Bibliotecas y mi colección de libros

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Mi manifiesto: Cristian Warnken

Crecí en la calle Pedro de Villagra, en Vitacura, cuando la comuna era un barrio pequeño. Había mucha pichanga. Mi infancia fue la de un niño chileno de clase media, muy parecida a la del personaje Mampato, la historieta que me llegaba los jueves.
Me gustaba cantar, siempre fui muy cantor. Soy entonado y tengo buen oído. De chico me colocaba en la reja de mi casa a cantar.
Mi abuela materna fue muy importante para mí. Se llamaba Marta Herrera, era poetisa, amiga de Gabriela Mistral. Su seudónimo poético era Patricia Morgan. Tenía un departamento en la calle Mac-Iver, donde yo iba los fines de semana. Allí llegaban poetas, escritores, dramaturgos. Mi abuela fue mi puerta de acceso al centro de Santiago, que siempre ha sido para mí un espacio mítico.
Me acuerdo del primer libro que me regalaron, yo tenía 8 años. Fue un amigo de mi abuela. Era El libro de la selva, de Rudyard Kipling. “Para el niño Cristián Warnken, gran lector. Isauro Santelices, firmaba. Debe haber sido uno de estos personajes del mundo cultural de mi abuela. Actualmente, tengo más de 6 mil libros.


Hago la distinción entre la experiencia espiritual y la religión. En Chile está fundido completamente, porque la religión ha monopolizado la experiencia espiritual. Vivir en Chile es como vivir en Irán, una república en la que prácticamente estamos dentro de un convento. Yo creo que la experiencia espiritual no tiene nada que ver con el poder, con la evangelización.
El Papa Francisco me ha sorprendido y me está gustando mucho. Me gustó que fuera latinoamericano, pues la Iglesia Católica en Europa está en decadencia, entonces que sea latinoamericano provoca un quiebre total. Además, los gestos que tuvo al asumir fueron más radicales de lo que uno piensa.
Mi madre tiene 83 años y un mundo interior muy rico. Es una mujer insomne, como todos los Lihn. Enrique Lihn también lo era.
Cuando fue el golpe militar yo estaba en séptimo básico. Vivía en Vitacura y mientras pasaban los aviones, la gente sacaba botellas de champaña. En mi casa estábamos divididos, porque mi mamá era de izquierda y mi papá apolítico, que en ese momento era casi como ser de derecha.


Entré a la Universidad Católica a estudiar Literatura en el 79 y sentí que seguía en el colegio. Todo súper escolar. Lo interesante ocurrió durante los 80, en el Campus Oriente. Hubo talleres, movimientos, actividad cultural a pesar del apagón del país. Allí conocí en persona a Jorge Teillier, a Enrique Lihn, que era tío mío, a Nicanor Parra.
Viví en Roma un año, el 82. Recorrí Europa casi a dedo. Me interesé por el movimiento punk. Me corté el pelo, me hice un mohicano y me lo teñí. Volví a Chile el 83, en plenas protestas. Volví a la Católica a terminar y titularme de profesor.
A Danitza (Pavlovic, su mujer) la conocí cuando yo era productor del programa cultural de la Feria del Libro. Un amigo me dijo que quería presentarme a alguien. Yo no quería, me había separado hace poco, tenía un hijo. Y bueno, nos conocimos en una mesa redonda que yo moderaba en la feria. Aparece esta mujer alta, estupenda y me dice: “Oye, qué mal que hiciste la moderación del debate”. Me descolocó.


Mi casa, en Vitacura, es un mundo domado por los niños. Hay miles de juguetes, títeres y máscaras. Es un teatro infantil permanente. Nos disfrazamos. Vemos poca televisión, mis hijos casi no la pescan. Con los más chicos leemos cuentos; los que más me piden son los que les invento. Hemos elaborado personajes. El otro día hicimos un catastro y llevamos veintitantos. Están Juan el Valiente, El trencito rojo, El caminante y su sombra, Dragoncín y Dragoncel…
Está entre mis sueños irme a vivir a Valparaíso. Cuando salió el proyecto de la editorial de la Universidad de Valparaíso, que hoy dirijo, empezamos a barajar con mi señora la posibilidad de irnos de Santiago… Por ahora me divido entre ambos lugares.
A Yerko Puchento lo considero muy bueno. Todos se escandalizaron con su rutina y lo que dijo, y finalmente lo que él hace es radicalizar lo que es hoy la televisión chilena: agresiva y denigrante.
El 2011 me tomé un año sabático. Era decano de la Facultad de Educación y Humanidades de la Universidad del Desarrollo. Un día presenté mi renuncia. Me lancé al vacío como un trabajador libre e independiente. Redujimos gastos con mi señora y nos dimos cuenta de que podíamos vivir con menos.


Me gusta caminar. Me voy desde Vitacura hasta el centro. También tomo harto taxi, me declaro un taxicómano. Camino harto solo, me ayuda a pensar, a entrar en mi propio mundo. No tengo auto, ni siquiera manejo.
Los primeros días después de la muerte de mi hijo Clemente, en 2007, estaba en shock. Fue tan brutal la experiencia, tan traumática, que todo lo que hice fue en un trance. Si hubiera tenido que hacerlo después de pasar ese estado, no hubiera enviado la columna que publiqué a los tres días. Cuando la mandé dije “¿qué hice?”, porque lo que más quería era proteger mi privacidad, desaparecer del mundo. Pero como dice un pasaje de El Principito, “es tan misterioso el país de las lágrimas”.
En la última elección presidencial me abstuve y en la anterior también. Siempre voté por la Concertación, pero hoy me siento un concertacionista huérfano, decepcionado, defraudado, como muchos otros. Un desconcertado, tal cual.
Mi miedo más grande es al desamor. El desamor es el defecto más devastador de la vida humana. Es un cliché, pero avalado por grandes como Dante, Dostoyevski, Whitman. Este último dijo: “El que camina una legua sin amor, camina amortajado hacia su propio funeral.

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