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sábado, 20 de abril de 2013

La poesía de Mao Tse-tung

Luis Alberto Bustamante Robin; Jose Guillermo Gonzalez Cornejo; Jennifer Angelica Ponce Ponce; Francia Carolina Vera Valdes;  Carolina Ivonne Reyes Candia; Mario Alberto  Correa Manríquez; Enrique Alejandro Valenzuela Erazo; Gardo Francisco Valencia Avaria; Alvaro Gonzalo  Andaur Medina; Carla Veronica Barrientos Melendez;  Luis Alberto Cortes Aguilera; Ricardo Adolfo  Price Toro;  Julio César  Gil Saladrina; Ivette Renee Mourguet Besoain; Marcelo Andres Oyarse Reyes; Franco Gonzalez Fortunatti; Patricio ernesto Hernández Jara;  Demetrio Protopsaltis Palma; 
Aldo Ahumada Chu Han

Mao como poeta.

Es evidente que la primera cuestión que se le  plantea al lector es la de si Mao Tse-tung es realmente un gran poeta. El hecho de tratarse del dirigente político de una de las naciones más importantes del mundo y de dirigir ideológicamente extensos sectores políticos y filosóficos de nuestro tiempo, así como el hecho de ser objeto en su país de una gran veneración, inconcebible a nuestros ojos de occidentales sofisticados, puede dejar ciertas dudas al lector que no posea los suficientes conocimientos de lengua y de poesía china para juzgar por sí mismo.
Por otro lado, una figura tan polémica no podía dejar de influenciar emocionalmente a la crítica. Como dice Yong-sang Ng, "muchos chinos que condenan los esfuerzos literarios de Mao, considerándolos juveniles, son al mismo tiempo violentos críticos de su credo político; otros, que alaban su poesía, están movidos por un sentido de lealtad cultural o por oportunismo político. El hecho de que la crítica haya mantenido un notable equilibrio creo que se debe , por encima de todo, a la circunstancia de que los análisis más lúcidos y competentes son debidos a sinólogos que han estudiado en universidades anglosajonas, donde el rigor científico se mantiene normalmente por encima de los subjetivismos políticos."

¿Pero cuál es la opinión de la crítica?

En general, que Mao Tse-tung, independientemente  de sus actividades políticas y de su posición ideológica, ocuparía un lugar relevante dentro de la literatura china contemporánea. Esta es la opinión, entre otras, de Jerome Ch´ên, que une a su formación el hecho de ser chino y profesor de una Universidad británica. Rechazar a Mao Tse-tung por consideraciones de carácter político en lugar de rechazarlo en su calidad de poeta, que lo es por derecho propio, sería tan deshonesto como negar, por motivos idénticos, pero de carácter opuesto , a Ezra Pound el lugar, tan alto como indicutible, que le corresponde dentro de las letras anglosajonas de este siglo.
No obstante, algunos críticos dicen que la poesía de Mao Tse-tung es desigual, lo cual es cierto. Lo mismo se puede decir de todos los poetas, ya que ningún escritor produce solamente grandes obras. Sin embargo, en general, Mao Tse-tung es considerado un gran poeta. En este volumen espero dar al lector los elementos necesarios para que pueda formarse su propia opinión.
Mao Tse-tung se nos muestra, ante todo, como un poeta extraordinario. Intentaré explicar lo que quiero decir con esto. En primer lugar, tal vez no estemos muy lejos de la verdad si decimos que fueron circunstancias externas las que provocaron la publicación de sus poemas. Aunque poseedor de un gran temperamento poético, Mao Tse-tung se sentía, por encima de todo, un revolucionario. Y las características especiales de su poesía, el hecho de ser escrita en formas tradicionales y lenguaje clásico, fueron tal vez la causa de sus vacilaciones, ya que estaban en desacuerdo con su política artística proclamada desde las famosas Conferencias de Yenan sobre Arte y Literatura, en 1942. Aunque esto, principalmente, tenía pocos paralelos en Occidente (Rómulo Gallegos, Churchill; Senghor...), la situación de un gran Jefe de Estado ( emperador, guerrero) poeta tiene mucha tradición en la historia de China: T´ai-tsu, fundador de la dinastia Sung, a la que Mao Tse-tung se refiere en el poema "Nieve"; Ts´ao Ts´ao al que se refiere en el poema "Peitaiho"; y otros" (Manuel de Seabra. Prólogo al libro Poemas de Mao Tse-tung) (cont.)

"Fue en 1945, en la revista Ta Kung Pao, de Chungking, donde apareció el primer poema de Mao Tse-tung, debido a una indiscreción de Liu Ya-tzu (*). En Agosto de 1945, Mao viaja por primera vez en avión, de Yenan a Chungking, con la finalidad de coferenciar con Chiang Kai-shek obre la posibilidad de un gobierno de coalición. Parece que el poema "Nieve" fue escrito durante este viaje (**) y ofrecido al poeta Liu Ya-tzu, al que no veía desde 1927. Intercambiar poemas es una antigua costumbre china. Esto se repetiría en 1949 y 1950 , entre Mao y Liu. Pero, en 1945, éste entregó el poema al editor de Ta Kung Pao y, según Robert Payne, "a partir de este momento, centenares de chinos, particularmente en las universidades, comenzaron a sentir un verdadero respeto por Mao como poeta".
En 1946, cuando Robert Payne estuvo en Yenan, sólo eran conocidos tres poemas de Mao Tse-tung: "Nieve", "Monte Liup´an" y "La Gran Marcha". Robert payne deseba encontrar más. Había tenido noticias de un volumen de poesía aparecido en  Yenan con el título Feng Chien Tze ( Poemas de viento y arena). Se decía que habían sido publicados muy pocos ejemplares, apenas para las personas más ínimas, y hablábase de un largo poema allí incluído titulado "Hierba", una evocación del recorrido por las praderas del norte de Szechuan, durante la Gran Marcha, y otro sobre la primera mujer del poeta, fusilada en 1930.

Poetas

Presentamos algunos poemas de Mao Zedong (1893-1976) compuestos bajo las formas de la poesía clásica china, en gran medida influido por Li Bai. Así mismo, reproducimos el manuscrito del poema Los inmortales. La traducción directa del chino es de Luis Enrique Délano. 
La mayor parte de los poemas de Mao fueron compuestos según una melodía tradicional predeterminada, es decir que, cada verso tiene el número de sílabas (caracteres) que lo adecúa a las citadas melodías. Esto implica que, aunque estas melodías se han perdido hace centurias, evocan a la poesía antigua china y podrían, teóricamente, ser cantados con esa base musical.
Ante la solicitud de sus poemas para edición, Mao Zedong responde con un breve y paradigmático párrafo que reproducimos a continuación:
«Discúlpenme el atraso con que les contesto. Adjunto los versos en forma clásica y los ocho poemas más que me han pedido. En total son dieciocho poemas que he copiado en hojas aparte para someterlos a su consideración. Nunca he querido publicar oficialmente estos versos porque son de forma clásica y temo que esta especie de poesía se difunda, pues hacen daño a la juventud. Además, estos poemas no tienen características singulares. Puesto que ustedes piensan que pueden publicarlos aprovecho esto para corregir algunos errores de que adolecen las copias que se han venido difundiendo de mano en mano… Por supuesto, cuando se trata de poesía hay que dar primero lugar a la poesía moderna. Se pueden escribir versos clásicos pero no es conveniente fomentarlo entre los jóvenes porque esta forma ata a la ideología y al pensamiento y además es difícil de aprender…»

Changsha
[Según la melodía Sin Yuan Chun[1]]


Me encuentro solo en el otoño frío,
mientras miro las aguas del río Siang, que corren hacia el norte.

Desde la isla Naranja veo a mi alrededor
millares de colinas escarlata y el rojo de los bosques.
En el intenso azul del ancho río
cien barcas luchan contra la corriente.
Las águilas golpean sus alas contra el cielo
y en las aguas los peces cruzan como celajes.
Bajo el gélido cielo, las criaturas todas rivalizan
en el disfrute de su libertad.
En esta inmensidad, profundamente absorto
pregunto a la gran tierra y al infinito cielo le pregunto:
¿Quiénes controlan la naturaleza?

Antaño estuve aquí con multitud de compañeros míos.
En esos meses densos, en esos años plenos de energía,
éramos estudiantes llenos de juventud,
gallardos, de talento floreciente.

Exaltaba nuestro ánimo
el espíritu puro del letrado.
Justos y enhiestos, audaces y sinceros,
mirando a nuestra tierra introducíamos
loa y condenación en nuestra pluma
los poderosos no eran más que ceniza.
Mas, ¿recordáis acaso cuando a mitad de la corriente misma
se quebraban las  olas
contra la proa de las raudas barcas?

Huichang
[Segú la melodía Chiang Ping Lo]


En el oriente va a nacer la aurora.
No digáis que aún no es hora de partir.
Pensad que recorrimos
tantas verdes colinas y aún no somos viejos,
y que nunca admiramos un paisaje tan bello.

Desde los muros de Huichang, los picos
erguidos en cadenas y cadenas,
corren hacia el océano del este.
Clava en el sur sus ojos el soldado:
en el verde y frondoso Guangdong, a la distancia.

Dapodi
[Según la melodía Pu Sa Man]

Rojo, naranja, azul, añil, violeta, verde y amarillo:
¿quién en el cielo danza ondulando esta cinta de colores?
El sol poniente ha vuelto, tras la lluvia,
y se tornan azules a trechos las colinas.

Hubo aquí en el pasado
un furioso combate. Los impactos
de las balas señalan los muros de la aldea.
¡Muros condecorados! Las colinas parecen hoy más bellas.

Tres poemas breves
[Según la melodía Shi Liu Zi Ling[2]]


Montañas!
Fustigo a mi caballo veloz, sin desmontar jamás.
Tan pronto parto, vuelvo la cabeza
ausentado de ver el cielo un metro más arriba.

Montañas!
como mares inquietos, palpitantes,
con olas cual tropeles de caballos
que encabritados corren al corazón de la batalla.

Montañas!
Vuestros picachos no se mellan
al horadar lo azul del firmamento.
El cielo caería si vuestra fuerza no lo sostuviera.

Nieve
[Según la melodía Sin Yuan Chun]

Panorama del norte, cien leguas bajo el mano de la nieve,
mil leguas en que la nieve danza.
A cada lado de la Gran Muralla, sólo una blanca vastedad.
En el gran río, de extremo a extremo,
el caudal está helado y perdido el oleaje.
Las montañas danzan y danzan
como serpientes de plata;
elefantes de cera, las tierras altas se deslizan
como si compitieran con los cielos
Y en los días de sol,
veréis un traje rojo sobre el blanco:
deleitosa hermosura.

Soberana belleza del paisaje,
innumerables héroes lucharon por rendirle homenaje.
¡Ay de estos héroes! Chin Shi Huang y Han Wu Di
no tenían un lustre de cultura;
Tang Tai Tsong y Sung Tai Tsu, emperadores,
carecían del suave don poético
y Gengis Khan,
favorito del cielo por un día,
sólo sabía disparar sus flechas al águila dorada.
Ahora son pasado, ahora se han ido.
A los hombres gallardos y gentiles
los hallaremos en nuestros propios días.

Respuesta al señor Liu Ya-Zi[3]
[Según la melodía Huan Si Sha]

Larga ha sido la noche y lenta el alba en llegar a esta tierra,
por cientos de años giraron los demonios en frenética danza
y los quinientos millones de hombres estaban separados.

Pero ahora ha cantado el gallo y todo brilla bajo el cielo.
La música que en mil lugares tañen, hasta nosotros llega,
y de Khotan viene la inspiración que el poeta jamás antes tuviera.

 Los inmortales
[Según la melodía Die Lian Hua]

Dedicado a Li Shu-yi

He perdido mi álamo erguido y vos perdisteis vuestro sauce.

Álamo y sauce vuelan al cielo de los cielos.
Se pregunta Wu Gang con qué podrá obsequiarlos
y les ofrece vino de la flor de la casia[4].

La solitaria diosa de la luna suelta sus amplias mangas[5]
y danza para estas nobles almas en el cielo infinito.
De súbito se sabe que en la tierra el Tigre está en derrota
y ellos rompen en lágrimas de lluvia torrencial.

Manuscrito original de Los inmortales:



[1]El nombre de esta melodía, que literalmente significa «Primavera en el Jardín Sin», proviene del jardín de la princesa de Sinshui, que vivió a finales de la dinastía Han. Cuando se dice que un poema de la forma Zi corresponde a cierta melodía, esto quiere decir simplemente que sigue un molde tradicional específico. El nombre de la melodía no tiene otro sentido en el poema.
[2] El nombre de esta melodía significa «Dieciséis jeroglíficos» y cada uno de esos tres poemas contiene en chino, dieciséis palabras. Fueron escritos en 1935 durante la Gran Marcha.
[3] Este poema lo improvisó Mao, como contestación a uno que, momentos antes, improvisara Liu Ya-Zi.
[4] Según una antigua leyenda, Wu Gang cometió muchos crímenes en su búsqueda de la inmortalidad y por consiguiente fue condenado a cortar el árbol de la casia de la luna. Cada vez que Wu Gang levanta el hecha, el árbol recupera todo lo que se le ha cortado. Así tiene que seguir para siempre.
[5] La tradición cuenta que Chang O robó el elixir de la inmortalidad y voló a la luna, donde vive como una diosa solitaria.


LAS MONTAÑAS CHINGKANG
Otoño de 1928

Al pie de la colina flameaban las banderas y estandartes
En la cumbre se oían sonar nuestros clarines y tambores.
espesas mareas las tropas enemigas nos rodeaban:
nosotros nos quedamos inmóviles igual que una montaña.

Nuestra defensa que antes formaba una muralla inexpugnable,
unió además las voluntades en una fortaleza de granito.
¡Llegó de Juangyangchie el eco del tronar de los cañones
anunciando que el enemigo huía a escape en medio de la noche


LA GRAN MARCHA 

Octubre de 1935

El Ejército Rojo no teme los rigores de una larga marcha,
mil montañas, diez mil ríos no significan nada para él
las Cinco Cordilleras le parecen parvas olas,
simples terrones que se deslizan, los colosales macizos del Wumeng.
Tibios están los acantilados nubosos que, azotan las, aguas del Arenas de Oro,
frías las cadenas de hierro tendidas sobre el río Tatu.
Cuánta alegría causan las dilatadas nieves del Minshan
y, habiéndolas cruzado los tres Ejércitos, una sonrisa estalla en cada faz.


NIEVE 
Febrero de 1936

Panorama del norte:
mil li sellados por el cielo,
diez mil li en que la nieve flota.
A cada flanco de la Gran Muralla,
blanca vastedad.
De arriba abajo, el gran río
ha perdido de pronto su tumulto.
Danzan las montañas, serpientes de plata,
elefantes de cera, avanzan las tierras altas,
intentando medir su estatura con el cielo.
En días de sol,
vestida de blanco y adornada de rojo, veréis la tierra
aún más hermosa, más cautivante.
Tierra tan rica en belleza que incontables héroes la honraron a porfía.
Lástima que a Chin Shi Juang y Jan Wu Ti
les faltara lustre literario, que Tang Tai Tsung y Sung Tai Tsu
tuvieran magro don poético.
Hijo predilecto del Cielo en su momento,
Gengís Khan
sólo entendía de cimbrar su arco contra el águila gigante.
Todo eso es pasado, es ido.
Para encontrar a los héroes de veras
hay que poner los ojos en nuestros propios días.


LLEGADA A SHAOSHAN 

Junio de 1959

Retorné a Shaoshan el 25 de junio de 1959, tras una ausencia de 32 años
¡Malditos los días que huyeron, recordados como un sueño confuso!
Mis antiguos lares de hace treinta y dos años.
La bandera roja alzó las alabardas de los siervos,
mientras la garra negra mantenía en alto el látigo tirano.
Del sacrificio nace la decisión heroica:
atreverse a crear un nuevo cielo para el sol y la luna.
Dichosa visión: olas sucesivas de arroz, de mieses,
y héroes que vuelven, por todos los senderos, en el atardecer borroso.


A PROPÓSITO DE UN POEMA DEL CAMARADA KUO MO-JO
9 de enero de 1963

En este minúsculo globo
 unas cuantas moscas se golpean contra el muro;
zumban sin pausa,
a veces con voz chillona,
a veces, gemidora.
Se jactan de gran nación las hormigas que trepan por la acacia;
pretenden sacudir un árbol los insectos,
¡qué valiente empeño!
Ahora, cuando al viento del oeste caen sobre Changan las hojas,
silban las flechas sonoras.

Tantas tareas por delante,
todas tan urgentes.
El mundo gira, el tiempo apremia.
Diez mil años es demasiado,
hay que aprehender el día, aprehender el instante.
Los Cuatro Mares hierven, se enfurecen las nubes y las aguas,
los Cinco Continentes se estremecen, rugen truenos y huracanes.
Hay que exterminar todas las plagas
ninguna fuerza es capaz de resistir.


RETORNO A LAS MONTAÑAS CHINGKANG 

Mayo de 1965

Hace tiempo que anhelo alcanzar las nubes,
y ahora vuelvo a subir las montañas Chingkang.
Desde lejos vengo a ver esta vieja querencia nuestra:
el paisaje se ha tornado nuevo.
Por doquier orioles cantan, danzan golondrinas,
al grato murmullo de los arroyuelos,
y el camino horada el firmamento.
Una vez franqueado Juangyangchie,
no hay sitio escarpado que merezca una mirada.

Vientos y truenos braman,
tremolan banderas y estandartes,
allí donde los hombres viven.
Treinta y ocho años se han deslizado
 en un simple chasquear de dedos.
Podemos tomar al brazo la Luna en el Noveno Cielo
y atrapar tortugas en lo hondo de los Cinco Mares;
regresaremos entre risas y cantos triunfales.
Nada es imposible en el mundo
si uno se atreve a escalar las alturas

martes, 16 de abril de 2013

Los copista

Luis Alberto Bustamante Robin; Jose Guillermo Gonzalez Cornejo; Jennifer Angelica Ponce Ponce; Francia Carolina Vera Valdes;  Carolina Ivonne Reyes Candia; Mario Alberto  Correa Manríquez; Enrique Alejandro Valenzuela Erazo; Gardo Francisco Valencia Avaria; Alvaro Gonzalo  Andaur Medina; Carla Veronica Barrientos Melendez;  Luis Alberto Cortes Aguilera; Ricardo Adolfo  Price Toro;  Julio César  Gil Saladrina; Ivette Renee Mourguet Besoain; Marcelo Andres Oyarse Reyes; Franco Gonzalez Fortunatti; Patricio ernesto Hernández Jara;  Demetrio Protopsaltis Palma; 
Copista medieval.
Copista es la palabra que designa a quien reproduce libros a mano. De ahí su sinónimo, amanuense. También se utiliza para referirse a un pintor que reproduce obras de los grandes maestros de la pintura.
Destaca su labor en la difusión del libro hasta la aparición de la imprenta de tipos móviles en el mundo occidental, a mediados del siglo XV. Un copista experimentado era capaz de escribir de dos a tres folios por día. Escribir un manuscrito completo ocupaba varios meses de trabajo. Esto solo en lo que se refiere a la escritura del libro, que posteriormente habían de ilustrar los iluminadores, o encargados de dibujar las miniaturas e iniciales miniadas (de minium, en latín, sustancia que producía el color rojo de la tinta, el más habitual en estas ilustraciones), en los espacios en blanco que dejaba.
Los utensilios más habituales que utilizaba el copista eran: penna (la pluma o péñola), rasorium o cultellum (raspador) y atramentum (tinta).

Historia

La labor del copista tuvo gran importancia social en el Antiguo Egipto, donde los escribas o copistas eran muy valorados en una sociedad cuya escritura jeroglífica era un saber al que accedían solo unos pocos, y por su necesidad para las clases dirigentes, ocupaban un alto lugar entre la jerarquía administrativa. El escriba, siempre de familia principal, aprendía de un escriba experimentado las enseñanzas de su oficio desde niño. Sentado en el suelo con las piernas cruzadas, el escriba egipcio utilizaba como soporte el papiro, elaborado tras un complicado proceso a partir la planta homónima, y usaba para escribir una pluma de caña o un tallo de la misma planta del papiro. La escritura adoptaba el sentido de derecha a izquierda en columnas verticales.
En lo que respecta a una de las características semánticas más importantes de la palabra copista, la de reproducción, difusión y conservación del libro mediante su copia, este oficio, que desempeñaban los siervos, comienza en Grecia, y más tarde en Roma. El dominus o señor hacía copiar a sus esclavos, con destino a su biblioteca particular, cualquier libro. Los libreros, que comercializaban estos manuscritos, también tenían un número variable de copistas a su cargo para atender sus necesidades de reproducción de libros.
El panorama cambia cuando son los centros monásticos los encargados de transmitir y salvaguardar el patrimonio de libros escritos. El amanuense medieval acostumbraba a escribir o aislado en su celda (el caso de los monjes cartujos y de los cistercienses) o en el scriptorium (escritorio), que era una dependencia común del monasterio acondicionada para tal fin, allí trabajaban muchos monjes a la vez. En esta sala los monjes escribían habitualmente al dictado, o traducían los libros escritos en griego o en latín con lo que se podían efectuar varias copias simultáneamente. Era un trabajo ingrato, que obligaba a forzar la vista, debido a la luz pobre que en general penetraba en los monasterios medievales. Cada día el copista trabajaba en un fragmento del ejemplar o modelo encomendado, o bien podían trabajar varios copistas al mismo tiempo en un códice repartiéndose los cuaterniones o cuadernillos.

sábado, 6 de abril de 2013

Juego de Tronos y la Filosofia


¿Son el honor y la verdad necesarios para conseguir la felicidad, o bien nos impiden llegar a ella?

¿Pueden los huargos y otras criaturas fantásticas revelarnos las verdades sobre nuestra conciencia y nuestra realidad?

¿La profecía nos demuestra que somos meros peones del destino o bien que somos libres de vivir una vida auténtica?

Si las series de televisión son ideales para el análisis filosófico, Juego de tronos lo es por partida doble. En Westeros y más allá del Mar Angosto, el mundo de George R.R. Martin está repleto de docenas de personajes complejos en conflicto con ellos mismos y en lucha con otros, dudando de sí mismos, abocados al riesgo moral, al engaño, a la incertidumbre, a la arrogancia y a la agitación social y política.
Mientras los Siete Reinos están en guerra, más allá del Muro, los horrores del invierno se acercan. Muy lejos, una joven reina lucha con su destino mientras viaja para recuperar su hogar. Todo esto es sabido, pero esta guía perspicaz se basa en las obras de Maquiavelo, Hobbes, Descartes, San Agustín, Platón, Aristóteles y muchos otros grandes filósofos para analizar los personajes y argumentos clave, mientras explora temas como la guerra, el honor, el conocimiento, la moral, la teoría de género y mucho más de una manera tan amena como sorprendente.

Notas

Juego de tronos es un fenómeno mundial como hacía tiempo que no veíamos. La ficción de George R. R. Martin ha atrapado a millones de personas en todo el planeta, batiendo todo tipo de récords. 
¿Qué filosofía hay tras esta saga de libros y serie de aventuras, batallas, conquistas, ambición, muertes, etc.? 
¿Por qué ha triunfado en el mundo entero? 

Uno de los aspectos determinantes de este éxito son sus personajes, perfectamente caracterizados. Conocemos cómo son, cómo piensan y qué filosofía es la que rige sus acciones. Y es ahí donde entramos en la zona de influencia de la ética que, en este mundo en que se narran las aventuras y desventuras de los ciudadanos de Poniente (el continente ficticio donde se desarrolla buena parte de la trama), es bastante frágil, cuando no peligrosa.

¿El triunfo de la maldad?

Tal como explicaba en uno de los capítulos de la primera temporada Petyr Belish (el actor Aidan Gillen, en la serie), “desconfiar de mí es lo más inteligente que habéis hecho desde que os bajasteis del caballo”. Es este un mundo realmente peligroso y despiadado, en el que los sutiles y traidores suelen tener bastante más éxito que los sinceros y frontales. Y esto, en una narración que está llena, plagada, de conflictos, guerras y sangre, la verdad es que da mucho juego. El espectador sufre al ver cómo el héroe, que se encuentra atado de pies y manos por su código de conducta, se las ve y se las desea para salir a flote, máxime cuando observa cómo la maldad es infinitamente más recompensada en la mayoría de las ocasiones. ¿Es el triunfo de la maldad? Lo cierto es que la ética sí existe en el universo creado en la ficción por George R. R. Martin. El gran problema está en que no todos sus habitantes la interpretan de la misma manera o tienen la misma visión de qué es bueno o qué es malo.

El espectador sufre al ver cómo el héroe, atado de pies y manos por su código de conducta, se las ve y se las desea para salir a flote.

Ética deontológica o los deberes morales indestructibles

Por un lado, podemos encontrar personajes como Brienne de Tarth, Sir Barristan Selmy o buena parte de la familia Stark, todos ellos personajes leales, incorruptibles, fieles a sus palabras y sus promesas, consecuentes con unos valores que establecen la integridad como la piedra de toque de su conducta. Huelga decir que en no pocas ocasiones son ellos los personajes más tristes y frustrados de toda la ficción, sabedores de que la rigidez de sus normas choca a menudo con lo que sus intereses y la prudencia más básica recomendarían. Son personajes que sostienen un código deontológico que, a la manera de una lista de mandamientos, ciñen su comportamiento a una norma, justificando la realidad y sus acciones en torno a ella. Una suerte de imperativo categórico que entiende la moral como un conjunto de dogmas universales y cuyo respeto es, en gran medida, lo que determina el grado de honorabilidad del ser humano. Sus valores y su propia capacidad para vivir acorde a los mismos. En este sentido, la serie muestra exponentes de todos los extremos, como el hermético Stannis Baratheon, para quien no hay más Dios que la ley y el deber.

El problema con este tipo de códigos es que, pese a facilitarnos una regla clara y visible que determine nuestros actos, difícilmente pueden adaptarse a todas las situaciones que se nos plantean. No son precisamente flexibles. ¿Servir a un rey psicópata que desea masacrar a miles de inocentes por cumplir un juramento de obediencia? Puede ser una buena excusa…, pero difícilmente podremos determinarlo como una actuación moral.

El fin justifica los medios

Por otro lado, encontramos otros personajes en los libros y la serie que no tienen tantos problemas. Son aquellos que callan cuando les conviene, que traicionan si es necesario y que, principalmente, miran su propio ombligo sin preocuparse de qué efecto tendrán sus acciones en quienes los rodean (“El oro puede guardar un secreto por un tiempo, pero una flecha lo guarda para siempre”). Son -y cualquier seguidor de la serie estará de acuerdo- los que la mayoría odia, pero que al mismo tiempo no podemos dejar de admirar por el realismo de que hacen gala y su fría inteligencia. Y sí, a ellos les suele ir mejor que a los primeros. Juego de tronos es como la vida real: la virtud suele tener más castigo que el vicio.
Meñique, La araña, Cersey… Son todos ellos personajes que parecen preocuparse muy poco por la maldad o bondad de sus actos, sino que se fijan en otro parámetro: si sus objetivos son convenientes. Es lo que se conoce como Teleología, la doctrina filosófica que investiga las causas finales; en este caso, en la bondad o maldad de los resultados de las acciones. Si el fin que logramos con dicha acción es bueno (o lo consideramos como tal), esta está más que justificada. Matar por la espalda, asesinar a inocentes o engañar son actos necesarios, siempre y cuando alcancemos con ellos un bien mayor.

Hay personajes a los que la mayoría odia, pero que al mismo tiempo no podemos dejar de admirar por su realismo y su fría inteligencia

El fallo en este caso está en que prácticamente todo puede ser justificado si apelamos a los fines. Las mayores atrocidades en la historia se han perpetrado para lograr objetivos loables. Y si bien, en la práctica, guiarnos por este tipo de código puede beneficiarnos, es probable que tengamos problemas a la hora de definirnos como personas “morales”.

La filosofía a la hora de construir personalidades

En base a estas dos visiones del mundo es en la que se estructuran casi todas las personalidades de la saga, y es que dota a su universo del encanto que posee: entendemos perfectamente a los personajes. Están bien trabajados, son sólidos y acordes con la realidad. Encontramos en ellos desde el ideal que ansiaríamos ser o conocer hasta la maldad pura y dura tal y como la concebimos. Son, en definitiva, filosóficamente estables y eso dota a su historia de una fuerza tremenda. Y es que, para que una historia sea buena, debe conseguir, indefectiblemente, que comprendamos cómo piensan y por qué actúan sus protagonistas.

Comentario

En febrero de 2018 llegó a Chile el libro Juego de tronos y la filosofía, un texto que analiza cómo se desarrolla esta ficción creada por George R.R. Martin, desde los fundamentos básicos de los mayores pensadores de la historia.
Su mismo nombre lo dice. Llegar al trono de hierro es un juego, claro que solo en términos de la necesidad de una estrategia conjugado con la benevolencia del azar, porque no es para tomarlo a la ligera. “Cuando juegas el juego de trono, ganas o mueres”, dijo Cersei Lannister a Ned Stark. Tenía razón, aquí no hay perdedores, y desde un comienzo resulta fácil intuir que la guerra por el poder es la columna vertebral de esta ficción.

Juego de tronos y la filosofía es uno más de los textos creados por William Irwin y Henry Jacoby, quienes también son responsables de los análisis filosóficos de Star Wars, House M.D, House of Cards y Los Simpson entre otros.

La estructura se replica: la historia en cuestión es diseccionada para aplicar en ella los principales fundamentos filosóficos impartidos hace cientos de años. Desde los cimientos de esta doctrina en Grecia con Platón y Aristóteles, pasando por los pensadores de la época monárquica como Maquiavelo, la corriente ilustrada de la mano de Voltaire y Kant, hasta la filosofía más contemporánea con autores como Simone de Beauvier y Facoult.
La diferencia fundamental entre Juego de tronos y la filosofía, y las otras entregas en base a populares series o películas, es que este análisis se da de forma natural, como si el autor de la saga Canción de hielo y fuego efectivamente hubiese recurrido a la bibliografía de estos pensadores. Tal vez lo hizo inconscientemente.

Y es lo lógico considerando no solo la temática central de los libros y serie, también porque son corrientes de pensamientos que forman parte de la ciencia política universal, aún para quienes no se han dedicado a estudiar el “amor a la sabiduría”, como se traduce “filosofía” del latín.

El capítulo más destacado -y que mejor resume el libro- es el tercero de la primera parte. “Jugar al juego de tronos: algunas lecciones de Maquiavelo” fue escrito por Marcus Schulzke, y tal como su título adelanta, combina los preceptos de Nicolás Maquiavelo (1469-1527) plasmados en El Príncipe, con la guerra por heredar el trono de hierro que domina los Siete Reinos.

Maquiavelo es mucho más que la famosa frase “El fin justifica los medios”, pero esta no condensa su obra cumbre creada en principio para ayudar al monarca a preservar el poder, pero que en realidad era un suerte de guía para quienes quisieran usurparlo.

Según sus planteamientos, existen dos clases de reinos: los hereditarios y los nuevos. Aquellos que son heredados suponen una posición ‘segura’ para los gobernantes ya que solo deben seguir los lineamientos de sus antecesores que fueron capaces de mantener el poder en sus manos. Los nuevos, en tanto, son quienes tienen la tarea difícil ya que no solo ganan enemigos, además enseñan a otros a arrebatar el trono.

En Game of Thrones se ejemplifica con la guerra que comenzó todo: Aerys Targaryen gozaba de una posición firme al ser el heredero de una extensa dinastía de dragones hasta que enloqueció poniendo en peligro a sus súbditos, y su hijo Rhaegar secuestró a Lyanna Stark; acontecimientos que detonaron la rebelión liderada por Robert Baratheon.

El nuevo Rey de la casa Baratheon, junto a su esposa Cersei de la casa Lannister, tuvieron como desafío mantener la paz en Poniente. Con Ned Stark custodiando el norte, y los herederos infantes de los Targaryen en el exilio; fue una misión exitosa. Supieron anteponerse a los enemigos y conformar un círculo de aliados que los protegía. Sin embargo, con el paso de los años, el invierno llegó, los niños Targaryen eran adultos y las máscaras de quienes se creían aliados comenzaron a caer.
Leer Juego de tronos y la filosofía no solo fue un repaso de los sucesos ya acontecidos en Poniente , los cuales adquieren un matiz diferente al conjugarlo con la filosofía elemental; también funciona en el sentido inverso al explicar con hechos conocidos por los seguidores la corriente lógica que llevó a la creación de distintas teorías políticas y sociales.


Es una lectura obligatoria tanto para quienes buscan ver desde otro ángulo la serie que han seguido capítulo a capítulo, como para aquellos que pretenden sumergirse en la filosofía con ayuda de su ficción predilecta.

Juego de tronos y poltica


“El poder reside donde los hombres creen que reside. Ni más ni menos". La frase de lord Varys, consejero intrigante y araña de redes tan robustas como invisibles, es pura invitación al pensamiento filosófico.
 Los guionistas de HBO hacen muy buena pareja con George R. R. Martin, el creador de la saga literaria ‘Canción de hielo y fuego’. Ambos retratan muy bien la tramoya enorme que se esconde tras la fachada del poder, los equilibrios frágiles y escurridizos sobre los que se sustenta el entramado político de los estados. Unos poderes que golpean con toda su fuerza cuando se despliegan. ‘Juego de tronos’ es, sin duda, una gran serie de televisión. Ha sido premiada, pirateada, idolatrada, cuenta con millones de fans all over the world (frikis o no) pero hay más: ‘Juego de tronos’ es un curso acelerado de filosofía política para dummies. Veamos si hay para tanto.
Repasemos algunos personajes: Petyr Baelish, el Maquiavelo de Poniente, que aspira a todo viniendo de la nada. Es ministro de la moneda además de proxeneta, conspirador, con tics de psicópata y listo como un zorro. Tyrion Lannister, el gnomo epicúreo, es un filósofo descarado y bon vivant, que le coge gusto al poder cuando lo pilla y que frecuenta prostitutas hasta que se enamora de una de ellas en la cúspide de su gloria. Después de caer en desgracia redime toda su infancia traumática matando a su padre, el primer ministro de Poniente, en un lúgubre aseo de la torre de la Mano del Rey. Aplastante. Para terminar tenemos a Eddard Stark, un hombre con un gran sentido de la ética, moral y legalista y, por qué no decirlo, un buenazo un poco ingenuo que, como Sócrates en la Atenas clásica, muere por aferrarse a la verdad. Se acerca el invierno.

LOS ESCENARIOS DE PODER

En segundo lugar echemos una ojeada a los escenarios del poder. Tenemos un Trono de Hierro de aspecto tan imponente como feo, con un origen tan legendario como falso, una mentira que sustenta el poder, según Petyr Baelish. Un objeto fetichista con una erótica que seduce y maldice a los que se sientan en él. Que se lo digan a Jack Gleeson, el actor que encarnaba a Joffrey Baratheon (un maníaco sexual, sádico como el peor de los emperadores romanos y, con certeza, el rey más odiado del planeta). Dejó la actuación tras finalizar su paso por la serie.
‘Juego de tronos’ es un relato sobre el poder, pero también contra el poder. Un poder que fascinó a muchos filósofos como Platón o Nietzsche, pero que también otros, como Thoreau, rechazaron en nombre de la libertad humana. Recordemos el Muro de piedra y hielo de aires megalómanos donde la Guardia de la Noche parece estar a salvo de intrigas por el poder, aunque no sabemos hasta cuándo. Un muro que separa la civilización y los salvajes: el pueblo libre. Y si bien la trama se sustenta en la lucha fascinante por la corona de los Siete Reinos también encontramos un contrapeso en personajes como Ygritte, la mujer libre. "Tú no sabes nada, Jon", atiza la pelirroja salvaje al inocente y taimado Jon Nieve, destinado al poder a su pesar. Los salvajes viven al margen del reino en una sociedad que no conoce jerarquías, más allá de las que impone la naturaleza, y pretenden destruir el Muro, pues se acerca el invierno... y los otros. Así pues, donde hay poder, tarde o temprano, habrá opresión, y donde se genera la opresión aparecerá, tarde o temprano, una resistencia.

Y para terminar recordemos a las mujeres de la serie: bellas, intrigantes, a veces sometidas como esclavas y a veces dominantes, como Cersei. Aspirantes al poder como Daenerys o peones como Sansa Stark. Mujeres que desean, que se mueven entre las sombras y las alianzas de familia, matrimonios pactados y cuerpos que gozan y sufren. Hay velos rasgados, y carne, mucha carne, que trémula centellea entre dos prendas, entre dos bordes. ¿No habíamos hablado de desnudos aún?