Bibliotecas y mi colección de libros

martes, 22 de marzo de 2016

Las estampas de don quijote y sancho


Luis Alberto Bustamante Robin; Jose Guillermo Gonzalez Cornejo; Jennifer Angelica Ponce Ponce; Francia Carolina Vera Valdes;  Carolina Ivonne Reyes Candia; Mario Alberto  Correa Manríquez; Enrique Alejandro Valenzuela Erazo; Gardo Francisco Valencia Avaria; Alvaro Gonzalo  Andaur Medina; Carla Veronica Barrientos Melendez;  Luis Alberto Cortes Aguilera; Ricardo Adolfo  Price Toro;  Julio César  Gil Saladrina; Ivette Renee Mourguet Besoain; Marcelo Andres Oyarse Reyes; Franco Gonzalez Fortunatti; 
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 Después de un tiempo de silencio voy a retomar estas páginas de bibliofilia con un libro que compense la gentileza de dejarse caer por aquí. Hace unas semanas numerosos voluntarios se sucedían durante varias horas en el Círculo de Bellas Artes de Madrid leyendo en público el Quijote. Como de tantas otras cosas, no tengo opinión sobre esta liturgia que todos los años, desde hace quince, coincidiendo con el día del libro, inaugura el escritor galardonado con el premio Cervantes. Por una parte, motivos mucho más indignos vemos constantemente en celebraciones mucho más publicitadas. Por otra, sin embargo, no es difícil sentirse desbordado por la imagen social de este libro y de su autor. Durante mucho tiempo, si hubo un libro que fuera, por encima de cualquier otro, “el libro”, fue la Biblia. Es posible que hoy, en una sociedad mucho menos preocupada por la religión, “el libro”, en nuestra cultura, sea el Quijote. No es sencillo deslindar cuánto de esto se debe directamente a su lectura espontánea y cuánto a su presencia pública: nombres de premios, ceremonias, institutos culturales, bibliotecas institucionales, nombres de calles, plazas, estatuas, imágenes de sellos, de monedas, lecturas educativas... son una muestra suficiente. Pero detrás de todo ello hay una historia menos solemne. Basta recordar que el 23 de abril es el día del libro en buena parte porque en 1616, en la soledad de su parroquia madrileña, un clérigo anotó en el registro de defunciones de aquel día el nombre de Miguel de Cervantes Saavedra, un hombre que vivía en la calle del León y se había ganado la vida de mil maneras. Meses atrás un contemporáneo le había descrito con simplicidad: era viejo, soldado, hidalgo y pobre. Cuatro días antes de aquel 23 de abril, ese hombre envejecido todavía había podido escribir la dedicatoria de su último libro: “ayer me dieron la extrema unción y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”. No resulta fácil conciliar estas sencillas palabras tan conmovedoramente humanas, el recuerdo de quien las escribió y la certeza de que probablemente casi nadie le recordaría si hubiera muerto antes de los 56 años, con la imagen simbólica que de él y de su obra frecuenta ahora nuestra vida cotidiana. Pero así son las cosas en esta sociedad tan fuertemente icónica. Veamos cómo era esa imagen en otro tiempo.


Luis Bustamante Robin


Luis Bustamante Robin

Luis Bustamante Robin

Luis Bustamante Robin

Luis Bustamante Robin




CERVANTES SAAVEDRA, Miguel de, Vida y hechos del ingenioso cavallero Don Quixote de la Mancha, compuesta por Miguel de Cervantes Saavedra. Nueva edición, corregida y ilustrada con 32 differentes estampas muy donosas y apropriadas a la materia, Amberes, por Juan Bautista Verdussen, 1697.
 Volumen I: Primera parte, [20], 611, [Tabla de los capítulos: 5] páginas, 16 grabados. Portada con emblema del impresor, precedida de otro grabado como frontispicio. Incluye el prólogo al lector, los poemas preliminares, la aprobación de la edición valenciana de 1605 y la suma del privilegio para su impresión otorgado por Carlos II a Henrico Verdussen. Carece de la dedicatoria al duque de Béjar. 
 Volumen II: Segunda parte, [16], 649, [Tabla de los capítulos: 7] páginas, 16 grabados. Portada con emblema del impresor precedida de frontispicio formado por un grabado preliminar. Incluye el prólogo al lector, las aprobaciones de Márquez Torres, Gutierre de Cetina y Joseph de Valdivielso, y la suma del privilegio concedido a los Verdussen. Omite la dedicatoria al conde de Lemos. 
 Octavo mayor (180 x 118 mms). Pergamino original, con nervios (en el lomo de cada volumen, rotulado a tinta: Don Quixote de la Mancha, Par[te] I / Par[te] II). Contiene, sobre las guardas de ambos volúmenes, signaturas a tinta de dos antiguos propietarios: “Ex libris Caroli Josephi, comitis de Morzin, Romae, a.1720”; “J.P.Kimball, Berlín, 1858”. La primera de ellas aporta una cronología relativa para la encuadernación.





Estos dos volúmenes contienen la primera serie completa de imágenes que ilustró el texto del Quijote en español. No es raro encontrar comentarios despectivos sobre ellas en la bibliografía antigua. Salvá o Rius las consideraron toscas, y se puede comprender si se piensa en las bellas ilustraciones que acompañan las lujosas ediciones de Tonson o de Ibarra. Pero éstas ya pertenecen a una época en la que el Quijote se leía y se valoraba de otra manera, y como tal se ilustraba. Porque durante muchos años el Quijote fue leído como un sencillo libro de entretenimiento, e ilustrado de forma equivalente, sin una particular voluntad artística. Íntegramente por primera vez en 1657, en la traducción al holandés publicada por Jacob Savery en Dordrecht. Cinco años después, por primera vez en castellano, por Juan Mommaert en Bruselas. Esa primera edición ilustrada del Quijote en su idioma original unificaba las dos partes bajo un mismo título (“Vida y hechos...”), dividía la segunda en cuatro libros, a imagen de la división original de la primera, y sobre todo, copiaba los dos frontispicios y 16 de las 24 estampas incluídas en la edición holandesa. En 1669 los herederos de Mommaert vendieron el privilegio a los Verdussen, impresores de Amberes, continuadores del antiguo taller de Martín Nucio. En 1672 (parte segunda) y 1673 (parte primera), Gerónimo y Juan Bautista Verdussen sacaron de las prensas una nueva edición “ilustrada con 32 diferentes estampas muy donosas”, que reaprovechaba las 18 planchas de los grabados de 1662 y añadía otros 16 de mayor calidad realizados por Frederik Bouttats: la mitad de ellos tomados, pero no copiados, de los episodios ilustrados en la edición de Savery que Mommaert había desestimado; la otra mitad, nuevos. Con ello se fijaba de forma definitiva una selección de episodios ilustrados y una forma concreta de ilustrarlos, -lo que se ha dado en llamar el modelo iconográfico holandés-,  cuya influencia se extendió a casi todas las ediciones del Quijote realizadas en los principales idiomas de Europa durante varias décadas, también a las españolas, como se puede observar ya desde la primera edición ilustrada en España, publicada en 1674 con grabados de Diego de Obregón. Los Verdussen volvieron a imprimir el libro, con las mismas estampas, en 1697 y 1719. La edición de 1697 se conoce en dos emisiones, una con la marca de Henrico y Cornelio Verdussen en la portada y la otra, como en este caso, con la marca de Juan Bautista Verdussen. En la edición de 1719 algunas de las planchas parecen haber sido levemente repasadas por mano experta para mantener su expresividad después de un uso continuado. Estas ediciones flamencas del Quijote fueron durante varias décadas las que de mayor calidad ofrecía el mercado del libro y circularon con profusión en los territorios de habla hispana. Ya entrado el siglo XVIII fueron relegadas por nuevas ediciones que renovaron la imagen del Quijote: la edición londinense de Tonson, 1738, inseparable de la fuerte presencia del libro en la literatura inglesa del siglo XVIII, todas las que en varios idiomas incluyen grabados basados en la obra de Coypel, las españolas de Ibarra (1771) y Sancha (1777), todavía parcialmente deudoras del modelo holandés, o la gran edición promovida por la Real Academia, impresa por Ibarra en 1780. Todas ellas, y también muchas otras, pueden ser consultadas en detalle gracias al creciente banco de imágenes que gestiona el Centro de estudios cervantinos. Desde entonces, numerosos ilustradores han ido imaginando el Quijote, y enriqueciendo la forma en la que sucesivas generaciones de lectores se han enfrentado al libro. La ilustración de un texto literario puede parecer a veces una circunstancia muy secundaria, pero en la sensibilidad del lector no es difícil que acabe asociada a la memoria que conserva del libro. Personalmente, si pienso en Guillermo Brown o en Alicia, me resulta muy difícil abstraerme de las ilustraciones de Thomas Henry o de John Tenniel, e imagino que estas sencillas ilustraciones pudieron suponer algo parecido para los lectores que en el siglo XVII se encontraron  ilustrado este libro por primera vez.


De la graciosa manera que tuvo Don Quijote de armarse caballero, I.3.

Don Quijote acude al rescate de un muchacho azotado, I,4.
Don Quijote con los mercaderes, I, 4.
La aventura de los molinos de viento y el combate con el vizcaíno, I, 8.
El cuento de Marcela y Grisóstomo, I, 13.
Don Quijote y Maritornes, , I, 16.
Manteamiento de Sancho, I, 17.
La aventura del cuerpo muerto, I, 19.
La liberación de los galeotes, I, 22.
El ataque de locura de Cardenio, I, 24.
La imitación de Amadís y Orlando en Sierra Morena, I, 25.
 Aventura de la albarda y el yelmo, I, 45.
Historia de Dorotea y Don Fernando, I, 36.
Don Quijote atado del brazo por Maritornes, I, 43.
 Aventura de la princesa Micomicona, I, 30.
Aventura de los disciplinantes, I, 52
La industria de Sancho para encantar a Dulcinea, II, 10.
La carreta de "Las Cortes de la Muerte", II, 11.
El combate con el caballero del bosque, II, 14.
La aventura de los leones, II, 17.
Don Quijote se adentra en la cueva de Montesinos, II, 22.
La aventura del retablo de maese Pedro, II, 26.





La aventura del rebuzno, II, 27.
El viaje de Clavileño, II, 41.


Encantamiento de Altisidora, II, 69.

El viaje de Clavileño, II, 41.
La historia de Doña Rodríguez, II, 48.

Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho Panza, II, 53.

 Que trata de la aventura de la cabeza encantada..., II, 62.

La derrota de Don Quijote, II, 64.


  En la actualidad, y sobre todo desde el cuarto centenario del Quijote, estas ediciones flamencas  ilustradas han vuelto a ser bastante apreciadas en el mercado del libro antiguo. Este ejemplar procede de una librería escocesa. Conserva manuscritas dos notas antiguas de propiedad. La primera de ellas sitúa el libro en Roma en 1720, aparentemente en la biblioteca de Karl Joseph Franz Morzin. La segunda en Berlín, en 1858, en manos de un propietario que no he identificado y dudo que pueda hacerlo. Algunas páginas conservan breves notas de lectura a lápiz en francés, que no me he decidido a borrar. Después ha pasado por Glasgow, ahora para en mi biblioteca y espero que un día alguna de mis hijas sepa valorarlo. Si no, no faltará algún bibliófilo que lo haga. En Annie Hall, Woody Allen o su personaje decía que la vida se divide entre lo horrible y lo miserable: creo recordar que lo horrible eran las enfermedades, la muerte... y lo miserable, todo lo demás. Aún cuando se pueda estar bastante de acuerdo con ello, podemos pensar que no es totalmente cierto después de pasar un rato viendo esa misma película, escuchando el nocturno 20 de Chopin, olvidando el tiempo ante el Mar glacial o la Anunciación de Cestello o abriendo las páginas de cualquier edición de este libro irrepetible para leer la fascinante historia que imaginó un hombre ya mayor, hidalgo, soldado y pobre, que vivió una intensa vida, no muy afortunada.


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