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Libro de Proverbios, 8 20, de la Biblia. "Yo camino por la senda de la justicia, por los senderos de la equidad."

jueves, 5 de abril de 2012

76.-Discursos: Iseo; España en tiempos del Quijote.-a


Luis Alberto Bustamante Robin; Jose Guillermo Gonzalez Cornejo; Jennifer Angelica Ponce Ponce; Francia Carolina Vera Valdes;  Carolina Ivonne Reyes Candia; Mario Alberto  Correa Manríquez; Enrique Alejandro Valenzuela Erazo; Gardo Francisco Valencia Avaria; Alvaro Gonzalo  Andaur Medina; Carla Veronica Barrientos Melendez;  Luis Alberto Cortes Aguilera; Ricardo Adolfo  Price Toro;  Julio César  Gil Saladrina; Ivette Renee Mourguet Besoain; Marcelo Andres Oyarse Reyes; Patricio Ernesto Hernández Jara;  Demetrio Protopsaltis Palma;  Katherine Alejandra Del Carmen  Lafoy Guzmán

Iseo de Atenas.

  

DISCURSOS de Iseo de Atenas.
Referencia Librería: 48648
Editorial: Gredos, S.A.
ISBN: 8424925904
 Pasta editorial estampada, dorados en planos y lomera, falsos nervios, papel ahuesado, cinta punto de lectura. Biblioteca Básica Gredos, 112. Muy buen ejemplar. Apostillas a pie, amplias y profusas. Lisias, Iseo de Atenas, ca. 420-340 aC. Uno de los diez oradores áticos.


(en griego antiguo Ἰσαῖος, Isaĩos, ca. 420 a. C. - 340 a. C.), fue un orador ático. Se especializó en escribir discursos para ser leídos frente a los tribunales.
 Unos pocos de estos se han conservado hasta nuestros días. Usaba el estilo simple de Lisias de Atenas, utilizándolo como medio de argumentación en complejas cuestiones de orden jurídico.
En tiempo de Dionisio de Halicarnaso ya no se conocía ningún detalle de la vida de Lisias, dado que Hermipo, que había escrito un listado de los discípulos de Isócrates, no lo menciona.

Iseo  es uno de los diez oradores áticos incluidos en el «Canon de los Diez o Alejandrino» (junto con Antifonte, Andócides, Lisias, Isócrates, Esquines, Licurgo, Demóstenes, Hipérides y Dinarco). Como logógrafo se encargaba de escribir discursos para que las partes de litigios los pronunciaran frente a tribunales (en Grecia, a diferencia de la práctica romana, eran las partes quienes hablaban frente a los jueces, no un representante legal).
 En la Antigüedad se le consideró discípulo de Isócrates y maestro de Demóstenes. De la sesentena de discursos que se le atribuyeron, y de los cincuenta que se consideran auténticos, nos han llegado once y algunos fragmentos. Iseo se limitó a los parlamentos judiciales: los que conservamos corresponden a causas de herencia, y uno a un litigio por pérdida de ciudadanía. 


Los logógrafos.

Los logógrafos eran escritores que cobraban por componer discursos para que otros oradores los pronunciaran. Debieron existir ya desde muy antiguo, desde el momento en que Solón (siglos VII‑VI a. C.) estableció la obligación de que todos los acusados se defendieran personalmente ante los jueces. Entre los más importantes debemos destacar a Antifonte (480‑411 a. C.), a Lisias (459‑380 a. C.), y a Iseo de Cálcide (ca. 420‑350 a. C.). 
Los logógrafos, además de buscar la eficacia de la argumentación, se preocupaban por la adecuación estilística: procuraban componer discursos cuyo estilo respondiera a la constitución psicológica y a la situación social del cliente. Cuidaron, especialmente, la «naturalidad» de las expresiones y su conformidad con el carácter del orador que iba a pronunciar el discurso.

Oradores áticos.

 

Atenas


El estilo de Iseo es muy próximo al de Lisias, al que se asemeja en rasgos como la pureza, la precisión, la claridad, la propiedad y la concisión, un estilo ajeno a la elocuencia pomposa y de aparato, si bien se aparta de la naturalidad y el encanto de Lisias y adopta un tono más técnico y elaborado. En cuanto al contenido, siempre se ha destacado su ordenación y ejecución de las ideas, las exposiciones preliminares y el uso de figuras dramáticas. Gran conocedor de los recursos de la oratoria judicial, Iseo es un innovador y aporta a los discursos forenses algunas características que su discípulo Demóstenes llevará a la perfección, sobre todo la consideración de la efectividad como fin y criterio supremos, a la que todo se subordina: la consistencia de las demostraciones, la sutileza de la dialéctica, la habilidad en el tratamiento de las cuestiones legales, la exposición vehemente (usando incluso la invectiva) y detallada de hechos y pruebas. Iseo pone todo el énfasis en las demostraciones para convencer a unos miembros del jurado que a menudo no son versados en leyes. 
A diferencia de Lisias, no presta gran atención a la etopeya o presentación de carácter, e incurre a menudo en maniqueísmos entre buenos y malos. Sus contemporáneos le reprocharon que pusiera su arte e ingenio al servicio de algunas de las peores causas.

1.-Comentario

 Los antiguos eran muy aficionados a establecer listas canónicas, así la de poetas líricos, trágicos, cómicos, etc., y por supuesto no había de faltar la de los oradores (que eran diez), entre los que se contaba Iseo.

 En realidad es muy poco lo que se sabe con certeza de este orador, ni siquiera si era ateniense o de Calcis en la isla de Eubea (lo que explicaría que, como extranjero en Atenas, no se dedicara a la oratoria política y se concentrara en la judicial, haciendo discursos de encargo que leía el interesado). 
Debió de nacer en torno al 415 a. C. y su actividad como orador y profesor de retórica hay que situarla aproximadamente entre los años 90 y 40 del siglo IV, que fue el siglo dorado de la oratoria ateniense. Es posible que Iseo fuera discípulo de Isócrates (de lo que darían fe ciertos rasgos estilísticos), y en todo caso fue maestro del orador por antonomasia, Demóstenes, sobre el que ejerció una profunda influencia. De los más de cincuenta discursos de Iseo que conocían los alejandrinos, los azares de la transmisión manuscrita sólo nos permiten leer hoy once, un largo fragmento de otro (En defensa de Eufileto) y algunos breves fragmentos más.

 Como la edición alejandrina estaba organizada temáticamente, resulta que los once discursos conservados (los que la encabezaban) tratan el mismo tipo de problema judicial, los pleitos por herencias. No hace falta decir que, desde un punto de vista puramente histórico, se trata de documentos de gran valor para conocer el derecho privado ateniense y, en general, la vida social de esa época.

 En cuanto al arte de Iseo, siempre se lo ha comparado con el de su contemporáneo Lisias (cf. B. C. G. 122 y 209), destacando el carácter más práctico de aquél, que busca en sus discursos la máxima efectividad, sin rehuir los tecnicismos jurídicos, y que organiza sus piezas con una sólida estructura argumentativa, aunque desde luego no exenta de sofismas si la situación lo exige (ya en la Antigüedad Iseo tenía cierta fama de embaucador). 

La posteridad no fue demasiado justa con Iseo, siempre a la sombra de las grandes figuras del siglo iv: Isócrates, Lisias, Demóstenes, etc. Los propios romanos lo ignoraron casi por completo, y el resultado de ello han sido los pocos estudios y traducciones que se le han dedicado. De ahí el interés de este volumen, que ofrece la primera traducción española de toda la obra conservada de Iseo, a cargo de María Dolores Jiménez López.

2.-Discursos.

Con el nombre de Iseo, orador recordado, aunque en segundo plano, en el famoso canon alejandrino, y en general poco conocido en la antigüedad, nos han llegado once discursos, todos rela­tivos a procesos de herencias; es decir, constituyen, evidentemente, una de las sec­ciones en que los eruditos alejandrinos ha­bían dividido la obra de este orador. Los antiguos no conocían con seguridad ni la patria de Iseo, que fue Calcida o Atenas, ni los exactos límites de su vida; por alu­siones contenidas en sus discursos, se con­jetura que Iseo floreció después de la gue­rra del Peloponeso, y hasta la época del reinado de Filipo de Macedonia (principios del siglo IV a. de C.) como lo confirma la tradición que lo hace discípulo de Isócrates y veneradísimo maestro de Demóstenes.
 
Con su nombre se leían de él en la antigüedad, en conjunto 64 discursos — de los cuales 14 se tenían por espurios — todos pertenecien­tes, según atestigua Dionisio de Halicarnaso, al género jurídico. El juicio de los an­tiguos y particularmente de Dionisio de Halicarnaso acerca de los Discursos de Iseo, corresponde, sin embargo, exactamen­te al que podemos formar por la lectura de los once discursos que han llegado hasta nosotros. Más que con Isócrates, de quien parece haber sido discípulo, pero del cual deriva tan sólo la mayor pulcritud formal que se muestra en los particulares de algu­nos discursos, por ejemplo en el cuidado con que se ha evitado el hiato en el décimo y en el séptimo, Iseo emparenta con Lisias y señala el tránsito de éste a Demóstenes; sus características revelan además la influencia de su época, en la cual a la sencillez y limpidez de pensamiento y de forma pro­pias, por ejemplo, de Lisias, había substi­tuido el arte más elaborado y complejo, madurado, entre otras circunstancias, en las escuelas de retórica.

De manera que la sen­cillez de la narración, iniciada tal vez, con­tra toda tradición, sin ningún proemio (dis­cursos VI y X) o con formas expresamente descuidadas (VII), la habilidad de la argu­mentación, en la cual se aplican por lo ge­neral lugares comunes de la casuística ju­rídica, pero desarrollados con lógica siem­pre hábil, con particular fuerza de senti­miento y a menudo con una ironía bastante áspera, la disposición compleja y a menudo voluntariamente insólita de sus partes (en el discurso VIII, sobre la herencia de Quirón, después de la conclusión, se reanuda y expone una última prueba), demuestran notable estudio y cierta habilidad de abo­gado. 
En cuanto a la forma, los discursos de Iseo están escritos en un estilo llano, límpido, preciso, casi siempre puro, que los aproxima mucho a los de Lisias, aun­que también en este campo se muestran más trabajados y algo inferiores en cuanto a naturalidad y sencillez; para los modernos son importantes sobre todo como fuente para el conocimiento de la legislación ci­vil en su rama del Derecho hereditario, y en general de la sociedad ática de aquel tiempo. 
C. Schick


  

Región de Ática.


Localización de la prefectura


El Ática es una península de forma triangular y de suelo pedregoso. Larga, de alrededor de 50 km en su lado noroeste que forma su base terrestre en las prolongaciones de la Grecia Central, avanza en el mar Egeo hasta el cabo Sunión a una profundidad de 60 km. En su lado oriental está bordeada por la larga isla de Eubea, muy próxima, cuya extremidad septentrional está enfrente, más allá de Beocia, de la Lócrida y de la Malide. Al oeste, al otro lado del golfo Sarónico, que baña Salamina, situada a media distancia de las costas del Ática y de la Megárida, y de Egina, situada en plena mitad del golfo, se alarga la costa de la Argólida, cuarto «dedo» del Peloponeso, la gran península del sur de Grecia, unida por el istmo de Corinto a la Grecia central, al norte, y al Ática, al sur.

La geografía del Ática, con sus principales accidentes: una región montañosa con algunas reducidas llanuras.

La superficie del territorio, unificado políticamente, se extiende alrededor de 2650 km², y, durante la Antigüedad clásica, situaba a Atenas a la cabeza de las ciudades-Estado de la Antigua Grecia, no obstante, detrás de Esparta.
El Ática, por su situación, se halla en el corazón del mundo griego egeo. Unida al norte de la Grecia continental, de la cual es el desarrollo natural, la península, cuyo litoral se extiende cerca de 170 km de largo, está vuelto hacia el mar. Se enfrenta al oeste al Peloponeso, avanza al sur hacia el mundo insular, Cícladas y Creta, y mira al este, más allá de las Cícladas más cercanas, hacia las grandes islas de Asia Menor.
El relieve es montañoso sobre todo al norte, donde el Parnés, y aún más allá, en la frontera con Beocia, el Citerón culmina a más de 1400 m. El centro de la península está atravesado por cadenas montañosas elevadas, al noreste, el Pentélico, célebre por su mármol, que sobrepasa apenas los 1100 m, y encuadrando por el lado sur la llanura de Atenas, el Himeto, que se eleva un poco por encima de los 1000 m. La separación debida al relieve hace las comunicaciones difíciles. Pero los pasos de montaña, a veces incluso bastante anchos, permiten el paso a través de las alturas, impidiendo el aislamiento y facilitando las relaciones.
Encajadas entre las montañas, tres llanuras eran cultivadas por las gentes del Ática: la llanura de Eleusis al noroeste, cerca del territorio de Megara y enfrente de Salamina; la llanura de Atenas, que da sobre el Golfo Sarónico, y que ocupa la extremidad meridional de la península; la Mesogea, cuya continuidad es rota por la sierra del Laurión, rica en plomo argentífero.
El clima es mediterráneo, más rudo al norte, donde una barrera de montañas elevadas separa el Ática de Beocia. Las comunicaciones con el exterior, en razón de la situación geográfica y del relieve, se hacían naturalmente por vía marítima; pero no fue hasta el principio del siglo v a. C. cuando los atenienses se orientaron deliberadamente hacia el mar.

Griego ático.

La lengua griega de la antigüedad se hablaba no sólo en la antigua Grecia peninsular, sino también en las colonias, dando lugar a los distintos dialectos que conocemos de la misma.

El griego que a menudo se estudia como modelo de lengua de la antigüedad es el que corresponde al dialecto del Ática, ya que literariamente llegó a superar a todos los demás dialectos, principalmente en los siglos V a d. C., también conocido como el Siglo de Pericles. 
En este dialecto escribieron los grandes autores de la literatura griega: los poetas trágicos Esquilo, Sófocles y Eurípides, el poeta cómico Aristófanes, los historiadores Tucídides y Jenofonte, el filósofo Platón y los oradores Lisias, Demóstenes y Esquines. 
Con las conquistas de Alejandro Magno fue sustituido por la koiné (de la que constituye el elemento base), aunque filósofos y literatos como Luciano, ya en el siglo II de nuestra era, también escribieron en dialecto ático.
Relacionado con el jónico, parece proceder del micénico.

  

Los diez oradores áticos.


Oradores

Los diez oradores áticos fueron considerados los mayores oradores y logógrafos de la antigüedad clásica (siglos V y IV a. C.). Fueron incluidos en el Canon alejandrino, a veces llamado "Canon de los Diez", compilado por Aristófanes de Bizancio y Aristarco de Samotracia.

El Canon alejandrino o de los Diez:

Antifonte
Andócides
Lisias
Isócrates
Iseo
Esquines
Licurgo
Demóstenes
Hipérides
Dinarco
Ya en tiempos de Homero (ss. IX - VIII a. C), el arte de la oratoria era considerado de gran valor en Grecia. En la Ilíada, el guerrero Aquiles era descrito como un buen orador.
Hasta el siglo V a. C, sin embargo, el arte de la oratoria no fue definido formalmente, cuando el orador siciliano Córax​ comenzó un estudio formal de la retórica junto a su pupilo Tisias.
 En el año 427 a. C., otro siciliano llamado Gorgias de Leontino visitó Atenas y pronunció un discurso que aparentemente fascinó a los ciudadanos. La aproximación «intelectual» a la oratoria de Gorgias (que incluía nuevas ideas, formas de expresión y métodos de argumentación) fue continuada por Isócrates, un educador y retórico del siglo IV a. C. Con el tiempo, la oratoria se fue convirtiendo en un objeto de estudio central en el sistema educativo griego.
El trabajo de los oradores áticos inspiró posteriormente el movimiento retórico aticista, con un estilo menos ornamentado que el clásico.

  

Oratoria. 


La palabra es un poderoso soberano que, con un cuerpo pequeñísimo y completamente invisible lleva a cabo obras sumamente divinas. Puede, por ejemplo, acabar con el miedo, desterrar la aflicción, producir la alegría o intensificar la compasión”.

Tal fue el pensamiento de Gorgias en el Encomio de Helena (§ 8) en torno al lógos, la palabra, a la que reconoció un carácter divino por las reacciones que puede obrar en el ser humano. Esta concepción de la palabra está estrechamente relacionada con la teoría y la praxis de la retórica. 

En efecto, los siglos V y IV a. C. en la antigua Grecia y, en especial en Atenas, significaron el punto culminante de las posibilidades persuasivas de la palabra. 
¿Qué actividad pública o qué manifestación cultural estuvieron exentas del abrazo retórico?
Nada fue ajeno al quehacer de la elocuencia, ya fuera para persuadir o para demostrar verosímil o verdaderamente sobre los asuntos propiamente humanos.
Y es que desde la perspectiva antropológica más amplia, el hombre es un ser retórico. Basta con que se quiera comunicar algo para que se echen a andar los procesos de la retórica y de la oratoria.

Por este simple pero a la vez trascendente hecho, es por el que, entre otros que aquí trataremos de subrayar, los estudios sobre la retórica y la oratoria son indispensables en la medida en que ofrecen un conocimiento sobre las múltiples posibilidades de la expresión humana.
Es en este marco donde queremos insertar el libro coordinado por Paola Vianello de Córdova, el cual reúne trabajos de Silvia Aquino López, Mariateresa Galaz Juárez, de la misma Paola Vianello y de Gerardo Ramírez Vidal; se trata de un libro que ofrece una panorámica específica sobre la oratoria griega y un grupo de oradores áticos, cuya actividad intelectual se desarrolló durante el s. V: Antifonte, Andócides, Lisias, Isócrates e Iseo.

Los estudios clásicos pueden ser, de modo general, de dos tipos, unos que quedan circunscritos en la filología como hermenéutica que se agota en sí misma, y otros que echan mano de las herramientas filológicas para comprender no sólo el mundo de ayer, sino, lo que a nuestro juicio es más importante, el de hoy. El libro
La oratoria griega y los oradores áticos del primer periodo pertenece al segundo caso.
Es oportuna la distinción fundamental que plantea este libro entre, primero, el concepto de oratoria, no como el “arte de pronunciar discursos”, sino como “la práctica social de hablar en público” (p. 16), es decir, todos aquellos elementos que se refieren a los discursos pronunciados, y, en segundo lugar, el concepto mismo del arte de la retórica, surgido “de la intensa práctica de hablar en público” (p. 15) y cuyo significado específico se refiere a “la teoría y el arte del discurso persuasivo en la vida pública y política” (p. 15) en la Atenas democrática de mediados del siglo V y luego durante todo el IV.

En efecto, de entrada, Paola Vianello traza de manera breve el puente entre la tradición clásica y el mundo actual cuando señala que “la importancia que tuvo la expresión en la Grecia antigua y el papel que jugó la oratoria en la vida política y en casi todas las expresiones culturales de esa civilización” abarcan un radio de acción mucho mayor, debido al desarrollo humano que se aprecia en los adelantos tecnológicos que han revolucionado el modo de comunicación entre los hombres (p. 14). 

En otras palabras, aquella retórica que nació, en los albores del siglo V, como una necesidad socioeconómica, se ha diversificado al mismo ritmo que el progreso humano y los distintos modos de interpretar al mundo. No es exagerado decir, a pesar de los juicios de Platón y de Kant, de los cuales Ramírez Vidal se ocupa de rebatir en el capítulo “Oratoria y retórica” (pp. 27-34), que la retórica en muchos sentidos es medida de la capacidad intelectual del hombre.
Y es que la expresión de la cultura griega es, prácticamente al mismo tiempo, el desarrollo y la manifestación de la palabra. Vianello esboza con claridad un recorrido de la poesía homérica hasta los siglos V y IV, donde la línea central es la caracterización de la palabra o bien “la práctica social de hablar” (p. 16), que alcanza su esplendor en el trabajo de aquellos sofistas que tenían como centro de su enseñanza el uso de la palabra y en el de los logógrafos que, como en el caso de Iseo, autor del que se ocupa Mariateresa Galaz, se especializaban en casos muy concretos de la logografía, llevados al plano de la práctica de la oratoria forense (pp. 121-129).
Otro puente entre la tradición retórica griega y el mundo actual lo ha expuesto con atinado acierto Gerardo Ramírez Vidal, cuando señala la equivocada comprensión que, en diversos ámbitos de la civilización occidental, redujo a la retórica a una cuestión figurática o tropológica, es decir, a la simple nomenclatura de las figuras retóricas que si bien tienen un sentido en la conformación del estilo y en la composición estética, no es reductible a esta circunstancia, pues ello lleva a considerar que cuando se habla de oratoria o de retórica se cae en el terrible error de considerar al texto o discurso como mera palabrería. Dice Ramírez Vidal:

Esta creencia de que la retórica poseía un carácter puramente ornamental y objetivos amorales tuvo una amplia difusión durante la Edad Media; e incluso actualmente se utiliza muy a menudo con el mismo sentido, de modo que en nuestro pensamiento el vocablo se nos presenta como sinónimo de demagogia, palabrería, de adorno vano (p. 28).
La hostilidad hacia la retórica tuvo su origen en su desarrollo mismo, sobre todo en los comentarios de Platón, pero hay que advertir que este mismo filósofo se sirvió de elementos propios de la retórica no sólo para la expresión de su pensamiento, sino tam bién como un camino del mismo proceso filosófico que él propuso. Como quiera que sea, la retórica no nació ni como filosofía ni como parte de la estética, sino que su génesis técnica se originó de
una necesidad concreta: defender la propiedad de la tierra; este hecho, que subraya Ramírez Vidal, fue extendiéndose hasta alcanzar un espacio propio en la educación del ciudadano ateniense (pp.30-31). 
A este respecto, los sofistas jugaron un papel fundamental, junto con los rhétores y el interés enciclopédico de Aristóteles, quien no soslayó la importancia de la retórica al escribir el tratado homónimo, amén de las referencias que sobre este asunto es posible analizar en la Poética e, incluso, en sus tratados de lógica.
Entre los primeros sofistas que hicieron de la palabra su instrumento de reflexión y de trabajo se encuentra Antifonte, de quien se ocupa Gerardo Ramírez en la segunda parte del libro (pp. 69-79).
De este modelo de intelectual del siglo V, como lo llama Ramírez Vidal, se conservan más datos sobre su vida y testimonio de sus textos que de cualquier otro sofista de la misma época. Los discursos conservados de Antifonte y las noticias sobre sus intereses filosóficos y científicos permiten afirmar que a este pensador nada de lo humano le era ajeno, y que puso al servicio de la retórica su inteligencia y su experiencia.
Y qué decir de las ideas del Estagirita vertidas en sus tratados de ética, en los que Paola Vianello ha seguido el concepto de ethos y ha recalcado su vínculo con la Retórica. En efecto, uno de los aspectos que ha ocupado el interés de Vianello de Córdova ha sido el análisis del carácter, tanto del orador como del auditorio, y como parte de su investigación puede leerse el apartado “Oratoria y ethos” (pp. 35-45). 

El ethos es el carácter del que habla, lo cual define el estilo como parte constitutiva de una prueba persuasiva, pues a través del elemento ethopoiético, se representa el carácter y define al sujeto que será percibido como verosímil o no, dependiendo de la persuasión a través del ethos que pueda ejercer en el auditorio. Éste, a su vez, también tiene su propio ethos, cuyas características son objeto de análisis por parte de la retórica, pues es un nexo que conlleva la persuasión al oyente. No omite señalar la autora que a pesar de la importancia del ethos como prueba propia del arte, Aristóteles la colocó en un segundo término, después de las pruebas entimemáticas.

Un orador, para ser digno de crédito, debía poseer phrónesis (sentido práctico/prudencia), areté (virtud) y eúnoia (benevolencia). Hay que entender que estas cualidades tienen un pie en el campo de la ética y otro en el campo de la retórica. La combinación de ambos daría como resultado un orador que no sólo es capaz de alcanzar el buen éxito en su empresa persuasiva, sino que, siempre en el marco de un carácter bien delineado, sería prácticamente un paradigma, tal como luego lo concibió Quintiliano en su Institución Oratoria.
Un maestro en el análisis y diseño del ethos lo fue sin duda Lisias. Este logógrafo ha venido siendo examinado también por Vianello de Córdova, de cuyo trabajo tenemos una prueba en su estudio y traducción del discurso I, Sobre el asesinato de Eratóstenes, publicado por el Instituto de Investigaciones Filológicas; en este libro hay un acercamiento a la vida y obra de este autor, que lleva por título “Lisias: aspectos de la vida ateniense” (pp. 93-104).

El trabajo de Lisias es resultado de una mirada aguda que penetra en los individuos y su circunstancia para poder disponer de argumentos creíbles. Si bien es cierto, como apunta Vianello, que la producción de los oradores áticos es un testimonio importante de la vida ateniense en todos sus aspectos, también lo es que Lisias se distinguió por sus virtudes ethopoyéticas “que fueron reiteradamente alabadas por los críticos literarios de la Antigüedad”, en particular, sobresale el comentario de Dionisio de Halicarnaso (p. 95).

Del magistral manejo ethopoyético de Lisias, Vianello ofrece como ejemplos el modo sencillo de vida seguido por los atenienses, la camaradería, los vínculos de amistad, sucesos de la vida cotidiana tales como pleitos domésticos o callejeros, calumnias y venganzas, en fin aquellas características que tanto en lo general como en lo particular conforman el ethos de una sociedad, un carácter que transita de la vida íntima a los linderos de la historia misma.
El análisis de Vianello de Córdova sobre la formación y fines del ethos puede servir a sus lectores como contra-argumento de la crítica platónica “acerca del carácter amoral de la enseñanza sofística”, pues, como explica Ramírez Vidal, con base en el Gorgias de Platón, “la retórica tenía la finalidad de capacitar para hablar, con el fin de que sus discípulos [se refiere a los de Gorgias] llegaran a ser lo mejor en la sociedad de su tiempo, para bien de la ciudad y para el suyo propio, considerando en todo caso lo justo y lo injusto” (p. 33).

Entonces, si el alumno hace un mal uso de lo que se enseña, la esencia de lo enseñado no es algo amoral en sí, antes bien, hay que comprender el lugar de cada área de enseñanza y el uso de cualquier índole que se haga. Lo mismo puede decirse de la filosofía.
Con lo anterior hemos querido poner de relieve cómo lo expuesto por Paola Vianello y Gerardo Ramírez se complementa y ofrece tanto una idea más clara sobre la cualidad del orador, así como el carácter formativo de la retórica que es equivalente a otras áreas del pensamiento, como la filosofía misma.

Ahora bien, en la Atenas de las profesiones, es decir, en el ambiente de los siglos V y IV, la especialización de la palabra a través de la tradición retórica, dio paso a nuevas formas de ocupación. En este libro, Silvia Aquino López da constancia del papel del logógrafo, el profesional del discurso, el equivalente en cierta medida al abogado que litiga en el contexto del derecho anglosajón, a través de su artículo “Oratoria y logografía” (pp. 47-56), y Mariateresa Galaz Juárez analiza, en “Oratoria y derecho” (pp. 57- 65), un aspecto particular de este mismo ámbito que es el de las leyes.
Logografía y derecho van de la mano. El logógrafo, como apunta Aquino López, debía conocer tanto las técnicas de persuasión, como la conformación y aplicación del derecho. 
Con base en estos dos principios, el logógrafo debía poseer o desarrollar atributos como “sensibilidad para sacar provecho de la psicología y de la ideología colectiva del jurado; agudo sentido de la realidad para perseguir siempre su finalidad de ganar la causa, […] posesión del arte de la ±yopoi˝a”, entre otros que expone Silvia Aquino (p. 49).
Como se puede apreciar, la logografía fue una profesión altamente especializada y redituable, tal como lo comprueban los casos de Lisias, Isócrates y Demóstenes que rehicieron el patrimonio familiar perdido por circunstancias diversas.
Se puede colegir a través de la exposición de Silvia Aquino que la labor logográfica tuvo tan floreciente desarrollo gracias a las políticas implantadas por la democracia, entre las que cabe resaltar “la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, y por lo tanto, cualquier persona víctima de una injusticia tenía derecho a la protección amplia de las leyes” (p. 50). Y a esto hay que añadir lo que Vianello señala en el primer apartado: la isegoría o derecho de palabra y la parrhesía o libertad de palabra (p. 18). Estos tres derechos básicos de la democracia ateniense permitieron que la oratoria y retórica, en tanto arte, y la logografía, en tanto profesión, se constituyeran como signo de una cultura dinámica, abierta y participativa y, para nosotros, una herencia invaluable por todo lo que significa el saber hablar como registro del saber pensar.
En efecto, este saber pensar fue también parte del legado de la retórica, tal como lo apuntó Silvia Aquino en otro capítulo de este libro que se titula “Isócrates: logógrafo y educador” (pp. 105-120).
Si bien algunos logógrafos por necesidad debían conocer el derecho, hubo otros, como Isócrates, que además tuvieron una actividad especial en el ámbito de la educación. Silvia Aquino ofrece en su trabajo una apretada síntesis de los discursos judiciales conservados de Isócrates y las cualidades que a ella le han parecido más relevantes. Con esto el lector puede hacerse una idea concreta, general y precisa sobre el quehacer logográfico de Isócrates. Igualmente importante resulta advertir que Isócrates tuvo una escuela de retórica, una especie de universidad en el sentido en que en ella se impartía una educación superior y se formaban profesores de retórica y “técnicos” de la discusión, y, en general, hombres cultos con buena capacidad de juicio que sabrían intervenir airosamente y con soltura en las controversias de la vida mundana (p. 117)

Isócrates tenía, en buena medida, una paideia bien definida que abogaba por una educación retórica, sin menoscabo del “logos como instrumento de la inteligencia” (p. 118) que daba herramientas útiles para la vida práctica, a diferencia de la escuela platónica que pretendía educar al hombre ideal para una sociedad igualmente ideal. Para Isócrates la mente podía adiestrarse a través de la práctica de las posibilidades que brinda la palabra, por lo que es continuador en gran medida de las ideas de los sofistas sobre la filosofía del lenguaje.
Apuntábamos ya que la logografía de suyo era una especialización del uso de la palabra. Pues bien, dentro de este mismo marco florecieron ramas todavía más específicas que iban acordes con el interés particular de los logógrafos. Cada uno de ellos se distinguió por su particular estilo, pero también por los casos que aceptaban trabajar. Que la logografía iba de la mano con el derecho fue un rasgo esencial de la retórica judicial. Y esta idea es la que pone de manifiesto Mariateresa Galaz en su artículo “Oratoria y derecho” (pp. 57-66). 
La democracia como resultado de la convivencia y organización social de Atenas pudo ser posible, entre otras cosas, gracias a la observación y aplicación de las leyes. Para Mariateresa Galaz, el vínculo entre el derecho y la oratoria se halla en la persuasión en cualquiera de los tres géneros del discurso, el deliberativo, el judicial y/o el epidíctico. En los dos primeros, es donde el conocimiento de las leyes hacía del logógrafo un especialista del derecho, pues debía disponer a éste de acuerdo con los recursos retóricos a fin de ganar la causa. 

Como el derecho ateniense era más bien de carácter general y muchas veces se hallaba supeditado a los decretos, la interpretación del logógrafo estaba encaminada a lograr el buen éxito de la causa presentada. Esto dio pie, como explica Mariateresa Galaz, a cierta reputación negativa hacia los logógrafos, pues se les veía como poco confiables. Como quiera que haya sido el caso, lo cierto es que la ley no fue algo que se aplicara a rajatabla, sino que el tratamiento retórico era lo que a final de cuentas pesaba en la decisión de los jueces.
Ahora bien, dentro del terreno de la profesionalización del rhétor, Mariateresa Galaz ofrece un ejemplo a través de Iseo, un meteco avecindado en Atenas, cuyo estilo era preciso, claro, conciso, en fin, un purista del lenguaje. Pero de acuerdo con Galaz, esto no es lo más relevante, sino el hecho de que Iseo “brinda información al lector moderno, sobre todo acerca de la legislación ateniense y de ciertos estados más de hecho que de derecho” (p. 122).
En otras palabras, por medio de los discursos de Iseo se puede acceder a algo cercano a la jurisprudencia ática, entendido este término como el derecho en activo y no en la mera teoría.
En efecto, Iseo se especializó en causas relacionadas con la propiedad, área de la logografía que hubo de redituarle excelente fama y reconocidos ingresos. En este sentido, los textos de Iseo constituyen una fuente seria acerca de problemas legales sobre herencia.
A tal punto se reconoció desde la antigüedad la profesionalización de Iseo en este rubro que solamente se han conservado los discursos referentes a conflictos de herencias.

Derecho en la antigua Grecia.

El término derecho en la antigua Grecia no se puede entender es nada del sos sistema jurídico, ya que cada polis se regía por su propio sistema de leyes, al régimen jurídico de la autonomía y la autosuficiencia (αὐτάρκεια). De hecho, es un término colectivo para referirse a una forma regional e históricamente delineada por la ley positiva, sin embargo, en base a un pensamiento jurídico común y en los mismos principios. Por lo que podría suceder que leyes como las dictadas por Carondas para Catania adoptaran deliberadamente por otras polis. Se produjeron también préstamos mutuos en menor escala, en particular en el derecho mercantil. Debido a la gran influencia política y cultural desplegada desde Atenas, la ley del sistema jurídico ateniense ejerció una influencia significativa en las leyes de otras polis y es también la que mejor se conoce, gracias la existencia de fuentes.
Los estudiosos de la disciplina de derecho comparado han equiparado la ley griega con el derecho romano y con las instituciones primitivas de las naciones germánicas. Se puede estudiar en sus etapas más tempranas en las leyes de Gortina; su influencia puede rastrearse en los documentos legales que se conservan en papiros de Egipto; y puede ser reconocido como un todo coherente en su relación definitiva con el derecho romano en las provincias orientales del Imperio Romano.
Actualmente no existe ninguna colección sistemática de la ley griega. Nuestro conocimiento de algunas de las primeras nociones de la materia deriva de los poemas homéricos. Para los detalles de la ley ática es necesario depender de parte de declaraciones en los discursos de los oradores áticos, que a veces son capaces de verificar estos estados por la confianza, pero a menudo imperfecta, con la ayuda de las inscripciones. Ilustraciones en el fondo de las leyes de Atenas se encuentran en Las Leyes de Platón, que se ocupa de la teoría del sujeto sin ejercer ninguna influencia en la práctica real. Las Leyes de Platón critican a la Política de Aristóteles, que, además de discutir las leyes en su relación con las constituciones, revisa el trabajo de ciertos legisladores griegos de la antigüedad.

 El tratado sobre la Constitución de los atenienses incluye un relato de la jurisdicción de los diversos funcionarios públicos y de los mecanismos de los tribunales de justicia, y por lo tanto nos permite prescindir del testimonio de segunda mano de gramáticos y escolarcas que deriva su información del mencionado tratado. Las obras de Teofrasto sobre las leyes, que incluía una recapitulación de las leyes de varios pueblos bárbaros, así como de los estados griegos, están representadas por solo unos pocos fragmentos.

Historia

Dada una cierta inclinación griega al pensamiento y a la organización formal, además de la exaltación hacia la justicia como virtud o valor fundamental tanto para Platón como para Aristóteles, de la misma manera se podría referir el lugar donde estas cavilaciones empiezan, de manera de generar una mayor abstracción y comprensión que se posee del derecho hoy en día, a partir de sus propios orígenes e influencias remotas. Estas influencias encuentran lugar en la obra del griego Hesíodo, principalmente en su texto Trabajos y días, atacando la ociosidad y los jueces injustos, así como la práctica de la usura. Describe los inmortales que vagan por la tierra vigilando la justicia y la injusticia.
En el siglo VIII a. C., un griego de la región de Beocia, cuyo cometido consistía en la formulación de poesía épica, realizó una obra destinada a establecer la justicia como virtud elemental, dando inicio a la larga tradición que más tarde desarrollaría Platón, y después Aristóteles. Hesíodo recoge dos formulaciones, la primera proveniente de Homero, llamada Temis. Según éste, los dioses entregaban a los hombres el «cetro y la Temis», que significa «la Ley» en su sentido más amplio de comprensión. La otra formulación de Hesíodo incorpora la figura de la Diké, que sería más tarde acogida por Aristóteles en el famoso y máximo principio aristotélico: 
«Dar a cada uno lo suyo». 
Es decir, se entiende que puede darse una situación en la que algo no sea justo de acuerdo a la Temis pero sí a la Diké. Así como Temis se refiere a la autoridad del derecho, a su legalidad y validez, la Diké significa el cumplimiento de la justicia, traducida como dar a cada uno lo que es pertinente, y lo que cada uno puede exigir. Como podría deducirse, la preocupación de los antiguos frente a la exigencia de un derecho igual constituyó el fin más alto.
El derecho surgió completamente ligado al ideal de formación del individuo mientras era parte de la polis, y donde el ethos cobró más importancia que el logos, es decir, resultó de mayor importancia la formación del individuo como tal, y de su orientación hacia el «buen camino», traducido en la Diké, es el derecho no un sistema puramente organizador, sino realizador del más alto ideal de hombre, la vida en sociedad, la areté
En la legislación de Licurgo se presenta, a modo de ejemplo, una fuente del idealismo griego en el derecho. La legislación de Licurgo es algo contraria de lo que los griegos entendían por legislación. No es una codificación habitual de leyes particulares y públicas, sino los nomoi, en el sentido de una tradición oral, dotada de validez, de la que solo unas cuantas leyes fundamentales y solemnes fueron fijadas de forma escrita. Así Licurgo otorgó una mayor importancia a la fuerza de la educación y la formación de la conciencia ciudadana que en las prescripciones jurídicas, es decir, prefirió la tradición a la manía legisladora de la democracia del siglo IV. Otorgando un mayor énfasis en la formación de los hombres de acuerdo con las normas obligatorias de la comunidad, alejándolo del individualismo, la veracidad se comprueba en el siguiente pasaje: 
«La educación se extendía hasta los adultos. Ninguno era libre ni podía vivir como quería. En la ciudad, como en un campamento, cada uno tenía reglamentadas sus ocupaciones y su género de vida con relación a las necesidades del estado y todos eran conscientes de que no se pertenecían a ellos mismos, sino a la patria »
En general, los historiadores consideran que la ley ateniense era de procedimientos extensos, es decir, se ocupa de la administración de la justicia. Es decir, que trataba sobre los derechos, obligaciones y delitos. Las leyes atenienses se solían escribir con la forma «si alguien hace A, entonces B es el resultado»,​ y estaban más preocupados por las acciones legales que deben llevarse a cabo por el fiscal, más que definir estrictamente qué actos son deben ser juzgados.​ A menudo, esto daba lugar a que el jurado tuviera que decidir si la ofensa que se había cometido era de hecho o una violación de la una ley en cuestión.

Desarrollo de la ley ateniense.

Uno de los primeros eventos datables en la historia de Atenas es la codificación de sus leyes por Dracón, probablemente entre el 621 y el 620 a. C. Sabemos poco sobre su autor, Dracón de Tesalia y su código, con su ley de homicidios, que sobrevivió a las reformas de Solón.7​ Parece que se distinguía entre el homicidio premeditado e involuntario, y proporcionaba la reconciliación del asesino con la familia del hombre muerto. La ley de homicidios de Dracón regía aún en el siglo IV A a. C., aunque el resto del código de Dracón no sobrevivió, se cree por la tradición ateniense que fue de los más duros.

Los códigos de leyes atenienses establecidos por Dracón fueron reformados íntegramente por Solón, que fue el arconte epónimo del año 594-593 a. C. Estas reformas incluían la cancelación de las deudas y las reformas a la propiedad de la tierra, así como la abolición de la esclavitud para aquellos que habían nacido en Atenas.​ Sin embargo, la atribución de las innovaciones legales específicas y reformas a Solón y sus sucesores es muy difícil porque no había una tendencia en la antigua Atenas «a atribuir las leyes a Solón con independencia de la fecha de promulgación».

Sistema judicial y tribunales

Los antiguos tribunales griegos eran baratos y estaban dirigido por legos en leyes. Los funcionarios de los tribunales cobraban poco o nada, y la mayoría de los procesos se realizaban en el mismo día; los casos particulares se resolvían incluso más rápido. No habían funcionarios «profesionales» de la justicia, no había abogados, o jueces y no eran magistrados. Un caso normal consistía en dos litigantes, uno argumentando que un acto ilegal se había cometido, y el otro argumentando que no había sido ilegal, o que no había sucedido nada. El jurado era quien decidía si el acusado era culpable, y, en caso de que lo fuera, cuál debería ser el castigo. En los tribunales de Atenas, el jurado tendía a estar formado por la masa de la gente común, mientras que los litigantes provenían principalmente de las élites de la sociedad.
En el sistema legal ateniense, los tribunales se han visto como un sistema de resolución de conflictos mediante argumentos, en lugar de hacer cumplir «un sistema coherente de normas, derechos y obligaciones». Un tribunal, el Pritaneo, era el responsable de encausar a personas desconocidas, animales y objetos inanimados por homicidio, probablemente con el fin de garantizar que Atenas estuviese libre de culpa por delitos de sangre.
El sistema judicial ateniense estaba dominado por los hombres. 
El jurado se constituí solo de hombres,​ y, como Simon Goldhill argumentó, «El tribunal ateniense parece haber sido muy poco dispuesto a permitir cualquier presencia femenina en el espacio cívico del propio tribunal de justicia».
Junto con la aplicación oficial de la ley en los tribunales, en la antigua Atenas, y de otras ciudades griegas antiguas, la justicia y la cohesión social fueron forzadas colectivamente por la sociedad en general.​ La justicia colectiva informal a menudo se dirigía a los infractores de élite.
Los jurados se componían de hombres seleccionados anualmente de un grupo de 6.000 voluntarios, y se requería que fueran ciudadanos de pleno derecho, mayores de 30 años.16​ Los jurados se pagaban con una pequeña cuota en la época de Pericles, lo que pudo haber dado lugar a un número desproporcionado de ciudadanos pobres y ancianos que trabajaran como jurado.

Oratoria

Michael Gagarin ha argumentado que las «características retóricas y perfectivas», evidentes en sobrevivir a discursos judiciales de la ley en los atenienses clásicos, son la evidencia de que los procesos judiciales de los atenienses eran «esencialmente, luchas retóricas» que eran «en general indiferentes a la estricta aplicación de la ley».
​ De acuerdo con Gagarin, los oradores que escribieron discursos jurídicos, tuvieron un papel mucho más importante en los juicios que los atenienses de la época actual, debido a la falta de las técnicas modernas forenses y de investigación que podrían haber proporcionado otras fuentes de evidencia al tribunal ateniense.
En el sistema legal ateniense, no hubo abogados profesionales, aunque los discursos conocidos como los de Demóstenes, se trata de discursos que fueron entregados, como en el caso de Contra Leptines, en nombre de otros. 

Estos discursos se han descrito como «tan cercanos a la función de un abogado moderno como el sistema legal ateniense permitiría».

  

Éstas son sus obras conservadas, ordenadas cronológicamente (el número romano identifica el orden tradicional en que se han transmitido):


V: Sobre la herencia de Diceógenes. Pronunciado en 389 aC. I: Sobre la herencia de Cleónimo. De fecha incierta. IV: Sobre la herencia de Nicóstrato (discurso complementario). Probablemente de 374 aC. X: Contra Jeneneto; sobre la herencia de Aristarco. IX: Sobre la herencia de Astífilo. Pronunciado tal vez en 369 o 366 aC. VIII: Sobre la herencia de Cirón. Aproximadamente del 365 aC. VI: Sobre la herencia de Filoctemón. De 365-363 aC. XI: Sobre la herencia de Hagnias. De fecha incierta; tal vez entre 361 y 358 aC. VII: Sobre la herencia de Apolodoro. Pronunciado entre 357 aC y 349 aC. II: Sobre la herencia de Menecles. Pronunciado hacia 354 aC. III: Sobre la herencia de Pirro. De fecha incierta; probablemente entre 357 y 344 aC. XII: En defensa de Eufileto (fragmento). Datado hacia 344-343 aC.



Iseo: Sobre la herencia de Diceógenes.



El presente discurso posee como trasfondo un verdadero drama familiar, como es habitual en las causas por herencia. Pongámonos en antecedentes.
Diceógenes (II), el hijo de Menéxeno (I), murió en una batalla naval cerca de Cnido (parece claro que en 411 aC). A falta de hijos, su fortuna correspondía a sus cuatro hermanas, pero no tardó en aparecer Próxeno, tío del difunto, con un testamento en el que adoptaba a Diceógenes (III) y le dejaba la tercera parte de la herencia. Las hermanas, por tanto, sólo se repartirían el resto.
Pasados doce años (399 aC), Diceógenes (III) presentó un segundo testamento en el que su padre adoptivo le hacía heredero universal; en ese momento una de las hermanas (la mujer de Cefisofonte) había muerto, otra (la mujer de Teopompo) había quedado viuda y otra (la mujer de Democles) estaba también sin marido (muerto o divorciado). Tan sólo quedaba una hermana (o, siguiendo las leyes imperantes, su marido Poliarato) para emprender una acción judicial contra Diceógenes (III). Mas Poliarato perdió ante los tribunales, y murió antes de poder llevar a cabo todos los recursos que la ley ponía a su alcance. Así que Diceógenes (III) se adueñó de toda la fortuna, y además se convirtió en tutor de sus primas y de los hijos de éstas, todos menores.
Transcurridos diez años más (389 aC), los sobrinos del difunto cuya herencia dio lugar a todo el proceso intentaron recuperar la parte de la herencia que correspondía a sus madres. Menéxeno (II) continuó donde lo había dejado su tío Poliarato: atacó por perjurio a los testigos que Diceógenes (III) había presentado en apoyo del segundo testamento y logró la condena de uno de ellos. En ese punto, Diceógenes (III) intervino y pagó a Menéxeno (II) para que interrumpiera las acciones legales.
Pero no pagó la fortuna prometida, y Menéxeno (II), humillado, se une de nuevo a sus primos Cefisódoto y Menéxeno (III) para impugnar no sólo el segundo testamento, sino incluso el primero, reivindicando la herencia completa. En respuesta, Diceógenes (III) trajo a un nuevo testigo, Leócares, que es acusado por los primos de falso testimonio. Cuando su condena estaba a punto de ser sentenciada, Diceógenes (III) prometió devolver la parte de la herencia correspondiente a las hermanas, presentándose como garantes de la devolución el propio Leócares y Mnesiptólemo.
Pero pese a este acuerdo surgieron nuevos problemas: los demandantes sostenían que la promesa de pago era sobre el total original de la herencia, mientras que Diceógenes (III) defendía que el pacto hacía mención a lo que quedaba entonces de la fortuna. Uno de los primos, Menéxeno (III), demanda a Leócares por incumplimiento del pacto establecido.
Es a esta última acción a la que corresponde el presente discurso, que convierte la acusación contra Leócares en una causa contra Diceógenes (III): el orador insiste en que los demandantes no quieren nada de la fortuna personal del acusado, sino los bienes que les corresponden a sus madres. Iseo construye el discurso para lograr la predisposición de los jueces para sus defendidos y la animadversión para sus adversarios, haciendo que la auténtica cuestión de fondo pase desapercibida. La obra está encaminada a presentar a Diceógenes (III) como una persona odiosa que se ha aprovechado de unas pobres viudas y huérfanos, usando la difícil situación de la ciudad para engañar a los jueces. Frente a ello, el patriotismo y la honradez de los demandantes y de sus ascendientes son puestos de relieve.

Iseo: Sobre la herencia de Cleónimo.


Discurso de un proceso sobre la sucesión de bienes, del que desconocemos la fecha. La ausencia del hiato (un criterio discutido) indicaría una fecha tardía, pero las fórmulas utilizadas indicarían todo lo contrario.
A la muerte de Cleónimo, sus sobrinos (hijos de su hermana) impugnan el testamento en el que el fallecido nombraba herederos a otros parientes, y reclaman la herencia para ellos. Se ignora cuál es el grado de parentesco de esos otros parientes (en todo caso, más lejano que el de los sobrinos), y también su identidad. Se nombran a los hermanos Posidipo y Ferenico, y a otros cuya relación con Cleónimo no queda clara.
Pese a la evidencia que supone el testamento de Cleómeno, Iseo, sabedor de que los jueces atenienses tendían a dar prioridad en estas causas al parentesco, construye el discurso en torno a dos argumentos básicos: la nulidad del testamento existente y el estrecho parentesco de los sobrinos con el difunto. Frente a dicho testamento, los demandantes aparecen en posesión de múltiples razones que los acreditan como herederos: incluso los familiares y amigos de sus oponentes, en un arbitraje previo, les habían reconocido una parte de la herencia; habían sido excluidos del testamento no por ellos mismos, sino por la enemistad que Cleónimo sentía hacia Dinias, tío de los demandantes y tutor suyo durante la minoría; sin embargo, muerto Dinias fue el propio Cleónimo quien se hizo cargo de ellos; Poliarco, abuelo de los demandantes y padre de Cleónimo, había ordenado que, si éste no tenía hijos, les dejara a ellos toda su fortuna; la relación íntima de los sobrinos contrasta con la abierta enemistad de Cleónimo hacia Ferenico, uno de los beneficiarios efectivos del testamento.
Según los demandantes, todos estos argumentos hicieron que Cleónimo reconsiderara el testamento, mas la muerte le sorprendió antes de poder realizar cualquier modificación. Estando enfermo había solicitado la presencia del custodio del testamento, pero los otros parientes impidieron la entrevista.

Iseo: Sobre la herencia de Nicóstrato

Discurso complementario al principal, realizado por un amigo como conclusión o peroración. Si se acepta la mención de la ciudad de Acre, lugar en el que Farnabazo concentró un ejército de unos veinte mil griegos para luchar contra Egipto en el 374 aC, este año sería la fecha más probable para la muerte de Nicóstrato, y por tanto para el proceso.
Nicóstrato había vivido once años lejos de Atenas, entregado a la vida militar como mercenario. A su muerte, su fortuna fue objeto de una batalla legal. Al menos cinco demandantes, con argumentos no muy convincentes, reclamaron la herencia de inmediato, pero desistieron ante la solidez de la demanda de Hagnón y Hagnoteo, primos hermanos de Nicóstrato por parte de padre. Un tal Caríades, sin embargo, solicitó la herencia presentando un acta de últimas voluntades de Nicóstrato, en la que le nombraba hijo adoptivo y le legaba su fortuna.
El problema es que los hermanos Hagnón y Hagnoteo solicitan la sucesión de Nicóstrato, hijo de Trasímaco, y Caríades reclama la de Nicóstrato, hijo de Esmicro: se trata de dos personas diferentes, así que los hermanos, en palabras de Iseo, «tendrán que dedicar más argumentos a probar que Nicóstrato era hijo de Trasímaco que a que no hizo testamento».
El orador, con el fin de llegar al corazón de los jueces, se limita a recordar los hechos, sin presentar pruebas. Se defiende la primacía del parentesco sobre el testamento (insistiendo en el buen comportamiento de los hermanos hacia el difunto y hacia la ciudad), y se intenta desacreditar al adversario, presentando a Caríades como un sinvergüenza huido de la justicia, sin relación con Nicóstrato.

Iseo: Contra Jeneneto, sobre la herencia de Aristarco.



Aristarco de Sipaleto, casado con la hija de Jeneneto, tuvo dos hijos y dos hijas. El mayor, Cirónidas, fue dado en adopción a su abuelo materno, de modo que a la muerte de Aristarco fue el otro hijo, Demócares, quien debía suceder a su padre. Pero murió antes de alcanzar la mayoría de edad y, muerta también una de las hijas, según la ley la otra debía contraer matrimonio con el pariente paterno más próximo que la reclamara (de esta forma, las propiedades quedaban dentro de la familia).
Este papel correspondía a Aristómenes, hermano de su padre, o al hijo de éste, Apolodoro, mas ninguno reclamó la mano (y la fortuna) de la mujer, sino que Aristómenes, en su condición de tutor, la entregó en matrimonio a alguien ajeno a la familia, y otorgó la herencia a Cirónidas, a quien casó con su propia hija. De este matrimonio nacieron Aristarco (II) y Jeneneto (II). El primero, a la muerte de Cirónidas, fue dado en adopción póstuma a Aristarco, en parte para evitar que la casa quedara desierta, en parte para que Aristarco (II) recibiera la fortuna de su abuelo natural.
Muerto también Aristarco (II) sin descendencia (probablemente en la Guerra de Tebas -378-371 aC-, pero podría ser la guerra social -355 aC-), deja en su testamento como heredero a su hermano Jeneneto (II). En ese momento, con mucho retraso, se presenta ante los tribunales la parte de la familia que, según el orador, ha resultado agraviada: el hijo de la mujer entregada a un extraño por Aristómenes, que alega su derecho a la herencia de Aristarco como su nieto natural.
Iseo podría presentar diversos argumentos para que el orador reclamase la fortuna: la forma en que fue tratada su madre y desposeída de la herencia, la adjudicación de ésta a Cirónidas contra todo derecho, la adopción póstuma de Aristarco (II), el testamento ilegal de éste (pues un hijo adoptivo no puede disponer de su fortuna por testamento). Sin embargo, el texto impugna fundamentalmente la adopción póstuma de su primo Aristarco (II), pues, si su abuelo Aristarco murió dejando un hijo legítimo, y éste murió siendo menor de edad, no hubo forma de que ninguno dispusiera semejante adopción. En consecuencia, Aristarco (II) no tenía derecho sobre la herencia, ni tenía derecho a dejarla en testamento.
El orador intenta justificar el retraso con que ha presentado la demanda y demostrar que la herencia estaba libre de deudas, que es lo que alegan sus adversarios: sólo la ambición ha movido a sus oponentes, y la adopción no fue en absoluto un acto de generosidad o piedad.

Iseo: Sobre la herencia de Astífilo.



Tras la muerte de Astífilo en una expedición a Mitilene, tomó posesión de su herencia su primo Cleón, en nombre de su propio hijo, menor de edad, a quien supuestamente Astífilo habría adoptado por testamento antes de partir a la que sería su última campaña. Poco después regresó a Atenas de su servicio militar un medio hermano del difunto (nacido del segundo matrimonio de su madre) y reivindicó la herencia, alegando que el testamento presentado por Cleón (depositado en casa de Hierocles, un tío materno de Astífilo y del demandante) era falso.
El demandante pretende demostrar en este discurso que Astífilo no adoptó a ningún hijo y no hizo testamento alguno y que, en consecuencia, él es el único heredero de su fortuna. Carece de pruebas objetivas, y basa su demanda en indicios y presunciones. Presenta como argumento contra la validez del testamento que Cleón, sin molestarse en enterrar al difunto, tomó posesión de la herencia sin esperar la resolución de los tribunales. Hace surgir la sospecha cuando habla de los testigos, escasos y ajenos a Astífilo, que constan como presentes en la redacción del testamento. Pone en guardia a los jueces ante la coincidencia de que Astífilo, que nunca había hecho testamento antes de ninguna de sus muchas expediciones, lo hiciera en la ocasión justa en que resultó muerto. Presenta como inverosímil que Astífilo testara en favor de un hijo de Cleón, dada la enemistad de las familias. También resulta llamativo el comportamiento de Hierocles, depositario del testamento, pues intentó «vender» el documento a los posibles interesados.
No sólo la posible falsedad del documento, sino la ley y la justicia otorgarían la herencia al demandante, porque aunque un hijo de un primo hermano tendría precedencia sobre un hermano por parte de madre, el orador niega este derecho porque Tudipo, padre de Cleón, había sido dado en adopción a otra familia, de modo que se había perdido la relación legal. Además, el trato afectuoso que Astífilo mantuvo con su hermano uterino, y con el padre de éste y padrastro suyo, Teofrasto, convertirían al demandante en su pariente más próximo.
En cuanto a la fecha del discurso, sabemos que Astífilo estuvo presente en la guerra de Tebas (378-371 aC), por lo que aunque no ha podido identificarse la expedición a Mitilene en que murió, ésta fue posterior al 371 aC. Algunos estudiosos proponen el 369 aC, otros el 366 aC, y alguno hay que menciona un margen más amplio.

Iseo: Sobre la herencia de Cirón.


Cirón se había casado dos veces. De su primera mujer, que murió enseguida, le había nacido una hija; de la segunda, hermana de Diocles y todavía viva, había tenido dos varones que murieron jóvenes. Cirón entregó a su única hija en matrimonio a Nausímenes de Colargo, y, muerto éste, volvió a casarla en un segundo matrimonio, del que nacieron dos hijos. A la muerte de Cirón reclaman su herencia dos demandantes que, ya ante el sepulcro, se disputan la fortuna: por un lado, su nieto, el hijo mayor de su única hija; por otro, su sobrino, hijo de su hermano.
Este discurso corresponde a la intervención del nieto de Cirón, que acusa a su adversario de estar al servicio de Diocles (cuñado del difunto por su segundo matrimonio). Según el orador, aunque el sobrino habría recibido ya la herencia de manos de la mujer de Cirón, es Diocles quien realmente la tiene en su poder, y ha sobornado al sobrino para que, a cambio de una cantidad ridícula, presente la demanda. Tras exponer esta sospecha, el orador expone los dos argumentos en los que se apoya su demanda: que su madre es hija legítima de Cirón, y que él tiene más derecho sobre la herencia.
El primero de estos argumentos es la respuesta a la acusación de sus adversarios en el sentido de que su madre era una cortesana extranjera. El orador presenta testimonios de que Cirón entregó en matrimonio y dotó a su hija; del comportamiento del difunto hacia él y su hermano (propio de un abuelo hacia sus nietos legítimos); de los actos de su padre (los que se esperan de un hombre hacia su esposa e hijos legítimos); del trato de las mujeres del demo a su madre (sólo posible con una ciudadana); y especialmente de la conducta de sus adversarios (la oposición a someter a tortura a los esclavos y su actitud durante el entierro de Cirón, reconocimiento implícito de su legitimidad).
La segunda parte del discurso trata de demostrar que el orador posee preferencia en el orden de sucesión. La discusión se centra en la interpretación de la ley correspondiente, en el sentido de que un descendiente, aunque sea por vía materna, posee prioridad sobre un pariente colateral, incluso por vía paterna.
La fecha del discurso es bastante insegura. Como el orador dice que nació después del arcontado de Euclides (403-402 aC), no podría participar en un proceso judicial antes del 383 aC. Por otra parte, que Demóstenes tuviera presente este discurso para componer los suyos contra sus tutores, lo sitúan con anterioridad al 363 aC. Dentro del largo período que nos ofrecen estos términos (383-363 aC), las cláusulas métricas usadas por Iseo nos situarían más cerca del último año.

Iseo: Sobre la herencia de Filoctemón.


Euctemón, hombre acaudalado del demo de Cefisia, había tenido de su esposa, la hija de Mixíades, tres hijos y dos hijas. Dada su longevidad, vio morir a todos sus hijos varones, sin descendencia. De sus hijas, había tenido una nieta y dos nietos, el mayor de los cuales se llamaba Queréstrato. A su muerte, éste presenta un testamento en el que su tío Filoctemón le nombraba hijo adoptivo y, como tal, reivindica ante los tribunales la totalidad de la herencia.
Androcles, pariente próximo de Euctemón, opone una protesta, alegando que la herencia no estaba sujeta a adjudicación judicial, porque el finado había dejado dos hijos legítimos, nacidos de un segundo matrimonio con Calipe. Añade, además, que Filoctemón no había hecho testamento. Queréstrato intenta rebatir ambos argumentos y contesta con una acusación contra Androcles por falso testimonio. A dicho proceso corresponde el presente discurso, pronunciado por un amigo de Queréstrato y de su padre Fanóstrato.
Desde el principio la historia da lugar a sospecha. Queréstrato no presenta la reivindicación ante los tribunales a la muerte de Filoctemón, sino que espera al fallecimiento de su abuelo Euctemón (aunque Filoctemón no tuviera fortuna que declarar, podía haber dejado constancia de que era su heredero). Iseo salva esta dificultad presentando confusamente las herencias de Euctemón y Filoctemón como si fueran una sola. El título de este discurso demuestra que ya los antiguos fueron víctimas de esta confusión.
Después de presentar testimonios para probar la existencia del testamento de Filoctemón, el orador centra su atención en demostrar la ilegitimidad de los niños presentados como hijos de Euctemón. Hace ver que su relación con Calipe era imposible, y narra una historia sórdida sobre el origen de estos niños y los últimos años de Euctemón: habrían nacido de una liberta de mala vida, Alce, y de un liberto pendenciero, Dión. Euctemón, seducido por Alce, habría abandonado su casa y habría sido convencido para introducir en la fratría, con su nombre, al mayor de los niños. Ante la oposición de su hijo Filoctemón, se habría comprometido en matrimonio con la hermana de Demócrates para amenazar con introducir nuevos hijos a la familia. Filoctemón habría cedido al chantaje, con la condición de que el niño recibiera sólo una de las tierras. Euctemón, tras romper su compromiso, habría introducido al hijo de Alce en la fratría.
Tras la muerte de Filoctemón, Androcles y Andócides habrían persuadido al anciano Euctemón para convertir en dinero efectivo algunas propiedades y dárselo a los hijos de Alce. Además, habrían inscrito a los niños como hijos adoptivos de dos de los hijos fallecidos de Euctemón, instituyéndose como sus tutores. A la muerte de Euctemón, habrían ocultado su fallecimiento a su mujer e hijos, tras dilapidar la mayor parte de la fortuna. Las acciones de estos dos codiciosos suponen un argumento más para negar la legitimidad: Androcles habría solicitado la mano de una de las hijas de Euctemón (la viuda de Quéreas) como si a ella perteneciera la herencia, lo cual es incompatible con la existencia de unos hijos varones legítimos. Por último, el orador antepone el buen hacer de Queréstrato y su participación en la ciudad a la maldad y el despilfarro de sus adversarios.
En cuanto a la fecha de la obra, aunque no sabemos cuándo murió Filoctemón o qué edad tenía Queréstrato, el propio discurso data el proceso 52 años después de la expedición a Sicilia, durante el arcontado de Arimnesto, lo que significa que se pronunció en el año 365-364 o 364-363 aC.

Iseo: Sobre la herencia de Hagnias.



Hagnias, hijo de Polemón y nieto de Hagnias, partió como embajador junto al rey de Persia (probablemente en 396 aC), siendo apresado por el general lacedemonio Fárax y conducido a Esparta, donde fue condenado a muerte. Antes de su muerte había adoptado a su sobrina (hija de su hermana), pero según el orador de este discurso en su testamento había consignado también que si a ella le sucedía algo, heredara Glaucón, su hermano por parte de madre. El fallecimiento de la niña desencadenó una larga batalla legal por la fortuna.
Presentó una demanda de adjudicación Eubúlides, como primo segundo del difunto (por su padre) y también primo hermano (por su madre). Murió sin terminar el pleito, que fue continuado por su hija Filómaca. Ésta logró la nulidad del testamento presentado por Glaucón y, haciendo valer la línea paterna, logró la adjudicación. A continuación, Estracio, Estratocles y Teopompo, primos segundos del difunto, intentan una acción conjunta contra Filómaca (aunque los dos primeros mueren antes de presentar la demanda, y Teopompo continúa el proceso solo).
Filómaca pierde la fortuna ante la acusación, vertida por sus adversarios, de ilegitimidad de su abuela (también llamada Filómaca). Un cotutor del hijo de Estratocles intenta ahora una acción pública contra Teopompo (el otro cotutor del niño), acusándolo de maltrato a su pupilo, pues sostiene que ha sustraído a su sobrino la mitad de la herencia de Hagnias. El presente discurso es la defensa pronunciada por Teopompo ante el grave delito que se le imputa.
Iseo acude a la ley para demostrar que al niño no le asiste ningún derecho sobre la fortuna de Hagnias, pero lo hace eludiendo el hecho de que a su cliente le niega ese derecho la misma ley. También advierte a los jueces sobre la dudosa intención con que sus adversarios han promovido una acción pública o criminal contra Teopompo, en lugar de una acción privada y hace ver que, en lo que a los bienes propios del huérfano respecta, no ha incurrido en ninguna falta y, en lo relativo a la herencia de Hagnias, resulta inverosímil que llegara a un acuerdo con su hermano o con su sobrino para compartir la fortuna. La comparación entre el patrimonio personal del huérfano y el de Teopompo queda como última argumentación del discurso, ya que su final no ha sido conservado.
Parece ser que este discurso no cerró la lucha por la herencia de Hagnias. Contra Macártato, falsamente atribuido a Demóstenes, permite conocer los hechos posteriores: Teopompo ganó este juicio y a su muerte su herencia pasó a su hijo Macártato, pero Filómaca entregó a su hijo Eubúlides (III) en adopción póstuma a su padre (Eubúlides (II)), y así, el padre natural del niño, Sosíteo, acudió nuevamente a los tribunales reivindicando la herencia para Eubúlides (III), en su nueva condición de hijo de primo hermano del difunto.

Iseo: Sobre la herencia de Apolodoro.



Los hermanos Éupolis, Mnesón y Trasilo habían heredado de su padre una gran fortuna. El segundo murió sin descendencia, mientras que Apolodoro, hijo de Trasilo, quedó a la muerte de su padre bajo la tutela de su tío Éupolis. Éste, aprovechándose, privó a Apolodoro de la mitad correspondiente de la fortuna de Mnesón y malversó su patrimonio. Al casarse de nuevo la madre de Apolodoro, su esposo, Arquedamo, ayudó al muchacho en su mayoría de edad a litigar por sus derechos, logrando la condena de Éupolis en dos juicios: en uno recibió la parte heredada de Mnesón; y tres talentos como indemnización en el otro.
Tiempo después, cuando Apolodoro perdió a su único hijo, decidió adoptar a su sobrino, Trasilo (II), hijo de su hermanastra (tenida por su madre de Arquedamo). Lo inscribió así en su génos y en su fratría, pero murió antes de poder inscribirlo en el registro del demo. Sin embargo, los miembros del demo, conociendo estos hechos, inscribieron a Trasilo (II) a pesar de las protestas de la familia de Éupolis.
Una hija de éste (y por tanto prima de Apolodoro), reclamó la adjudicación de la herencia, considerando que la adopción no se había completado. Trasilo (II) pronuncia para este juicio el discurso que nos ocupa.
Tras llamar la atención sobre la inconveniencia de reclamar una adopción hecha en vida y justificar el procedimiento legal escogido, el orador expone en un clarificador resumen todos los antecedentes del caso. Al mismo tiempo, entrelazados con los hechos, aparecen sus argumentos: la enemistad de Apolodoro con su tío Éupolis y su amistad con Arquedamo justifican la adopción de Trasilo (II); la validez de la misma queda asegurada por los miembros del demo de Apolodoro, conocedores de la voluntad del difunto; validez confirmada por la actitud de otros familiares de Éupolis, pues Trasibulo (hijo de otra hija de Éupolis) no reclama nada y da por válida la adopción. Como es habitual, se comparan las bondades personales y la generosidad cívica de Trasilo (II) y Apolodoro frente a la perversidad de sus adversarios.
Es difícil fechar con exactitud este discurso. Como se menciona el sistema de sinmorías, sería posterior a esta reforma de la trierarquía (de la que no se tiene constancia hasta 357-356 aC). Se alude también a una fiesta ateniense celebrada en Delfos; si el discurso se hubiese celebrado en un año pítico, nos situaría en 354-353 aC o 350-349 aC. En general, los estudios se quedan con la fecha de 355 aC.

Iseo: Sobre la herencia de Menecles



Menecles, viudo y sin hijos, se casó en segunda nupcias con la hija de su difunto amigo Epónimo. Tampoco tuvo hijos con esta segunda esposa, así que para no privarla de descendencia se separó de ella amistosamente, permitiendo que fuera entregada a otro hombre. Dada su avanzada edad y su soledad, adoptó como hijo a otro hijo de Epónimo.
Menecles murió años después, y su hermano, alegando la nulidad de la adopción (según él, realizada por influencia de la segunda esposa), reclamó la herencia. El heredero presentó entonces como testigo a su suegro, Filónides, para el proceso de protesta (diamartyría): el demandante debe demostrar el falso testimonio del testigo, de tal forma que así niegue la existencia de un hijo adoptivo, y tenga abierto el acceso a la herencia por vía judicial. Así pues, el hermano de Menecles atacó a Filónides, acusándole de falso testimonio: sostiene que la adopción no es válida porque se hizo bajo el influjo de una mujer que, además, ni siquiera era esposa legítima, pues sus hermanos no habían entregado la dote.
El presente discurso, pronunciado por el hijo adoptado por Menecles, defiende a su testigo y, por tanto, en último término defiende su legítima posesión de la herencia. Tras alegar que su hermana fue entregada en matrimonio con una dote de veinte minas, cantidad restituida tras el divorcio, el orador trada de demostrar la legalidad de su adopción: su hermana no influyó en la decisión de Menecles, pues para entonces ya estaba casada y con dos hijos; la adopción está justificada por la soledad y avanzada edad de Menecles y por su estrecha relación con la familia de Epónimo; se cumplieron todos los requisitos legales, incluyendo la introducción en la fratría y la inscripción en el nuevo demo; durante los veintitrés años en que Menecles sobrevivió a la adopción, nunca nadie objetó nada, y los juramentos intercambiados con sus parientes demuestran su aceptación.
Iseo enfoca el discurso en una dirección que permita alcanzar los sentimientos íntimos de los jueces: el aspecto religioso de la adopción y el carácter sagrado de la relación paternofilial. De esta forma, se contrasta la acusación hacia el demandante por irreverencia y falta de respeto contra los dioses familiares con la presencia del heredero de Menecles para defender la memoria y el nombre de su padre (y no para reivindicar su fortuna). Se resalta el hecho de que el hermano de Menecles no sólo obtendría la fortuna (que ya le había sido negada años atrás), sino que conseguiría además privar a éste de perpetuar su nombre y su casa. El heredero, en cambio, había cuidado de Menecles durante años, y a su muerte realizó los ritos oportunos.
Para fechar esta obra aparece una indicación velada sobre la participación del hijo adoptivo y de su hermano en la expedición de Ifícrates a Tracia. Ésta parece ser de la expedición mercenaria del 383 aC, y por tanto la adopción hubiera tenido lugar hacia 378 aC. Añadiendo los veintitrés años hasta la muerte de Menecles, el discurso sería pronunciado aproximadamente en 354 aC.

Iseo: Sobre la herencia de Pirro



A la muerte de Pirro, reclama la herencia Endio, uno de sus sobrinos, que había sido adoptado por el finado en sus últimas disposiciones. Le fue adjudicada y disfrutó de ella durante más de dos décadas sin oposición de nadie. Pero al morir también sin descendencia y no poder disponer en testamento de su herencia (sólo podían testar los hijos legítimos que no tuvieran hijos legítimos varones), los bienes debían retornar a la casa de su antiguo dueño y ser reivindicados por el pariente más próximo de Pirro.
Alegando tal condición reclaman la herencia dos partes enfrentadas: por un lado el otro sobrino de Pirro, en nombre de su madre (son el hermano y la madre de Endio, pero la reclamación se realiza por su cercanía a Pirro); y por la otra parte un tal Jenocles, en representación de su esposa File, quien decía ser hija legítima de Pirro. Los testigos que demostrarán su legimtimidad serán, además del propio Jenocles, Nicodemo (tío de File) y tres tíos de Pirro.
El hermano de Endio responde con una acción por falso testimonio contra Jenocles, que resulta condenado. La herencia es adjudicada a la hermana de Pirro, pero su hijo, no contento con esta victoria, emprende otra acción por falso testimonio, esta vez contra Nicodemo, quien había declarado haber entregado a su hermana en matrimonio a Pirro. A esa acusación corresponde el presente discurso de Iseo.
El autor presenta como primer argumento la condena de Jenocles en el juicio anterior: si él y Nicodemo declararon sobre los mismos hechos y uno fue condenado por falso testimonio, el otro debe serlo también. Esta circunstancia le permite construir un discurso reiterativo en exceso, que prescinde del exordio habitual y de la invocación final de los jueces y cuyos argumentos se basan en presunciones y probabilidades. El objetivo es claro: demostrar que Nicodemo ha mentido sobre la legalidad del matrimonio de Pirro y la madre de File, lo que probaría que ésta no es legítima y, por tanto, no tiene derecho a la herencia. El orador comienza intentando demostrar que no hubo matrimonio, alegando la falta de una dote que hubiera debido entregar Nicodemo, la actitud más propia de una cortesana que de una esposa legítima, la escasez de testigos en la presunta ceremonia e, incluso, la posible extranjería de Nicodemo.
En la segunda parte del discurso, invierte la argumentación: si demuestra que File no era legítima, resultaría evidente que su madre y Pirro no estaban casados, y por tanto que Nicodemo había mentido. Pero de nuevo, a falta de pruebas sólidas, presenta como argumento el comportamiento de los implicados, que resultaría difícil de creer en caso de que File fuera legítima: ¿Por qué no tomó posesión de la fortuna de Pirro, en lugar de presentar por medio de Jenocles una demanda de adjudicación judicial? ¿Por qué Nicodemo permitió que Endio entregara a su hermana en matrimonio con una dote propia de una concubina y no de una hija legítima? ¿Por qué la aceptó entonces Jenocles y lo consintieron los tíos de Pirro? De hecho, de haber sido File hija legítima, a la muerte de Pirro se hubiera convertido en epiclera (una suerte de «conductora» de la herencia que debía casarse con un miembro de la familia del padre), y para que Endio reclamase la herencia de su tío debía haberse casado con ella, pues herencia y epiclera eran inseperables según las leyes atenienses.
Por lo que respecta a la fecha de pronunciación del discurso, es difícil dar algo por sentado. La mención de dos personajes conocidos en Atenas permiten acercarse a un amplio margen, comprendido entre 357 aC (siendo trierarca Doroteo de Eleusis) y 344 aC (fecha en que aún estaba vivo Diofanto de Esfeto).

Iseo: En defensa de Eufileto.

Se trata únicamente de un amplio fragmento transmitido, junto a su argumento, por Dionisio de Halicarnaso. Lo excepcional de la obra es que, único caso de las conservadas de Iseo, no se trata de una causa de herencia.
Eufileto, hijo de Hegesipo, fue borrado de la lista de ciudadanos por votación de sus compañeros de demo (el de Erquia), con motivo de una revisión general del censo. El asunto se sometió a dos arbitrajes públicos sucesivos (probablemente el segundo tuvo lugar como consecuencia de la muerte del primer árbitro), y ambos árbitros dictaminaron contra el demo. Después de dos años de preliminares y sin que sus compañeros demotas aceptaran la resolución, Eufileto apela a los tribunales en un proceso privado. Cargaba así, decidido a no convertirse en meteco, con el mismo riesgo que los acusados por usurpación de ciudadanía: ser vendido como esclavo y perder sus bienes si su apelación fracasara.
El discurso es pronunciado por un medio hermano de Eufileto, hijo del primer matrimonio de su padre Hegesipo. Sus adversarios mantenían que, aunque hijo de una ciudadana, su padre había sido un extranjero, y Hegesipo lo había reconocido al casarse con su madre. El orador pretende que tal acusación es fruto del odio de algunos miembros del demo, y expone, con fuerza y precisión, diversos argumentos y testimonios de numerosos testigos del origen legítimo de Eufileto.
Para conocer la fecha del discurso, podemos servirnos del dato sobre el censo. Una revisión del censo de los demos fue ordenada por decreto durante el arcontado de Demófilo (346-345 aC). Si se acepta que este decreto da pie al proceso que nos ocupa, y teniendo en cuenta que los arbitrajes públicos llevaron dos años, el discurso tal vez se pronunciara en 344-343 aC. Esta datación implicaría que Iseo continuó produciendo discursos hasta fecha bastante tardía, lo que hace dudar de la autoría a algunos estudiosos.


Biblioteca personal.

Tengo un libro de este orador, en mi biblioteca personal, traducción y notas de M. ª D. Jiménez López. Revisada por F. Cortés Gabaudan.


Itsukushima Shrine.

  

¿Cómo era España en tiempos del Quijote?

Principio del fin del Imperio.

En 1605 y 1615, Juan de la Cuesta completaba en su imprenta la edición de las dos partes del 'Quijote'. Las andanzas del hidalgo cosecharon un gran éxito en una España que, bajo Felipe III, comenzaba a ver cómo se ponía el sol en el horizonte imperial.
Primera parte de "El Quijote" (1605) conservada en la Biblioteca Nacional, Madrid. 

EFE
M. Pilar Queralt del Hierro.
11/01/2024

La España que vio nacer al Quijote fue la de Felipe III, un país que contemplaba impotente el principio del fin del Imperio mientras padecía las consecuencias de una dramática crisis económica. La Corona y la corte parecían vivir de espaldas a la realidad, envueltas en una espiral de lujo, corrupción y falta de iniciativa política.
Ya durante el reinado de su padre, el entonces príncipe Felipe, joven de poco carácter y profundo misticismo, se había mantenido al margen de los asuntos de Estado. No era de extrañar, pues, que una vez en el trono, en 1598, cediera el poder al que sería el primero de sus validos, Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, duque de Lerma. A este le seguiría, en los 23 años que duró el reinado, su hijo, el duque de Uceda.

¿Era el duque de Lerma tan corrupto como se lo pintó?

La instauración de la figura del valido es una de las características no solo del gobierno de Felipe III, sino también del de sus sucesores, Felipe IV y Carlos II. Su origen no es otro que la paulatina privatización –por decirlo en términos modernos– de determinadas competencias de la Corona, causada, ya en el reinado de Felipe II, por la necesidad de reducir el gasto público.

La política en el Quijote

Imperio en crisis
“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda...”.
I, Cap. I. Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha.
Esta delegación de poderes acabaría por pasar al terreno político mediante la figura del valido, un personaje que gozaba de la amistad y confianza del rey y que, si bien nunca obtuvo estatuto jurídico, supervisó los Consejos de Estado, actuó como consejero real y organizó la burocracia estatal.
Cercano en sus funciones a lo que hoy sería un primer ministro, el problema fue que, en el caso de Felipe III, tanto el duque de Lerma como el de Uceda se preocuparon más de aumentar su peculio personal que de afianzar el entramado político que salvara al Imperio de una ruina que se adivinaba inmediata.

La crisis económica.

La vulnerabilidad de la Corona obedecía, ante todo, al estado de la hacienda pública. Pese a que la política pacifista seguida en los primeros años del reinado de Felipe III significó un importante ahorro financiero, resultó imposible salvar las arcas reales de la bancarrota. El erario público se consumía tanto en el gasto superfluo de la corte como en las arcas personales de los hombres de confianza del rey.
La situación llegó a ser tan insostenible que, a principios del siglo XVII, vista la ineficacia de medidas como la venta de cargos públicos o la acuñación de monedas de cobre, se optó por declarar la quiebra parcial de la hacienda pública. Todo empeoró con acciones como la expulsión de los moriscos en 1609, que contribuyó a agravar la crisis agrícola y artesanal de Valencia, Murcia, Andalucía y parte de Castilla y Extremadura, donde estos desempeñaban su trabajo.
La situación no era ajena a la gran crisis económica europea del nuevo siglo, pero lo cierto es que provocó el descontento de las clases más desfavorecidas, que no dudaron en alzarse contra la Corona y provocar la caída del valido y la de su acólito, don Rodrigo Calderón, marqués de Sieteiglesias.
El monarca, sin embargo, realizó una hábil jugada con la que pretendió contentar a su pueblo sin prescindir del consejo de sus fieles: con la excusa de una presunta confabulación palaciega, destituyó a Lerma y le sustituyó por su hijo, el duque de Uceda.

Mirando hacia Europa

Tras un siglo de confrontaciones interminables, Felipe III había conseguido firmar la paz con Inglaterra y con Francia tras la muerte de Enrique IV. Es más, ante la imposibilidad de conseguir una paz con los Países Bajos, que pasaba por las pretensiones independentistas de los territorios flamencos, se estableció una larga tregua, la de los Doce Años, con el propósito de recuperarse moral y económicamente de la sangría de las guerras de Flandes.

La sociedad en el Quijote.

Hidalguía y prejuicios de casta.
“¡Gran merced! –dijo Sancho–; pero sé decir a vuestra merced que, como yo tuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo comería en pie y a mis solas como sentado a par de un emperador. Y aun, si va a decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón, sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo.”
I, Cap. XI. De lo que sucedió a don Quijote con unos cabreros.
Pero la política de Uceda implicaría la intervención española en la guerra de los Treinta Años, que dio al traste con la línea de pacificación exterior del soberano y agudizó las carencias económicas del país. Motivos religiosos y dinásticos convertían a la Corona española en el aliado natural del emperador Fernando II de Habsburgo –católico y tío del rey– e, irremediablemente, la monarquía española hubo de implicarse en la contienda.
El resultado, además, fue extraordinariamente beneficioso para las tropas imperiales, ya que a los ejércitos españoles se debió una de las mayores victorias del Imperio: la de la Montaña Blanca, que supuso el fin del gobierno protestante en Bohemia.

Divertirse en sociedad

Mientras tanto, ¿cómo se entretenía la España del siglo XVII? La vida social conocía fundamentalmente dos formas de diversión: el teatro y los toros. La primera se representaba en corrales de comedias; los toros, en espacios o plazas que se cerraban para la corrida. La fiesta comenzaba por la mañana con el encierro y por la tarde con la lidia, siempre a caballo. Se mataban un promedio de doce toros.

La cultura en el Quijote.

Esplendor artístico
“...Así como se consiente en las repúblicas bien concertadas que haya juegos de ajedrez, de pelota y de trucos, para entretener a algunos que ni tienen, ni deben, ni pueden trabajar, así se consiente imprimir y que haya tales libros, creyendo, como es verdad, que no ha de haber alguno tan ignorante que tenga por historia verdadera ninguna destos libros”.
I, Cap. XXXII. Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla de don Quijote.
Los jóvenes, por su parte, solían practicar el juego de pelota, y las damas se enfrascaban en largas partidas de ajedrez. Las tertulias también eran una forma de relación social frecuente. Se celebraban en casas particulares, en las llamadas Academias cuando tenían fines literarios o en determinados lugares públicos, como las gradas de las iglesias, que acababan por convertirse en animados mentideros donde, a falta de prensa, se aireaban las intimidades de la vida social y política.
Además, se jugaba a los naipes, aunque tal actividad no gozaba de prestigio social. Por el contrario, llegó a prohibirse durante el reinado de Felipe III, pero lo que se consiguió fue que se practicara clandestinamente.

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