contra natura.

-¿Sientes que tus programas en TV educaron y le salvaron la vida a muchos jóvenes que se educaron inesperadamente?

-Cuando lo hice nunca tuve mucha conciencia del impacto que tuvo en tanta gente. Hace un tiempo llamé a Sebastián Lelio y le dije “soy Cristián Warnken, no sé si te acuerdas de mí”. Y me contestó: “cómo no, si La belleza de pensar fue una escuela, una fuente”. Yo mismo me sorprendo. Ahora quiero revitalizarlo de manera digital, estoy buscando auspiciadores y darle una vitalidad a otrocanal.cl, donde están las entrevistas. Queremos hacer nuevas entrevistas.

domingo, 16 de marzo de 2014

¿Cuántos libros hay en tu casa?


Luis Alberto Bustamante Robin; Jose Guillermo Gonzalez Cornejo; Jennifer Angelica Ponce Ponce; Francia Carolina Vera Valdes;  Carolina Ivonne Reyes Candia; Mario Alberto  Correa Manríquez; Enrique Alejandro Valenzuela Erazo; Gardo Francisco Valencia Avaria; Alvaro Gonzalo  Andaur Medina; Carla Veronica Barrientos Melendez;  Luis Alberto Cortes Aguilera; Ricardo Adolfo  Price Toro;  Julio César  Gil Saladrina; Ivette Renee Mourguet Besoain; Marcelo Andres Oyarse Reyes; Franco Gonzalez Fortunatti; Patricio ernesto Hernández Jara;  Demetrio Protopsaltis Palma; 

¿Cuántos libros son muchos?
 ¿Cuántos son pocos? 
¿Cuántos podemos leer? 
¿Cuántos caben en nuestras casas? 
Algunas consideraciones en torno a cifras que siempre queremos que sean más altas.

 Cristian Vázquez 01 marzo 2018

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Hace unos años, cuando su hijo iba a empezar el jardín, un amigo mío tuvo que completar un formulario, una especie de encuesta, a pedido de las autoridades de la institución. Una de las preguntas era: “¿Cuántos libros hay en su casa?”. Mi amigo, un buen lector, se dio cuenta de que no tenía idea. Volvió a su casa intrigado y los contó. La cantidad (que no recuerdo) lo sorprendió, pero también se habría sorprendido con un número bastante más alto u otro bastante más bajo.

En general, a la mayoría de los lectores –los que sentimos que nuestra biblioteca es una de nuestras posesiones más valiosas, o la más valiosa de todas– nos pasa lo mismo: no tenemos idea de cuántos libros tenemos. De hecho, empecé a escribir este artículo sin tener idea de cuántos libros tengo en mi casa yo. Cuando se me ocurrió escribir sobre este tema, hice mi propia pequeña encuesta. Pregunté en Facebook “¿Cuántos libros hay en sus casas?”, para que, quien tuviera ganas, me lo contara. Contestaron poco más de cuarenta personas. Las respuestas fueron variadas y muy interesantes. Muchas de ellas no solo indicaban una cantidad, sino también un rasgo del lector que enunciaba cada una.

Alguien dijo 25 y añadió de inmediato: “Deberían ser más, pero algunos los doné a una biblioteca”. Otra persona dijo “muchos, 50”. Otra, 60. Otra, que en su país tenía 100, pero en donde vive desde hace un año, 14. Luego, de todo: 150, 200, 250, 500… Algunos añadían sus buenas intenciones: “y creciendo”, “y vamos por más”. Siempre hay un obsesivo: “855. Los tenemos catalogados”. Una minoría alcanzaba o superaba el millar. Dos o tres personas dijeron que alrededor de 3.000. Más de 3.800, pero 2.500 en su casa y el resto en otra parte, especificó una amiga. Alguien más, por mensaje privado, me reveló que debe tener “entre 4.000 y 5.000… o quizá 6.000. Horror. Imposible saberlo. Ten en cuenta que he sido editora. No es por presumir”. Como sé la clase de persona que es, sabía que esa última aclaración no era necesaria.

Surgieron interrogantes para los que no tengo una respuesta clara. ¿Los archivos digitales cuentan como libros? ¿Y los que tenemos en fotocopias? ¿Y los cómics? ¿Y los de derecho? Un volumen que incluye varias obras, ¿cuenta como uno o como varios libros? Y una misma obra publicada en, digamos, dos o tres volúmenes, ¿son dos o tres libros, o es uno solo?

No podía faltar el que avisara que nunca los había contado, pero que iba a hacerlo y luego pasarme el dato (y nunca lo hizo). Más directo fue el que escribió: “Perdí la cuenta hace años”, y se marchó sin hacer promesas. “Ni idea, dos bibliotecas abarrotadas”, comentó alguien más. Otro, en una línea parecida pero tratando de ser más específico, explicó: “Una pared de 4 x 2 mts”. Escueto fue quien apuntó “muchos” y nada más. Y su contracara: “No muchos. Me gusta leer pero no atesorar, una vez leídos los dono”.


En una biblioteca, está claro, la cantidad es mucho menos relevante que la calidad. El problema del espacio físico no es menor. Otra pregunta podría ser “¿Cuántos libros caben en tu casa?”. De ahí que muchas personas donen sus libros. “Fui regalando muchísimos libros en los últimos años –comentó alguien–, unos 700 la última donación. No es que fueran malos, pero me quedé y me seguiré quedando solo con aquellos que de verdad releería”. Desprendernos de los libros que nos sobran también es dar forma a la biblioteca, como el escultor que quita la piedra en busca de la figura que, él lo sabe, lo espera en su interior. Así, ese organismo vivo que es la biblioteca se va pareciendo cada vez más al inalcanzable ideal.

Toda biblioteca, por otra parte, tiene sus joyas. Primeras ediciones, títulos difíciles de conseguir, ejemplares autografiados por el autor o dedicados por personas queridas… En ciertas ocasiones, es el propio lector quien, sin darse cuenta, con sus notas y sus lecturas, añade valor a los volúmenes de su colección.

Es el caso, por ejemplo, de la biblioteca de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. Está compuesta por unos 17.000 volúmenes, muchos de los cuales incluyen apuntes manuscritos de ellos dos y de Borges. Tras la muerte de Bioy, en 1999, los libros fueron guardados en 354 cajas, y qué pasaría con ellos fue incierto durante casi dos décadas. El año pasado, un grupo de empresas, fundaciones y personas particulares pagó 470.000 dólares por el conjunto y lo donó a la Biblioteca Nacional de la Argentina. Solo se conoce una quinta parte de ese material. En nuestros días, los empleados de la Biblioteca catalogan las piezas del tesoro que descubren mientras sacan de las cajas.


Otra biblioteca privada descomunal fue la de Chimen Abramsky. Su historia la cuenta el hermoso libro La casa de los veinte mil libros, escrito por su nieto Sasha Abramsky y publicado en 2014: cómo llegó Chimen de Minsk a Londres e hizo de su casa, en el norte de la capital inglesa, un centro de encuentros y tertulias permanentes, por las que pasaron Eric Hobsbawm, Harold Pinter y una infinidad de otros intelectuales y amigos a lo largo de las décadas.

Y explica también cómo conformó su biblioteca, 20.000 volúmenes que incluían las mayores colecciones de libros sobre judaísmo y socialismo en Occidente. “La casa contenía más de diez toneladas de libros, el peso de al menos cinco coches grandes –describe Sasha–. Había, además, varias toneladas de manuscritos, cartas y periódicos apilados por la casa”. Entre tantas joyas, había ejemplares del Manifiesto comunista con apuntes manuscritos de Marx y Engels y el carnet de afiliación de Karl Marx a la Primera Internacional, de 1864.

Chimen murió en 2010, a sus noventa y tres años. Meses después, la familia vendió casi todos sus libros, excepto unas cuantas decenas, que se repartieron entre sus miembros.

Es tan triste como real: nos vamos a morir, y al otro barrio no podemos llevarnos libros. Innumerables bibliotecas edificadas a lo largo de décadas, colecciones reunidas con paciencia de escultor, donde cada libro encerraba quién sabe cuántas historias y cuántos recuerdos, se venden por unas cuantas monedas no bien su propietario muere. La persona que se va se lleva consigo todo el valor emocional de esos libros, que para quienes se quedan son papeles viejos, o muy poco más.

Por lo demás, no solo el espacio es un problema para quienes gustamos de los libros: también lo es el tiempo. ¿Cuántos podemos leer? ¿Hasta dónde nos da la vida? Imaginemos a una persona que lea mucho. Mucho de verdad. Un libro por día, digamos. Todos los días, sin vacaciones ni feriados. Es un ritmo frenético. Nunca supe de ningún lector tan voraz. Pues bien, esa persona tardaría 46 años y medio en leer todos los libros de la biblioteca de Bioy y Ocampo. Y casi 55 años para dar cuenta de la de Chimen Abramsky.

Y, pese a todo eso, muchos queremos tener cada vez más libros. Nos encanta que nos los regalen. Compramos más de los que podemos leer, los compramos aunque sepamos que (todavía, al menos) no los vamos a leer. “Comprar más libros que los que uno puede leer es nada menos que el alma en busca del infinito”, definió A. Edward Newton. Supongo que la biblioteca, todos los libros que uno tiene en su casa, son la representación cabal y material de esa búsqueda.


Posdata. Conté los libros tengo en mi casa: son 1,162. No me parecen muchos. Quisiera tener tantos que, al comentárselo a otra persona, tuviera que aclarar que no lo digo por presumir. Ojalá, si eso sucede, esa última aclaración no sea necesaria.

jueves, 13 de marzo de 2014

LA BIBLIOTECA DE LA ABADÍA DEL NOMBRE DE LA ROSA.


Luis Alberto Bustamante Robin; Jose Guillermo Gonzalez Cornejo; Jennifer Angelica Ponce Ponce; Francia Carolina Vera Valdes;  Carolina Ivonne Reyes Candia; Mario Alberto  Correa Manríquez; Enrique Alejandro Valenzuela Erazo; Gardo Francisco Valencia Avaria; Alvaro Gonzalo  Andaur Medina; Carla Veronica Barrientos Melendez;  Luis Alberto Cortes Aguilera; Ricardo Adolfo  Price Toro;  Julio César  Gil Saladrina; Ivette Renee Mourguet Besoain; Marcelo Andres Oyarse Reyes; Franco Gonzalez Fortunatti; Patricio ernesto Hernández Jara;  Demetrio Protopsaltis Palma;

LA BIBLIOTECA DE LA ABADÍA DEL NOMBRE DE LA ROSA. 

plano de biblioteca de abadía
libro


El nombre de la rosa (Umberto Eco), la biblioteca-laberinto.

 La rosa, por presentar variadas curvas en sus pétalos y tallos se asemeja a un laberinto, lugar donde se encuentra la biblioteca de los libros perdidos, típica de la arquitectura gótico-medieval. La biblioteca está dividida en secciones según los países de origen de los autores: 

ACAIA (Grecia), IUDAEA (Judea), AEGYPTUS (Egipto), LEONES (África), YSPANIA (España), HIBERNIA (Irlanda), ROMA, GALLIA (Francia), ANGLIA (Inglaterra), GERMANIA (Alemania), FONS ADAE (significa "Paraíso", contiene Biblias).
Umberto Eco reitera su admiración y la influencia de Jorge Luis Borges cuando declara que "después de que Borges ha escrito La biblioteca de Babel es imposible para cualquier escritor hablar de una biblioteca sin pensar en la de Borges", respondiendo así a mención de la biblioteca-laberinto que figura en su novela y al personaje Jorge de Burgos, el monje español obsesionado con el Apocalipsis y las miniaturas medievales. 
Eco describe en su libro, como contestando a todos aquellos que le preguntan por la relación entre el personaje y el escritor argentino, que "quería que un ciego custodiase una biblioteca ( ... ) y biblioteca más ciego sólo puede dar Borges."
La biblioteca que nos describe Umberto Eco aquí cuenta que era una de las mejores que existían entonces, ya que poseía más libros que cualquier otra biblioteca cristiana.
Muchos monjes iban allí, procedentes de otra abadías situadas en diferentes partes del mundo, simplemente para copiar algún manuscrito, trayendo, a cambio, algún manuscrito raro para que lo copiasen los monjes que estaban allí. Otros permanecen allí, mucho tiempo, incluso hasta su muerte, porque solo en esta biblioteca pueden encontrar las obras capaces de iluminar sus estudios.
La biblioteca ha sido construida según un plano que solo el bibliotecario conoce y que se transmiten entre ellos. Sólo el bibliotecario está autorizado a moverse por el laberinto de los libros, sólo el sabe dónde encontrarlos y dónde guardarlos, sólo él es el responsable de su conservación.
¿Cómo se usaba?
Los otros monjes trabajaban en el scriptorium y podían conocer la lista de los volúmenes que contenía la biblioteca. Pero sólo el bibliotecario sabe por la colocación del volumen, por su grado de inaccesibilidad, qué tipo de secretos, de verdades o de mentiras encierra cada libro. Sólo el decide cómo, cuándo y si conviene suministrarlo al monje que lo solicita.
El libro es una criatura frágil, se desgasta con el tiempo, teme a los roedores, resiste mal la intemperie y sufre cuando cae en manos inexpertas.
Por tanto, el bibliotecario los defiende no sólo de los hombres sino también de la naturaleza y consagra su vida a esa guerra contra las fuerzas del olvido, que es enemigo de la verdad.
El monje debía pedir al bibliotecario la obra que deseaba consultar y éste iba a buscarla a la biblioteca, situada en el piso de arriba, siempre y cuando se tratase de un pedido justo y pío.
¿Cómo estaba ordenada?
Los libros estaban registrados según el orden de las adquisiciones, de las donaciones, de su entrada en este recinto.
En un voluminoso códice había unas apretadas listas inscritas. Había unas anotaciones junto a cada título. El primer número indicaba la posición del libro en el anaquel o gradus, que a su vez estaba indicado por el segundo. El tercer número indicaba el armario y las otras expresiones designaban una habitación o un pasillo de la biblioteca. Pero aún así, sólo el bibliotecario sabía descifrar todas estas cosas. La planta de la biblioteca reproducía el mapa del mundo. Los libros estaban colocados por los países de origen o por el sitio donde nacieron los autores o donde deberían haber nacido.

Tres son los autores consagrados que han escrito relatos en los que una biblioteca es el centro de la narración: Borges, Bradbury y Umberto Eco
En este artículo no se habla de la literatura en las bibliotecas, que abunda, sino de las bibliotecas en la literatura, que son escasas. Existen muchas obras de ficción sobre libros y en gran parte de ellas aparecen bibliotecas, pero en muy pocas estos locales son los elementos principales de la narración. Podría decirse que las bibliotecas están llenas de novelas pero muy pocas novelas hablan de bibliotecas.

Nota.

Pueden considerarse cuatro las narraciones literarias más reconocidas cuyo argumento gira en torno a una gran biblioteca: “El nombre de la rosa” de Umberto Eco, “La biblioteca de Babel” de Jorge Luis Borges y “Phenix Brillante” y “Farenheit 451”de Ray Bradbury.

Evidente resulta que Umberto Eco se dejó influir por el relato de Borges. La biblioteca laberíntica de torreones heptagonales es un claro tributo a la biblioteca de Babel. Pero no es el único guiño que el italiano le hace al argentino: en "Apostillas a El nombre de la rosa", reconoce expresamente esta influencia. Curioso el colofón con que acaba el párrafo. Será también la frase final de este artículo.

Todos me preguntaban por qué mi Jorge evoca por el nombre a Borges y por qué Borges es tan malvado. No lo sé. Quería un ciego que custodie una biblioteca (me parecía un buena idea narrativa), y biblioteca más ciego sólo puede dar Borges, también porque las deudas se pagan."


La Biblioteca de Babel.


El universo (que otros llaman la Biblioteca) se componte de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. 
Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.
Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.
A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta   letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.
El primero: La Biblioteca existe ab alterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.
El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)
Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.
Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.
Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.
También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.
A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.
Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.
También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.
Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías.
 Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).
La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.
Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.


Análisis.



La biblioteca de Babel es un cuento del escritor argentino Jorge Luis Borges, aparecido por primera vez en la colección de relatos El jardín de senderos que se bifurcan (1941), colección que más tarde fue incluida en Ficciones (1944). La biblioteca parece ser infinita a la vista de un ser humano común, pero al tener un límite de 410 páginas por libro, 40 renglones por página y 80 símbolos por renglón el número de posibilidades es vasto pero finito.
El relato es la especulación de un universo compuesto de una biblioteca de todos los libros posibles, en la cual sus libros están arbitrariamente ordenados, o sin orden, y preexiste al hombre.
La biblioteca de Babel es un complejo compuesto por un número indefinido de galerías hexagonales e idénticas, donde hay grandes ventilaciones en el medio, cercados por pequeñas barandas. La distribución de las galerías se reduce a cinco largos anaqueles en cada muro que cubren cuatro de los seis lados. La altura apenas excede la de un bibliotecario normal. Dos de las caras de cada galería dan a un angosto zaguán que va a otras galerías. A los lados del zaguán hay dos gabinetes; en uno de ellos alguien puede dormir parado y usar el restante para satisfacer las necesidades. Más allá hay una escalera espiral que se abisma hacia lo remoto.
Por cada anaquel hay un total de treinta y dos libros con el mismo formato; por cada libro que se encuentra, se puede contar que la suma de sus páginas llega a cuatrocientas diez. Cada página tiene cuarenta reglones. Cada renglón, ochenta letras de color negro. También hay letras en los dorsos de los libros. No obstante, en los dorsos de cada libro no se indica el contenido de las páginas. Esto se debe a dos axiomas fundamentales.
Axiomas.
La biblioteca existe desde la eternidad. Esto significa que tanto la biblioteca de Babel como los bibliotecarios pueden ser obra de un dios o del azar.
El número de símbolos ortográficos usados en los libros es de veinticinco, incluyendo el espacio, la coma y el punto. Los libros de Babel están compuestos a partir de combinaciones aleatorias de estos signos, agotando todas las posibles combinaciones (cuyo número es inimaginablemente grande, pero no infinito). Esto demuestra la naturaleza caótica e informe de todos los libros. Por cada palabra que esté escrita, puede haber palabras inconexas, frases incoherentes, que forman lenguas menos incoherentes.
Dadas estas condiciones, la biblioteca contiene desde algún libro que consiste solamente en la repetición de un mismo grafema, hasta innúmeras versiones del Quijote o cualquier otro libro, en todos los idiomas conocidos, en todos los idiomas desconocidos, con todas los errores imaginables, etc. El catálogo de Borges va más allá: "las autobiografías de los arcángeles, la relación verídica de tu muerte"... en palabras de Borges, "basta con que un libro sea posible, para que exista" en algún lugar de la inmensa Biblioteca.
La biblioteca y el Universo.
Lo anterior lleva al autor a reflexionar sobre las creencias y corrientes de pensamiento de tal Universo, "que otros llaman la Biblioteca": inquisidores que pretenden destruir los libros que juzgan sin sentido (temidos y aborrecidos por su fanática condenación al fuego de incontables libros, más que por el daño real hecho a la inmensidad de la Biblioteca), aventureros que recorren las salas hexagonales en busca de su Vindicación, místicos que anhelan encontrar el Libro total que devele todos los misterios del mundo, e incluso proscritos azaristas que manejan cubiletes y dados prohibidos, al objeto de producir algún día, más que encontrar, esos libros sobrenaturales.
Tamaño y contenido de la Biblioteca.

La biblioteca de Babel está formada por hexágonos, de los cuales cuatro muros se usan para almacenar los libros, y las restantes dos para comunicarse con los siguientes. Cada muro tiene cinco anaqueles. Cada anaquel treinta y dos libros. Cada libro cuatrocientas diez páginas. Cada página cuarenta renglones. Cada renglón ochenta símbolos.
Los símbolos son veinticinco. Las veintidós letras de un alfabeto, el punto, la coma y el espacio.
Sobre su tamaño, Borges informa:
"Quienes imaginan la Biblioteca sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: la Biblioteca es ilimitada y periódica."
Lo que demuestra la inutilidad de un cálculo, dado que la Biblioteca que nombra Borges reiteradas veces a lo largo de su relato es simplemente un nombre propio que le da él mismo al Universo.

biblioteca medieval

miércoles, 5 de marzo de 2014

Samuel Luchtmans



Luchtmans, Samuel (1685-1757) – Países Bajos

Emblema:

Tuta sub aegide Pallas (Todo está protegido por Pallas Athenea).

Biografía

Era un librero y una impresora en la ciudad  holandesa de Leiden. Samuel fue el único hijo de Jordan Luchtmans , que es considerado como el fundador de la todavía basada en Leiden editorial Brill. Samuel visitó la escuela y terminó sus estudios con una conferencia titulada literarum utilitate en Mercatura (la utilidad del estudio del comercio). Después de la muerte de Samuel Jordan en 1708 continuó la empresa. Samuel se casó como su padre con una furgoneta Musschenbroek , otra familia de éxito Leiden (empresarios), que desde el final del siglo XVII fue en parte familiarizado con un taller especializado en instrumentos científicos. Cornelia (1699 - 1784) tuvo dos hijos, Samuel y John
En 1720 Samuel comenzó junto a la casa librería y editorial también tiene sus propias imprentas. El negocio iba bien y en agosto de 1730 también recibió el contrato como la ciudad más ocupados y typographus ACADEMIAE. Ocupó cargos importantes en el clan: El 1 de enero 1714 se convirtió en capitán y posteriormente manta

El 31 de diciembre de 1755, se encargó a la empresa a sus dos hijos. Murió el 13 de enero de 1757

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Su retrato, por Deckers litografiado en una pintura de Van der Meij, con su firma y el lema conservado en una hoja impresa en blanco titulado:  Die Büchhändler-Familie Luchtmans in Leyden 
En 1771 Cornelia compró la finca Haagwijk el Hoge Rijndijk . Después de su muerte en 1784 su hijo Juan heredó la propiedad.