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jueves, 6 de agosto de 2015

Umberto Eco, periodismo y Internet

Luis Alberto Bustamante Robin; Jose Guillermo Gonzalez Cornejo; Jennifer Angelica Ponce Ponce; Francia Carolina Vera Valdes;  Carolina Ivonne Reyes Candia; Mario Alberto  Correa Manríquez; Enrique Alejandro Valenzuela Erazo; Gardo Francisco Valencia Avaria; Alvaro Gonzalo  Andaur Medina; Carla Veronica Barrientos Melendez;  Luis Alberto Cortes Aguilera; Ricardo Adolfo  Price Toro;  Julio César  Gil Saladrina; Ivette Renee Mourguet Besoain; Marcelo Andres Oyarse Reyes; Franco Gonzalez Fortunatti; 

Introducción

Las polémicas declaraciones de Umberto Eco, reavivadas por el reciente cuestionamiento de Carlos Raúl Hernández, volvieron para hurgar en vieja, mal curada herida. Contrario a la visión benévola del papa Francisco para quien Internet es "regalo de Dios"; y tras haber admitido que "no se puede frenar el avance de Internet", el gran comunicólogo, semiólogo y filósofo italiano arrancó la sensible piel de muchos cibernautas con el rudo desahogo que desde Turín recogió el diario La Stampa: "Las redes sociales dan derecho de hablar a legiones de idiotas que hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. (...) Ahora tienen el mismo derecho a hablar que un Premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles". Y como si el ardor fuese poco, el autor de "Apocalípticos e integrados" (obra donde precisamente diserta sobre las dos polémicas posturas frente al alcance de los medios de comunicación y la cultura de masas) aliña con tono de curtido apocalíptico: "El drama de Internet es que ha promovido al tonto del pueblo como el portador de la verdad".

Los ásperos títulos de "idiota" o "imbécil", en su moderna acepción (en especial para quienes nos negamos a usarlos, y menos con tal apretujamiento) lucen perturbadores. En este sentido, ora por curiosidad (después de todo, nos habla un lingüista), ora por ampliar la comunicación, resulta propicio bucear en sus orígenes: "Idiota", del griego Idios (que aludía a "uno mismo") identificaba en Grecia al ciudadano egoísta que no concedía atención a los asuntos públicos. Por desplazamiento, derivó luego en "persona sin educación" o "ignorante", su significación en latín tardío, del cual abreva el francés "idiote". La palabra "Imbécil" nos remite a un umbral algo menos claro, pero muchos coinciden en apuntar que proviene del latín "Imbecillis" (sin-bastón) aplicado a aquellos que por su juventud no les urgía tal apoyo: quienes a pesar de su fuerza física carecían aún de sabiduría suficiente, Auctoritas o fortaleza mental.

Más allá de las discutibles formas y sin ánimos de exculpar a Eco -a quien, por cierto, su ocasional exceso o su inusitada postura "arbórea" no restan importancia como referente de la cultura y la comunicación contemporáneas- no está demás revisar su advertencia. No es útil ofuscarse sin detenerse un instante en la íntima mea culpa, o darle razón porque asumimos que tacha de imbéciles (en tanto carentes de sabiduría) o idiotas (ignorantes) a  "otros" usuarios de redes sociales; se trata más bien de acusar el golpe de auto-revisión y preguntarnos: ¿habré pecado yo en algún momento de ignorante, egoísta o irres ponsable, habré dañado a otros con mi propia intolerancia, mi arrogancia o mi desdén por la sabiduría que me podían aportar? Y es que a merced de la guerra simbólica que vivimos los venezolanos, incluso el más templado puede resbalar ante el juego de provocaciones que florece arbitrariamente en las redes; ese que acecha con dientes afilados y precisos para dejar expuesta ante la aldea global cada exasperación, cada una de nuestras miserias.

Aunque innegables las virtudes de la red como avío de mejora cualitativa de la democracia, en tanto habilita la participación amplia en ese -según describe Sartori- "gobierno de opinión" (más en casos como el nuestro, donde alivia en gran medida el vacío informativo al que nos somete la hegemonía comunicacional), también es obvio que la misantropía política encuentra allí robusto caldo de cultivo. "El problema no es sólo reconocer riesgos evidentes, sino también decidir cómo acostumbrar y educar a los jóvenes a usarla de manera crítica", dice también Eco. En ese punto hay poco que discutir (excepto que esa inducción no debería limitarse a los jóvenes usuarios, a los carentes del báculo de la experiencia o los de la "imbecilla aetas" como diría Horacio). En Venezuela las barreras del gueto virtual han sido rebasadas por la necesidad de abrir espacios alternativos de intercambio de ideas, de modo que allí nos enfrentamos nada más y nada menos que a una suerte de Asamblea sin rigores, de gran ágora electrónica a la que concurren todas las edades y visiones, y que a su vez debe convivir con la frivolidad de la farándula, la moda o el deporte. En tanto ese acceso caótico sea asumido individualmente con responsabilidad, criterio y sabiduría, el efecto será más positivo, menos proclive, por cierto, al penoso Narcisismo de la opinión.


Pero quienes a contrapelo de ese paisaje insisten en hacer de su espacio personal una trinchera desde la cual acribillar con su "verdad" a cualquier idea-persona incómoda, quizás olvidan que "la Red crea la ilusión de estar en contacto con todo el mundo, pero lo cierto es que puede condenar al hombre a la soledad". El empeño en esgrimir el insulto, en salvar el argumento a la hora de abordar la comunicación, más que procurarla, la condena a muerte antes de nacer. Que el arranque de Eco (quien por cierto, ya no usa twitter) sirva para prever los alcances de esa fatigosa realidad.


Análisis del  libro :  Número cero


Cierta vez, una niña argentina proclamó que aborrecía los chismes y que prefería el estudio de Marcel Proust; alguien le hizo notar que las novelas de Marcel Proust eran chismes, o sea (aclaro yo, tardíamente) noticias particulares humanas”. El comentario de Borges que usa Edgardo Cozarinsky como epígrafe de su malicioso y recomendable Museo del chisme, sirve de guía de lectura para Número cero (Lumen), el nuevo trabajo de Umberto Eco.

Séptima novela en un corpus de más de 35 libros, entre los que sobresalen ensayos y el bestseller El nombre de la rosa –llevado al cine en 1986 con Sean Connery como el franciscano Guillermo de Baskerville– el escritor italiano enclava la historia en Milán durante tres meses de 1992, cuando el empresario Simei, que tiene muchos rasgos en común con Silvio Berlusconi, decide crear un nuevo periódico de nombre Domani. Para el cargo de redactor en jefe del número cero –así se lo llama en el periodismo al ejemplar de prueba de un medio– se lo convoca a Colonna, un hombre de cincuenta años, cansado de muchas cosas pero sobre todo de sí mismo.

"Los perdedores y los autodidactas siempre saben mucho más que los ganadores”, dice Colonna. “Si quieres ganar, tienes que concentrarte en un solo objetivo, y más te vale no perder el tiempo en saber más: el placer de la erudición está reservado a los perdedores".

En verdad, este periódico se crea con una sola intención: generar rumores, chismes oscuros que quedarán picando en la memoria del lector, en el inconsciente colectivo de la tribu, como herramienta insidiosa para extorsionar a los políticos. El autor italiano desnuda la operación que ejercen las empresas de comunicación –en ocasiones funcionales al poder de turno– y la manipulación informativa.
Para Eco el mundo es un rompecabezas al que siempre le faltan piezas. Allí irrumpen las teorías, que es lo mismo que decir mentiras que para silenciarlas, habrá que negociar. Y todo pacto tiene un precio. No es casual que el autor coloque la escena de la trama en 1992: año que se descubre Tangentopoli (una cadena de coimas) y se da el proceso judicial contra la corrupción política en Italia denominado el Mani Pulite (manos limpias).

En el transcurso de Número cero –de lectura rápida con sus 224 páginas– habrá previsiblemente casos de corrupción, secretos de la CIA y del Vaticano, como una curiosa investigación de que Mussolini no fue fusilado en Giulino di Mezzegra en abril de 1945 sino que logró fugarse a la Argentina, lugar preferido de nazis como Adolf Eichmann y Joseph Mengele para ocultarse de la justicia, desde donde siguió organizando complots para un futuro regreso a Italia.
Umberto Eco en su adolescencia quería estudiar periodismo. No lo hizo –sus padres lo veían como un oficio de bohemios– En cambio, se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de Turín en 1954, con un trabajo que publicó dos años más tarde con el título de El problema estético en Santo Tomás de Aquino. Con Número cero, la deuda del pasado, queda saldada.
Aldo Ahumada Chu Han

Redes sociales


El escritor y filósofo italiano, Umberto Eco, se refirió a las redes sociales, asegurando que su el "drama" de internet es que "ha promovido al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad".
Durante una conferencia de prensa en el el Gran Palacio de la Real Escuela de Equitación en Turín, el semiólogo sostuvo que "las redes sociales le dan derecho de palabra a legiones de imbéciles que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la colectividad".
"Enseguida (a éstos) los callaban, mientras que ahora tienen el mismo derecho de palabra de un premio Nobel. Es una invasión de imbéciles", acotó el ensayista.
"Si la televisión había aprobado al tonto del pueblo, ante el cual el espectador se sentía superior, el drama de Internet es que ha aprobado al tonto del pueblo como el portador de la verdad", insistió Eco.
De igual modo, apuntó a que "hoy está capacitado para entender si un sitio es confiable o no".

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