Bibliotecas y mi colección de libros

miércoles, 24 de agosto de 2016

Consortes de los reyes de Inglaterra I


Juana de Navarra (Pamplona, 10 de julio de 1370 - Havering Bower, Essex, 9 de julio de 1437) fue Reina Consorte de Inglaterra, como esposa del rey Enrique IV.


Catalina de Valois, también conocida como Catalina de Francia (Hôtel de Saint-Pol, París 27 de octubre de 1401 - Londres 3 de enero de 1437), fue una princesa francesa, Reina consorte de Enrique V de Inglaterra.


Margarita de Anjou, (en francés: Marguerite d'Anjou), (Pont-à-Mousson, Lorena, 23 de marzo de 1429 - Castillo de Dampierre, Saumur, 25 de agosto de 1482), noble francesa que llegó a ser reina de Inglaterra (1445-1471) como esposa de Enrique VI. Es una figura relevante por ser una de las líderes del bando Lancaster en la Guerra de las Dos Rosas.




Isabel Woodville (1437 - 7/8 de junio 1492 en Grafton Regis, Northamptonshire, Inglaterra) fue la reina consorte de Eduardo IV de Inglaterra desde 1464 hasta 1483.

versión resumida
1º, (Beauchamp), 2º, (Newburgh), 3º  (Montacute), 4º (Monthermer), 5º,  (Neville), 6º  (Clare), 7º  (Despencer)

Ana Neville (n. Castillo de Warwick, 11 de junio de 1456 - f. Palacio de Greenwich, 16 de marzo de 1485), es la segunda hija de Ricardo Neville, conde de Salisbury —apodado el «Hacedor de Reyes» (The Kingmaker)— siendo uno de los más importantes personajes ingleses durante la Guerra de las Dos Rosas, y de Ana de Beauchamp, condesa de Warwick —título usado por su marido por su matrimonio y por el cual fue generalmente conocido—.



Elizabeth de York (Palacio de Westminster, 11 de febrero de 1466 - Palacio de Richmond, 11 de febrero de 1503) fue la primogénita de los 10 hijos de Eduardo IV de Inglaterra y de Isabel Woodville. Además, se tomó su retrato como base para dibujar la figura de la reina en la baraja de naipes. Se casó con el rey Enrique VII y fruto de esa unión nació el que sería Enrique VIII de Inglaterra.


Catalina de Aragón, (Alcalá de Henares, Corona de Castilla, 16 de diciembre de 14851​-castillo de Kimbolton, Inglaterra, 7 de enero de 1536) fue Reina de Inglaterra desde 1509 hasta 1533 como la primera esposa del rey Enrique VIII y madre de María I de Inglaterra; anteriormente fue princesa de Gales como esposa de Arturo, príncipe de Gales.



Ana Bolena, llamada en inglés Anne Boleyn ( Norfolk o Kent, h. 1501-07 - Londres, 19 de mayo de 1536), fue reina consorte de Inglaterra por su matrimonio con Enrique VIII y primera marqués de Pembroke.1​ Murió ejecutada tras un discutible juicio y fue madre de la reina Isabel I, una de las más importantes monarcas de la historia británica.


Jane Seymour (c. 1508 - 24 de octubre de 1537) fue reina de Inglaterra entre 1536 y 1537 como la tercera esposa del rey Enrique VIII de Inglaterra. Sucedió a Ana Bolena como consorte tras la ejecución de esta última en mayo de 1536.

Ana de Cléveris (en alemán, Anna von Jülich-Kleve-Berg; en inglés Anne of Cleves; Düsseldorf, 22 de septiembre de 1515 - Hever, 16 de julio de 1557), fue una noble alemana y cuarta esposa del rey Enrique VIII de Inglaterra y como tal fue reina de Inglaterra desde el 6 de enero de 1540 hasta el 9 de julio del mismo año. El matrimonio nunca se consumó, y no fue coronada reina consorte. Tras la anulación de su matrimonio, el rey concedió a Ana un arreglo generoso, y a partir de entonces se refirieron a ella como la amada hermana del rey. De las mujeres de Enrique VIII, es la segunda que más vivió, después de Catalina Parr.


Catalina Howard (en inglés, Catherine, Katherine o Katheryn Howard; c. 1520 – 13 de febrero de 1542), fue la quinta esposa de Enrique VIII de Inglaterra.


Catalina Parr (en inglés, Catherine Parr, Katharine Parre en la ortografía de su propio tiempo; h. 15121​ – 5 de septiembre de 1548) fue la última de las seis esposas de Enrique VIII de Inglaterra. Durante su tercer matrimonio, fue reina consorte de Inglaterra desde 1543 hasta 1547 y la primera reina consorte de Irlanda; luego la reina viuda de Inglaterra. Tiene un puesto especial en la historia ya que es la Reina de Inglaterra que más veces ha contraído matrimonio, con cuatro maridos.


Felipe II de España, llamado «el Prudente» (Valladolid, 21 de mayo de 1527-San Lorenzo de El Escorial, 13 de septiembre de 1598), fue rey de España​ desde el 15 de enero de 1556 hasta su muerte, de Nápoles y Sicilia desde 1554 y de Portugal y los Algarves —como Felipe I— desde 1580, realizando la tan ansiada unión dinástica que duró sesenta años. Fue asimismo rey de Inglaterra e Irlanda iure uxoris, por su matrimonio con María I, entre 1554 y 1558.

viernes, 12 de agosto de 2016

Umberto Eco Biografía ; Conservar la ironía, un desafío (Traducciones de sus obras)

Luis Alberto Bustamante Robin; Jose Guillermo Gonzalez Cornejo; Jennifer Angelica Ponce Ponce; Francia Carolina Vera Valdes;  Carolina Ivonne Reyes Candia; Mario Alberto  Correa Manríquez; Enrique Alejandro Valenzuela Erazo; Gardo Francisco Valencia Avaria; Alvaro Gonzalo  Andaur Medina; Carla Veronica Barrientos Melendez;  Luis Alberto Cortes Aguilera; Ricardo Adolfo  Price Toro;  Julio César  Gil Saladrina; Ivette Renee Mourguet Besoain; Marcelo Andres Oyarse Reyes; Franco Gonzalez Fortunatti; Patricio ernesto Hernández Jara;  Demetrio Protopsaltis Palma;
Umberto Eco (1932-2016)


Biografía 

El escritor, crítico literario y profesor de semiótica Umberto Eco nació el 5 de enero de 1932 en Alessandria, una localidad cercana a Turín (Italia). Era hijo de Giovanna Bisio y del contable Giulio Eco.
Tras terminar sus estudios secundarios, Eco se trasladó a la Universidad de Turín para estudiar Derecho, carrera que abandonó por la de Literatura y Filosofía Medieval, época histórica de la que se convertió en un experto y que sirvió de base temporal para varias de sus futuras novelas.
En el año 1954 se doctoró con una tesis sobre el filósofo Tomás de Aquino, sobre el que dos años después escribió “El Problema Estético En Santo Tomás” (1956), su primer libro publicado.
A partir de mediados de la década de los 50, Umberto Eco trabajó como editor cultural para la RAI, dejando su puesto en 1959.
En 1962 contrajo matrimonio con la especialista en arte y artista alemana Renate Ramge, con quien tuvo dos hijos.
Una de las principales facetas como divulgador de Eco fue su erudición en semiótica, impartiendo clases en Florencia y Milán, y desde 1971 en la Universidad de Bolonia, y publicando diversos ensayos a lo largo de su trayectoria profesional, como “Obra Abierta” (1962), “La Estructura Ausente” (1968), “Una Teoría De Semióticas” (1976), “Un Panorama Semiótico” (1979) o “En Busca Del Lenguaje Perfecto” (1995).

Al margen de sus libros, Umberto Eco ha colaborado como columnista en múltiples periódicos y revistas, entre ellos el “Corriere Della Sera”, “L’Espresso” o “La Repubblica”.
En 1978 comenzó a escribir su primera novela, “El Nombre De La Rosa” (1980), un libro aparecido en los años 80 que logró un enorme éxito crítico y popular gracias a su intriga ambientada en la época medieval. El libro sigue las pesquisas detectivescas de un monje franciscano en una abadía en la cual se ha cometido un crimen. Seis años después de su aparición, el director Jean-Jacques Annaud, con Sean Connery como protagonista, estrenó una película basada en el libro.
En el año 1988 aparecerió su segunda novela, “El Péndulo De Foucault” (1988), libro centrado en un grupo de trabajadores de una editorial de Milán que se ven inmersos, entre otras organizaciones secretas, en los enigmas de los Templarios, desarrollando el asunto con un lenguaje erudito y una intrincada trama.

“La Isla Del Día Antes” (1995) fue su tercera novela. Cuenta con el protagonismo de un noble del siglo XVII llamado Roberto de la Grive, quien tras un naufragio encuentra una misteriosa embarcación desierta en los Mares del Sur. Es una obra de tipo aventurero que no evita disposiciones de carácter filosófico ni permite su desvinculación de profesor de semiótica, lo que afecta a su densidad narrativa.
Tras el ensayo “Kant y El Ornitorrinco” (1998), Eco recibió en el año 2000 el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Un año después publicó “Baudolino” (2001), libro de mejor lectura que sus dos obras previas y que toma elementos de las novelas de aventuras y picarescas para retrotraernos de nuevo a la época medieval con las andanzas de Baudolino, un embustero y vago campesino que se convierte en hijo adoptivo de Federico Barbarroja.
umberto-eco-rosa-novelas“La Misteriosa Llama De La Reina Loana” (2005) cuenta la historia de Gianbattista Bodoni, un hombre de sesenta años que un buen día se despierta amnésico. Puede recordar momentos históricos pero no la memoria personal, ya que es incapaz de acordarse de su familia y de su profesión. Para intentar recuperarse su esposa Paolo le recomienda que pase un período de reposo en el caserón de Solara, un pueblo ubicado en las colinas del Piamonte, en donde pretende volver a reconstruir su vida.
En “Historia De La Fealdad” (2007) aborda el concepto de lo feo en diversos períodos históricos.
En “El Cementerio De Praga” (2010) narró la historia de un piamontés especializado en falsificar documentos que trabaja como espía para Garibaldi y para los franceses contra los prusianos.
Uno de sus últimos ensayos fue “Historia De Las Tierras y Los Lugares Legendarios” (2013). Su última novela fue “Número 0” (2015). Murió en Milán a los 84 años de edad el 19 de febrero del año 2016.

Traducciones de sus obras


Umberto Eco nunca salía a la calle sin su sombrero Borsalino. Con frecuencia caminaba de prisa y lo mismo se reunía con sus alumnos para comer pizza que con políticos e intelectuales en restaurantes de renombre. No se consideraba un hombre elitista. Sin embargo, uno de sus mayores placeres lo encontraba en las conversaciones brillantes que estaban condimentadas con chistes y juegos de palabras.
Otras veces optaba por el silencio de su biblioteca, ese laberinto donde también atesoraba su colección de libros antiguos, e indagaba todo lo que le causaba curiosidad. A menudo una búsqueda lo llevaba a otra y otra más, y tenía la capacidad de seguir esos hilos que alimentaban su erudición para explicar cualquier fenómeno cultural. Y cuando tenía tiempo, se escapaba a las librerías de ocasión en busca de más libros antiguos, cómics o de lo inesperado.

Así recuerda la traductora doña Helena Lozano Miralles al escritor Umberto Eco.

¿Cómo describiría su estilo de traducción?

 Como decía Italo Calvino, el traductor es el mejor lector de una obra. El problema es que cada lectura de una obra es una interpretación y una lectura diferente. Cada traductor selecciona los aspectos de la obra que le parecen más importantes, sin olvidar el respeto que se le debe al texto. En mis traducciones intento conciliar un respeto absoluto por el original, lo que significa, en el caso de las novelas, desentrañar su mecanismo, es decir, conservar el juego textual que plantea el autor.

¿Necesitaba conservar la ironía de Eco? 

La ironía y la posibilidad de mantener la ambigüedad para que pueda surgir más de una lectura. Eso siempre es un desafío. Eco siempre combinaba elementos de cultura alta y popular, y mezclaba cómics con series de televisión, poesía barroca, hermética y contemporánea y sus lecturas teóricas. Él siempre guiñaba un ojo a todas las posibilidades culturales y eso evidentemente requiere un trabajo de documentación muy serio; muchas veces tenemos que ver cómo esos materiales culturales han sido recibidos en lengua española”.

¿No exigía una traducción literal? 

Habría que discutir lo que es exactamente la literalidad… Pero más que literal, yo digo que es un respeto absoluto por el texto. Hay que intentar que nuestras elecciones al traducir sean las más respetuosas, conservando la intención del texto.

¿A menudo usted vuelve a sus traducciones?

 Para un traductor responsable, no existe una versión definitiva. Así que ya no vuelvo a leer esos libros con la intención de traducirlos, porque seguiría cambiando cosas.

¿Realizará futuras traducciones? 

Queda muy poco por traducir, pero eso depende de las casas editoriales. Lo que resta son ensayos sobre la Edad Media, pero no tengo idea si esto se hará.

Para Helena Lozano, profesora en la Universidad de Trieste, ganadora del Premio Nazionale per la Traduzione de la República Italiana y quien también ha traducido Segundo diario mínimo, La misteriosa llama de la reina Loana, Decir casi lo mismo, El cementerio de Praga y Número cero, Umberto Eco era un genio que tenía una visión peculiar sobre el mundo y sus fenómenos culturales y políticos.

“No es una casualidad que fuera un semiólogo. Era una voz intelectual importantísima en este mundo. Imagine que él al teorizar la semiótica, decía que ésta debe analizar todo aquello que sirva para mentir. Y ahora que estamos en medio de las fake news, de la falsificación de la realidad desde las noticias, nos encantaría saber su opinión.

“Fue una persona con una lucidez y una capacidad de comunicar esa lectura suya que muy pocos intelectuales han tenido, con observaciones sobre los mecanismos profundos de cualquier comunicación. Para eso tuvo un papel absolutamente fundamental en su tarea como intelectual. Además, lo recuerdo como un profesor siempre volcado en sus clases y en la enseñanza, un hombre respetuoso de las ideas y propuestas de sus alumnos. Fue un gran maestro.”

¿Es acertado imaginar al autor de El nombre de la rosa aislado en una torre, leyendo un montón de libros a gran velocidad y en varios idiomas? 

 y no. Para él la biblioteca era un laberinto del cual había que salir, porque consideraba que la biblioteca debía usarse para leer el mundo. Él tenía esa capacidad de entrar y salir de la biblioteca a través de formas comunicativas, como el ensayo creado con rigor y mediante la narrativa con sus novelas.

¿A Eco le preocupaba la estrechez del lenguaje que priva en nuestros días? 

No puedo responder eso. Lo que sí puedo decir es que él tenía una actitud totalmente abierta hacia todo fenómeno comunicativo. Para él todo fenómeno comunicativo era bueno si servía a su propósito. El problema es cuál es el propósito del fenómeno comunicativo. Eso habría opinado.

Y añade: “Por ejemplo, él tiene una serie de columnas sobre el teléfono celular. Pero no en contra del objeto, sino del uso que se le da. Para él no era un problema la simplificación del lenguaje, sino la simplificación del pensamiento tras el lenguaje, es decir, que las carencias de lenguaje impliquen falta de ideas, de visión, de aprehensión, de cómo se capta el mundo”.

Como homenaje al gran autor y humanista, hacemos un repaso de sus 10 frases más celebres. Unas palabras que, por el peso de su significado, han pasado a la posteridad.

"El mundo está lleno de libros preciosos que nadie lee".

"Hay libros que son para el público, y libros que hacen su propio público".

"Adoro a los gatos. Son de las pocas criaturas que no se dejan explotar por sus dueños".

"Nada es más nocivo para la creatividad que el furor de la inspiración".

"Los libros son esa clase de instrumentos que, una vez inventados, no pudieron ser mejorados, simplemente porque son buenos. Como el martillo, el cuchillo, la cuchara o la tijera".

"El autor debería morirse después de haber escrito su obra. Para allanarle el camino al texto".

"La televisión se nos aparece como algo semejante a la energía nuclear. Ambas sólo pueden canalizarse a base de claras decisiones culturales y morales".

"El narrador no debe facilitar interpretaciones de su obra, si no, ¿para qué habría escrito una novela, que es una máquina de generar interpretaciones?".

"Los libros se respetan usándolos, no dejándolos en paz".

"Hoy no salir en televisión es un signo de elegancia".

lunes, 1 de agosto de 2016

Historia de la belleza de Umberto Eco

Luis Alberto Bustamante Robin; Jose Guillermo Gonzalez Cornejo; Jennifer Angelica Ponce Ponce; Francia Carolina Vera Valdes;  Carolina Ivonne Reyes Candia; Mario Alberto  Correa Manríquez; Enrique Alejandro Valenzuela Erazo; Gardo Francisco Valencia Avaria; Alvaro Gonzalo  Andaur Medina; Carla Veronica Barrientos Melendez;  Luis Alberto Cortes Aguilera; Ricardo Adolfo  Price Toro;  Julio César  Gil Saladrina; Ivette Renee Mourguet Besoain; Marcelo Andres Oyarse Reyes; Franco Gonzalez Fortunatti; 

las bellezas: la hembra y el libro.


La belleza a través de los ojos de Umberto Eco Por Juan Antonio González Fuentes, domingo, 06 de febrero de 2005 Debió suceder ahora hará unos diez años. Paseaba una mañana por Santander con mi amigo Dámaso López García, estupendo traductor de autores como Lytton Strachey o Virginia Wolf y hoy vicedecano de la Facultad de Filología de la Complutense madrileña, y no recuerdo bien por qué precisa razón surgió durante la charla el tema de los “intelectuales letraheridos”, pero vinculándolo a las distintas tradiciones culturales y lingüísticas de occidente.
En opinión de Dámaso López, una opinión fundada y trabajada como pocas de las que yo he conocido hasta la fecha, los franceses seguían generando los trabajos más arriesgados, avanzados e iluminadores, situándose por delante de otras tradiciones tan sólidas como la anglosajona o la germana. Pero al cabo de un momento, fruto sin duda de una meditación poco menos que instantánea, apostilló: “claro que siempre hay que tener en cuenta a los italianos; no es que sean legión, es cierto, pero los que han sobresalido en el panorama europeo del último medio siglo siempre han hecho gala de dos características muy interesantes y definidoras: su multidisciplinareidad humanística y la asombrosa sutileza incisiva y natural de sus análisis”. E inmediatamente puso sobre la mesa algunos ejemplos de este tipo de intelectuales italianos a los que podríamos calificar como “letraheridos”, para diferenciarlos así de los intelectuales que desarrollan su labor en ámbitos relativos a las ciencias naturales y experimentales. La lista de ejemplos incluía a Mario Praz, Claudio Magris, Norberto Bobbio, Italo Calvino, Massimo Cacciari o Umberto Eco…

La verdad es que esta importante nómina de intelectuales italianos presenta contundentemente los rasgos que les adjudicaba hace diez años mi amigo Dámaso López. Todos han publicado trabajos fundamentales en sus respectivas disciplinas, todos hacen gala de una solidez argumental que se plasma en el papel con singular naturalidad, y casi todos suman a su labor de ensayistas de prestigio internacional otras condiciones en las que también han destacado al menos en su país de origen. Así algunos han ejercido como profesores universitarios, políticos, periodistas, novelistas…, e incluso alguno ha desempañado más de dos de estos oficios a la vez. El intelectual italiano de esta altura parece disfrazarse con los ropajes del diletante como si considerase de pésimo gusto hacer académicos alardes de conocimiento. El intelectual italiano cuando reflexiona parece hacerlo no desde la cátedra ampulosa o el púlpito consagrado, sino con la voz distendida y mesurada de quien pela una naranja, se toma un café, juega una partida de cartas o contempla con la mirada acostumbrada los deslumbrantes frescos de un maestro del Renacimiento. 


El concepto “belleza” que se maneja en esta obra está aplicado en un amplio recorrido histórico casi exclusivamente en dos grandes direcciones: su plasmación plástica a través de pinturas, construcciones y objetos, y finalmente su proyección en la figura humana y su representación artística

Perteneciente a esta clase italiana de finos intelectuales es el autor del libro que aquí comentamos, Umberto Eco. Nacido en el Piamonte hace 72 años, en la actualidad es profesor de semiótica y presidente de la Escuela Superior de Estudios Humanísticos en la prestigiosa Universidad de Bolonia. Entre sus ensayos pueden destacarse los libros Obra abierta, Tratado de semiótica general, La búsqueda de la lengua perfecta, Kant y el ornitorrinco, Sobre literatura…, y las novelas El nombre de la rosa (un bestseller a escala planetaria que fue incluso llevada al cine con enorme éxito por el director francés Jean Jacques Annaud), El péndulo de Foucault, La isla del día antes, Baudolino y en breve aparecerá en las librerías españolas su última obra de ficción, La misteriosa llama de la reina Loana. 

El último libro del profesor Eco publicado en España lleva por título Historia de la belleza. Y quizá lo primero que haya que decir del tomo es que en sí mismo es una belleza. Desconozco si el escritor italiano ha pedido a las editoriales que, dada la naturaleza del trabajo, cuiden con especial ahínco su edición. En todo caso a la publicación española sólo cabe adjuntarle el calificativo de espléndida, tanto por la calidad de las reproducciones y el muy cuidado diseño de la páginas, como por el tamaño y manejabilidad de la obra. En suma, nos encontramos con una maravillosa y no muy costosa edición realizada por Lumen que se encuentra en las antípodas de las por general no muy afortunadas ediciones con las que en España suelen lanzarse al mercado los ensayos. 

Pero una vez que hemos hablado del continente, y la ocasión desde luego lo requiere, pasemos al contenido. El mayor y quizá único gran pero que tiene este esfuerzo de Umberto Eco nace precisamente del título (Storia della belleza dice el original italiano), un título que conduce a la confusión y que a fin de cuentas no ofrece lo que su ambiciosa construcción promete.

Hay que comenzar señalando que en modo alguno estamos de verdad ante una historia de la belleza, propósito que de llevarse rigurosamente a cabo sería imposible no realizarlo mediante un amplísimo equipo de colaboradores y cuya realización implicaría decenas y decenas de volúmenes. Otras dos precisiones necesarias acotan sobremanera las expectativas que podría despertar el título de la obra: por un lado el trabajo de Eco sólo trata la “belleza” desde un punto de vista o concepción occidental, y por otro, el concepto “belleza” que se maneja en esta obra está aplicado en un amplio recorrido histórico casi exclusivamente en dos grandes direcciones: su plasmación plástica a través de pinturas, construcciones y objetos, y finalmente su proyección en la figura humana y su representación artística. Este planteamiento deja además de soslayo la aplicación del término “belleza” a otras manifestaciones tanto del mundo físico o natural como del creado por la mano del hombre, y me refiero en este punto a la música, la literatura, etc…


Umberto Eco repasa con singular concisión y claridad asuntos tales como la belleza de los monstruos, la luz y el color en la Edad Media, la razón y la belleza, la religión de la belleza, lo sublime, la belleza romántica...

Quizá quien haya llegado hasta aquí en este juicio crítico tenga ahora mismo la impresión de que la historia de la belleza de Umberto Eco no tiene mayor interés, y si pensara tal cosa se estaría equivocando de medio a medio y yo habría hecho muy mal mi trabajo. No, el libro de Eco es muy valioso en lo que sí ofrece, lo criticable es que, y espero no estar siendo en exceso reiterativo, no ofrece lo que anuncia. Pero el logro principal de Umberto Eco es haber conseguido escribir una pequeña y utilísima enciclopedia de urgencia sobre muchos de los asuntos clave que desde los griegos hasta nuestros días han girado en occidente en torno a la idea de belleza.

Eco estructura el libro atendiendo a dos cauces paralelos: la cronología y los asuntos clave de cada momento histórico relacionados con la plasmación, fijación, representación, difusión y evolución del concepto belleza. Así, viajando en el tiempo desde el ideal estético en la antigua Grecia hasta las formas abstractas de la belleza o la belleza en los mass media en nuestros días, Umberto Eco repasa con singular concisión y claridad asuntos tales como la belleza de los monstruos, la luz y el color en la Edad Media, la razón y la belleza, la religión de la belleza, lo sublime, la belleza romántica, la belleza de las máquinas, damas y héroes..., ayudándose para hacer comprender mejor su exposición o discurso de decenas de ilustraciones y de textos alusivos firmados por “colaboradores” como Platón, Petrarca, Boccaccio, Dante, Heine, Cervantes, Hume, Kant, Goethe, Hegel, Delacroix, Gautier, Oscar Wilde, Baudelaire, Kafka, Marinetti, Barthes, y un largo, largo, etcétera.

En este sentido, puedo abrir el libro dejándome guiar por el azar y tropezar, por ejemplo, con una concisa definición en apenas dos páginas de “la dialéctica de la belleza en el siglo XVIII”, mientras a la vez contemplo una magnífica reproducción de una pintura de 1770 de Fragonard y leo unas líneas de Rousseau. Y si vuelvo a recurrir al azar me topo con unos párrafos sobre el Art Nouveau y el Art Déco ilustrados por un dibujo de Philippe Wolfers y un texto de Dolf Sternberger acerca del Jugendstil.


Vuelvo a insistir para terminar. En modo alguno nos ha dejado Umberto Eco una historia de la belleza en el sentido ajustado de la frase. Pero sí ha creado una herramienta hermosa y eficaz para acercarnos con sentido y oportunidad a un conjunto de variados aspectos relacionados con la idea occidental de belleza a través de los siglos. Si este logro es valioso o no dependerá del juicio personal de cada cual, a mi me parece un acierto al alcance sólo de uno de los grandes.