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Libro de Proverbios, 8 20, de la Biblia. "Yo camino por la senda de la justicia, por los senderos de la equidad."

lunes, 31 de enero de 2011

8.-Heráldicas de las Indias Occidentales Españolas.-a

Diccionario panhispánico de dudas.
2.ª edición (versión provisional)

Indias Occidentales.

1. Nombre dado en los primeros tiempos al continente americano, en contraposición a las Indias Orientales, situadas en el sureste de Asia: «De Sevilla salían todos los barcos con destino a las Indias Occidentales» (Bonfil Simbiosis [Méx. 1993]). También se ha empleado, ocasionalmente, para designar el conjunto formado por las Bahamas, las Antillas Mayores y las Antillas Menores, uso influido en la actualidad por la denominación inglesa West Indies y admisible siempre que no haya posible confusión con la denominación tradicional de todo el continente: «La isla de Granada, situada frente a las costas de Venezuela, forma parte del grupo de las Indias Occidentales británicas» 

Indias Orientales:     Indias Orientales, concepto más común.     Concepto amplio, incluye al Indostán o India.Indias Occidentales:     Indias Occidentales, concepto más común.     Concepto amplio, incluye a la América continental.

Como Indias, se conocieron, hasta entrado el siglo xix, varias regiones de Asia y América. El término fue introducido en Europa por Marco Polo, ya que atravesó el Sur y Sudeste de Asia a la vuelta de su segundo viaje.

Concepto original.

Los territorios conocidos por este nombre incluían no solo la actual India dentro de la región del Indostán, sino también las regiones de Indochina e Insulindia, es decir, el grueso de las regiones denominadas actualmente Subcontinente indio y Sudeste asiático.
El término se popularizó hacia el siglo xiv, en que marinos y comerciantes europeos se abocaron a la exploración de estas regiones con fines mercantiles, centrados en especial en las especias, el algodón y el índigo, o materiales de joyería (diamantes, rubíes, perlas, corales, marfil), maderas finas como el sándalo, la teca, el ébano, la caoba etc.
El Mar de las Indias era el antiguo nombre dado al océano Índico.

Confusión con el término tras el descubrimiento de América por España en 1492

En la Europa del siglo xv se ignoraba la existencia del continente americano, por eso las teorías que pregonaban la redondez de la tierra señalaban que uno podía llegar a «Las Indias» (India y países de Oriente), navegando hacia Occidente y así obtener los productos valiosos como las sedas, perfumes y piedras preciosas, otras especias como el clavo de olor, la pimienta y la canela, especias muy importantes para los europeos que les daba mejor sabor a las comidas y que debían traerse de Oriente.
Tras el descubrimiento de América por España en 1492, se tomó inicialmente el territorio como parte de aquella región asiática, una confusión que no se desharía hasta que los estudios del cartógrafo florentino Américo Vespucio, al servicio de España, demostraran concluyentemente que se trataba de un nuevo continente. A pesar de ello la ambigüedad del nombre perduró por más de 300 años, llamándose Indias tanto a América1​ como a las regiones de Asia. Para distinguirlas se usó Indias Occidentales para el territorio americano2​ e Indias Orientales para los territorios asiáticos mencionados. Huella de este uso, hoy obsoleto, se conserva en la extendida denominación de «indios» para los indígenas de América.
Así pues, se aplicó este nombre a un continente que venía a estar casi en las antípodas de las verdaderas Indias. No es el único error de los exploradores, también el océano Pacífico, por el particular contorno de Panamá, era apelado "Mar del Sur".

Los columnarios son un tipo de monedas de plata de la denominación del real español que fueron acuñadas por la Monarquía hispánica y sus territorios de América entre los años 1732 hasta 1773 cuando fueron reemplazados por las monedas de busto; se acuñaron sobre todo en las cecas de México, Potosí y Lima, aunque también en las demás cecas americanas como Guatemala, Popayán, Bogotá y Santiago de Chile.


Descripción


El columnario es un tipo de moneda y no una nueva unidad monetaria que se utilizó como denominación mayor para los columnarios el real de a 8, subdividida en cuatro reales, dos reales, un real y medio real, siendo los columnarios los más conocidos reales españoles que circularon por el mundo, debido en parte a tener un acabado y calidad muy superior a las antiguas monedas macuquinas.




Reverso

El reverso del columnario mostraba un dibujo característico: dos globos terráqueos representando a los hemisferios oriental y occidental con una corona real encima de ambos; debajo de los dos globos aparecía un dibujo de olas marinas (representando al mar que separaba Europa y América); aparecía una columna coronada a cada lado de los globos (por lo cual las monedas tuvieron el nombre de columnarios) representando las Columnas de Hércules; cada columna era ceñida con una banda llevando el lema "PLVS VLTRA" (lema nacional de España que significa en latín "más allá"); en el borde superior del anverso aparecía la leyenda "VTRAQUE VNUM" que en latín significa "ambos son uno" resaltando la unidad entre los territorios de la Imperio español en cada hemisferio; en el borde inferior aparecía el año de emisión y las marcas de la ceca.

Anverso

El anverso de la moneda mostraba el nombre del monarca español en latín seguido de la leyenda (también en latín) "D[EI] G[RATIA] HISPAN[IARUM] ET IND[IARUM] REX" que significa "por la gracia de Dios Rey de las Españas y de las Indias"; a la izquierda aparecían las iniciales del ensayador y en el centro el escudo de España en gran tamaño con una corona real encima; para evitar falsificaciones o cercenamientos el canto de la moneda tenía grabadas unas hojas de laurel en gran detalle.

La moneda columnaria fue reemplazada paulatinamente, a partir de 1771, por la llamada "de busto", por tener el del monarca en turno en el anverso.



2 ESCUDOS
Anverso

PHILIP V D G HISPAN ET IND REX 1732 (Felipe V por la gracia de Dios rey

 de las Españas y de las Indias) alrededor de un busto del rey a derechas.

Reverso

INITIUM SAPIENTIAE TIMOR DOMINI J (ensayador)  (ceca) 

(ensayador) (el principio de la sabiduría es el temor de Dios) alrededor 

de un escudo coronado de castillos y leones con escusón de los Borbones.


  

Las Indias Occidentales se refiere, comúnmente, a las islas del Caribe denominadas Antillas y Lucayas. La aplicación de Indias Occidentales a esta región es, según la RAE, «admisible siempre que no haya posible confusión con la denominación tradicional de todo el continente», aunque precisa que es uso influido por la denominación inglesa West Indies. Por tanto, originalmente se aplicó a América, aunque con este valor es un arcaísmo.

Originalmente, el nombre fue aplicado a las posesiones europeas en los nuevos territorios descubiertos y por descubrir por ellos en América desde la llegada de Cristóbal Colón en 1492, quien, por lo demás, desconocía que en su viaje había llegado a otro continente, en lugar de a las Indias. De aquí deriva el título de Rey de las Islas y Tierra Firme del mar Océano, o bien de las Indias, que por tradición histórica está vinculado a la monarquía española.
Con el avance de exploración y la cartografía del llamado Nuevo Mundo por España, las más alejadas costas de Asia oriental fueron llamadas "Indias Orientales" para distinguirlos de las nuevas tierras descubiertas más próximas al oeste, y que se denominaron Indias Occidentales. Las exploraciones y los estudios de cartografía extendieron la denominación de América en Europa para designar popularmente las nuevas tierras descubiertas. No obstante, del término Indias derivaron indio e indiano, relacionados con el continente americano.

Territorios

Al estar el término Indias Occidentales ligado a la colonización europea de América, la mayoría de reinos colonizadores circunscribieron el concepto al Caribe, por lo que en otros idiomas diferentes al castellano, Indias Occidentales y Caribe son sinónimos. Una relación de los territorios de Indias puede ser la siguiente:

Antillas:

  • Indias Occidentales Neerlandesas.
  • Antillas Francesas (actual Haití, Martinica, San Bartolomé y Guadalupe).
  • Indias Occidentales Danesas.
  • Antillas Españolas (actual Cuba, República Dominicana y Puerto Rico).
  • Indias Occidentales Británicas.
Indias occidentales danesas 4 daler, 1904-1905

Indias occidentales danesas 4 daler, 1904-1905

 Indias Occidentales británicas

 Indias Occidentales británicas


En un sentido menos potencias colonizadoras:

América del Norte y Central:

Virreinato de Nueva Francia.

América Británica (conjunto de provincias coloniales directamente gobernadas por el monarca británico, es decir, sin la presencia de un virrey).

Virreinato de Nueva España.

América del Sur:

Virreinato del Perú (más tarde tuvo el Virreinato de Nueva Granada y el Virreinato del Río de la Plata desmembrados de este último).

Estado del Brasil (después Virreinato del Brasil).

Guayana Británica.

Guayana Neerlandesa.

Guayana Francesa.


  

ICONOGRAFÍA TIPO CÓDICE EN LOS ESCUDOS DE ARMAS TEPANECAS.
María Castañeda de la Paz, Miguel Luque Talaván.

Se analizan aquí cinco escudos de armas que varios señores tepanecas solicitaron para sí o para su pueblo. En ellos la gente veía un reconocimiento de la Corona española hacia sus señores y la grandeza de éstos como conquistadores. Al mismo tiempo, la nobleza indígena mandaba un mensaje subliminal a su pueblo mediante la elección de varios elementos de su identidad.

Siguiendo un patrón prehispánico de conquista, donde las tropas del pueblo vencido se unían a las tropas del pueblo vencedor, muchos pueblos del Altiplano Central se sumaron a las huestes españolas en su camino desde la costa hacia el Centro de México. A cambio, esperaban obtener recompensas como la concesión de tierras y la exención de tributos. Pero el mundo había cambiado y en el nuevo contexto había que dirigirse a la Corona española para obtener dichas prerrogativas. La nobleza indígena tuvo entonces que adaptarse y aprender las formas castellanas para hacer su correspondiente solicitud. Viendo, además, que los conquistadores españoles eran recompensados con un escudo de armas, también solicitaron los suyos, tal como testimonian numerosas cartas y cédulas reales.

En el presente trabajo se analizan cinco escudos de armas que varios señores tepanecas solicitaron para sí o para su pueblo. Los argumentos en que se apoyaron para la correspondiente solicitud fueron siempre el de su participación o la de sus antepasados en la conquista, su verdadera conversión al cristianismo y su condición de nobles. Cuando se trataba del escudo para su altépetl (pueblo) se daban detalles de la labor de las tropas en ciertos eventos, o se exponía la importancia política del altépetl en el tiempo prehispánico. Si el altépetl llegaba a ser distinguido con un blasón significaba que dejaba de ser pueblo para adquirir el estatus de ciudad, o como en el caso de Coyoacan, de villa. Y es que para los españoles, mientras los indígenas eran los que vivían en pueblos, los españoles lo hacían en ciudades y villas, siendo estas últimas de un rango algo inferior a las ciudades.

La elite se dio entonces a la tarea de elaborar vistosos escudos. Los tepanecas sorprenden por su espectacular iconografía tipo códice, donde los dioses prehispánicos están presentes, a pesar de esa “verdadera” conversión a la fe cristiana. Esos dibujos se enviaron a la Corte española, que en caso de aceptar la petición, los copiaba para que fueran incorporados en las cédulas reales de concesión que se enviaban a la Nueva España. De otra manera, no se puede explicar cómo el pintor español iba a saber dibujar águilas o jaguares gritando “guerra”, cuchillos de pedernal, macanas, los atavíos del dios Otontecuhtli, el escudo o chimalli asociado a Xipe Tótec, entre otros elementos prehispánicos.

Castañeda de la Paz, María, y Miguel Luque Talaván, “Heráldica indígena. Iconografía tipo códice en los escudos de armas tepanecas”, Arqueología Mexicana núm. 105, pp. 70-75.

• María Castañeda de la Paz. Doctora en historia de América por la Universidad de Sevilla. Investigadora en el Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM.

• Miguel Luque Talaván. Doctor en historia por la Universidad Complutense de Madrid y profesor en esta misma universidad. Ambos autores preparan un libro sobre heráldica indígena.






Don Carlos y Doña Juana, su madre, etc...Por cuanto vos, Fernando de Tapia, natural de la Nueva España, hijo de Andrés de Tapia, nos habeis hecho relacion que el dicho vuestro padre nos sirvió en la toma de la dicha Nueva España en dar aviso a nuestros capitanes é Gobernadores que en nuestro nombre la fueron á conquistar é en todo lo demás que él pudo, como bueno é fiel servidor nuestro, é nos suplicastes é pedistes por merced que acatando los dichos servicios é porque de ellos quedase memoria, vos mandásemos dar por armas un escudo fecho dos partes, en esta manera: en la parte alta del dicho escudio media águila negra é medio tigre juntos, con tres plumas en las cabezas á colores en campo de oro, que son las armas que el dicho vuestro padre tenia por suyas propias; é en el otro medio escudo bajo unas aguas de mar azules é blancas, é por orla del dicho escudo ocho aspas de oro en campo colorado, é por timble un yelmo cerrado con un rollo torcido á colores, y encima la dicha media águila y el dicho medio tigre, con unos trascoles y dependencias á follages azules é colorados, ó como la nuestra merced fuese, etc. Dada en Madrid á 6 de Febrero de 1535. – Yo el Rey.

 DON FERNANDO DE TAPIA CONIN

Conin viene de una palabra otomí que significa “ruido”. Su nombre cristiano, Fernando, lo eligió en agradecimiento al conquistador Hernán Pérez Bocanegra, mientras que su apellido lo tomó de don Andrés de Tapia, encomendero de Jilotepec que fungió como su padrino de bautizo.
 
Don Fernando de Tapia Conin fue un poderoso cacique de origen otomí que ayudó a los españoles en la lucha contra las tribus insumisas del centro de Nueva España. También fue el fundador del pueblo de indios que después se convertiría en la ciudad de Querétaro.
Conin nació en Nopala, en el reino de Jilotepec (actual estado de Hidalgo), y poco se sabe de su vida antes de la conquista de los españoles; ni siquiera se tiene claro su año de nacimiento. Quizá solo que era un comerciante o pochteca que mercaba con los mexicas y las tribus chichimecas con las que intercambiaba hilos de maguey, sal y mantas, obteniendo pieles de animales principalmente.
Con la caída de la gran Tenochtitlan en 1521, muchos pobladores de origen otomí emigraron hacia el actual Bajío, que por entonces era una región fronteriza entre el imperio mexica y las tribus chichimecas. Se cree que Conin aprovechó el conocimiento que tenía de la zona y sus pobladores para establecerse en las cercanías de la actual ciudad de Querétaro. Así, logró consolidar cierto poder sobre los asentamientos cercanos.
Cuando el conquistador y encomendero español Hernán Pérez de Bocanegra llegó a la región que habitaba Conin, lo convenció de convertirse al cristianismo y fue bautizado con el nombre de Hernando o Fernando de Tapia. Ya con su nuevo nombre y como aliado de los europeos, ayudó a someter a los indígenas del área, principalmente a los chichimecas insurrectos de un lugar llamado Andamaxei, que significa “lugar en donde se juega a la pelota”. Luego, en 1531, obtuvo el permiso para fundar con indígenas otomíes y algunos chichimecas cristianizados la población que después sería la ciudad queretana.
Fernando de Tapia fue sumamente importante para la colonización de la región y grandes extensions de terreno. A él se debieron innumerables fundaciones, por lo que fue recompensado con la cesión de generosas mercedes de tierra y vasallos. Gobernó entre los naturales, de los que fue nombrado gobernador vitalicio. También le fue concedido el título de capitán general y el privilegio de anteponer el “don” a su nombre, lo que daba muestra de su ascenso a la nobleza novohispana.
El viejo cacique murió en 1571 y su hijo Diego de Tapia heredó el gobierno de la ciudad y el título de capitán general. Fue un hombre rico que al igual que su padre ayudó a la Corona española en la conquista de nuevas posesiones; incluso, el monarca Felipe II le concedió un escudo de armas.
Fue así que Fernando de Tapia, nacido como otomí, murió como un noble español. Trabajó gran parte de su vida para consolidar las instituciones instauradas tras la Conquista. Sus herederos continuaron su labor y con su fortuna se construyó el convento de Santa Clara, donde su nieta Luisa de Tapia fue la primera abadesa.

 



 Escudo de armas de don Francisco de Alvarado Matlaccohuatzin. Archivo
Ducal de Alba (carp. 238, leg. 2, doc. 21, fol. 1v). Palacio de Liria, Madrid.


La casa real de Tenochtitlan. Don Diego de Alvarado Huanitzin

María Castañeda de la Paz

El 15 de octubre de 1535 llegaba a la capital de la Nueva España el virrey don Antonio de Mendoza. Para entonces gobernaba en Tenochtitlan el cuauhtlatoani don Pablo Xochiquentzin (1532-1536), quien se había pasado la mayor parte del tiempo en las guerras de la Nueva Galicia. Tras su muerte, el virrey trató de restituir a los linajes legítimos en el trono de Tenochtitlan y contaba con varios candidatos: don Diego de Alvarado Huanitzin (nieto de Axayácatl), don Diego de San Francisco Tehuetzquititzin (nieto de Tizócic) y don Juan Coatlhuitzilíhuitl (nieto de Ahuítzotl).

O sea, los nietos de los tres hermanos que, en el pasado, habían gobernado sucesivamente en Tenochtitlan, además del primogénito de Moctezuma, don Martín Cortés Moctezuma Nezahualtecolotzin (nieto también de Axayácatl), y el nahuatlato de la Audiencia, don Hernando de Tapia Motelchiuhtzin (hijo del cuauhtlatoani don Andrés de Tapia Motelchiuhtzin).

Una estructura que viene a reflejar cómo cada uno de los tres linajes se reorganizó, siguiendo la antigua estructura basada en el orden colateral de sucesión prehispánico. Aunque no tenemos información de los pormenores de la vida en el seno de la elite indígena, sobran los indicios acerca de una fuerte lucha entre algunos de sus miembros por hacerse con el poder. Las tensiones debieron acrecentarse por la larga ausencia del cuauhtlatoani don Pablo Xochiquentzin, inmerso en las conquistas de la Nueva Galicia, y por el ir y venir de algunos nobles a la corte española para ganar favores reales. El punto más álgido de estas intrigas se manifestó cuando don Martín (el hijo de Moctezuma Xocoyotzin) fue eliminado de la escena política, envenenado por don Hernando de Tapia (hijo del cuauhtlatoani don Andrés de Tapia Motelchiuhtzin), cuando volvía de su viaje de España en 1536. Traía por esposa a una mujer española, con lo que ello implicaba: títulos de nobleza, rentas y/o tierras.

Si Huanitzin estuvo involucrado en esa conspiración es imposible saberlo pero, desde luego, fue el personaje que más se benefició, pues muerto don Martín, él se convertía en el candidato con más posibilidades para acceder al trono de Tenochtitlan. No sólo era del linaje de Axayácatl, sino que fortaleció sus derechos al casarse con doña Francisca Moctezuma, una de las hijas de Moctezuma Xocoyotzin.

El padre de Huanitzin era un hermano de Moctezuma Xocoyotzin, llamado Tezozómoc Acolnahuácatl, que murió poco antes de la llegada de los españoles. Ambos hermanos se casaron con mujeres de Ehecatepec (probablemente hermanas), cuyos hijos se casaron entre sí: doña Francisca Moctezuma y don Diego de Alvarado Huanitzin. La fecha exacta de este matrimonio no la sabemos, pero debió ser después de 1532, pues cierta fuente informa que en ese año ella aún vivía con su hermana doña Isabel en Tlacopan. En Ehecatepec gobernaba Huanitzin cuando llegaron los españoles.

Ahora bien, la estrecha relación de Huanitzin con la corte de Tenochtitlan provocó que Hernán Cortés también se lo llevara a la expedición de Las Hibueras (Honduras y Guatemala), entre 1524 y 1526. Unos años después, en 1532, lo encontramos firmando una carta, junto a otros miembros de la nobleza tenochca. En ella hacía varias reclamaciones al rey en materia de tierras, aunque él no fue personalmente a llevarla a España, sino que envió a uno de sus hermanos. Se trataba de don Francisco de Alvarado Matlaccohuatzin, quien en 1536 recibió del monarca un escudo de armas, en agradecimiento por las conquistas en la que él y su hermano habían participado en nombre del rey de España. Poco después, Huanitzin era elegido gobernador de Tenochtitlan por el virrey Mendoza.

Las fechas de su llegada al trono son muy dispares, sin embargo, considerando que Tehuetzquititzin accedió al poder en 1541 y que Huanitzin sólo gobernó cuatro años, su nombramiento debió tener lugar en 1538. Al personaje lo reconocemos en los códices por el glifo de una sencilla bandera (pánitl o pámitl ), aunque rara vez hallaremos su nombre escrito como Panitzin, pues en todas las fuentes en náhuatl figura como Huanitzin.

Muy interesante es saber que Huanitzin seguía aferrado al pasado, pues en 1539 se llegó a decir que aún se hacía acompañar de un séquito de sacerdotes, cuyo cometido era encargarse del envoltorio de Huitzilopochtli que se había sacado del Templo Mayor de Tenochtitlan en plena conquista. Debido a que en ese envoltorio residía la fuerza divina que legitimaba a los señores tenochcas en el poder, se comprende que Huanitzin lo custodiara con sumo cuidado.

Huanitzin y doña Francisca tuvieron varios hijos que se posicionaron muy bien en la sociedad de entonces. A Isabel la casaron con don Antonio Valeriano, el más aventajado colegial de Santa Cruz Tlatelolco; a Juana, con don Antonio Cortés Totoquihuaztli, señor de Tlacopan, y a don Cristóbal de Guzmán Cecetzin lo dejaron con los contactos suficientes para que se convirtiera en gobernador de Tenochtitlan, aunque debían pasar algunos años para que se cumplieran esos deseos. Otro de sus vástagos fue el cronista don Hernando de Alvarado Tezozómoc.

María Castañeda de la Paz. Doctora en historia por la Universidad de Sevilla, España. Investigadora del IIA de la UNAM. Estudia la historia indígena prehispánica y colonial del Centro de México, y se especializa en la nobleza, la heráldica, la cartografía y los códices históricos indígenas

Castañeda de la Paz, María, “La casa real de Tenochtitlan. Don Diego de Alvarado Huanitzin”, Arqueología Mexicana, núm. 158, pp. 14-15.



a



b

Figura 9. Don Diego de San Francisco Tehuetzquititzin. a) Escudo de armas que solicitó. Archivo General de Indias (MP/E, vol. 179, fol. 18r); b) Escudo de armas que recibió. Archivo Ducal de Alba (carp. 238, leg. 2, doc. 18). Palacio de Liria, Madrid


La casa real de Tenochtitlan. Don Diego de San Francisco Tehuetzquititzin

María Castañeda de la Paz


Don Diego de San Francisco Tehuetzquititzin era hijo de Tezcatlpopocatzin y nieto de Tizocic (o Tízoc), séptimo tlatoani de Tenochtitlan. Fue el único miembro de este linaje que llegó al trono de Tenochtitlan en la Colonia, el que ocupó entre 1541 y 1554. El nombre “Tehuetzquiti” significa “cosa donosa que haze reyr, o chocarrero, o dezidor”, de ahí que la máscara que forma parte de su glifo onomástico se haya visto como una careta de las que se usan en la interpretación para hacer reír a la gente.

Las fuentes siempre pintan a Tehuetzquititzin como un personaje de acción, no sólo en el campo de batalla sino también frente al sistema burocrático español. Participó en varias guerras de conquista y a todas trató de sacarles provecho. La primera vez que lo intentó fue mediante una carta escrita junto a otros nobles tenochcas en 1532; en ella hacía valer su papel en la conquista de Honduras, motivo por el cual reclamaba la merced de dos tierras al sur de Tenochtitlan. Es decir, solicitaba al monarca el mismo reconocimiento y las mismas compensaciones con las que él distinguía a los conquistadores españoles.

A pesar de tales intentos no hay pruebas de que don Diego obtuviera respuesta a sus solicitudes y nada se vuelve a saber de él hasta la llegada del virrey don Antonio de Mendoza (1535), que sin duda fue una persona clave en su vida. El virrey fue quien lo nombró gobernador de los tenochcas en 1541, y en ese mismo año lo acompañó a la guerra de la Nueva Galicia, conocida como la Guerra del Mixtón, encabezando don Diego a las tropas tenochcas. Una decisión que quizás aún formaba parte de los antiguos rituales de entronización, en los que el recién elegido debía ir a la guerra a “lavarse como señor” (motlatocapaca) y validar así su señorío.

Su buena relación con el virrey explica que el 26 de febrero de 1546, don Antonio de Mendoza y otras autoridades españolas aprobaran su probanza, por medio de la cual don Diego solicitaba 200 pesos de oro anuales para su sustento y un escudo de armas. Los argumentos presentados para recibir una respuesta favorable del monarca solían ser siempre los mismos: la noble ascendencia del autor de la petición, su amistad con los españoles, las acciones que lo avalaban como buen cristiano, pero, sobre todo, los servicios que el solicitante había prestado al monarca en las guerras de conquista.
Entre sus 14 testigos había muchos españoles y todos respaldaron cada detalle de su noble ascendencia, las muestras de su verdadera conversión cristiana, su amistad con los españoles, su buen gobierno, así como su infatigable labor en las guerras de conquista: la expedición de las Hibueras junto a Cortés, donde estuvo dos años y medio de su vida; la conquista del Pánuco, también con el marqués del Valle; la posterior sublevación de esta provincia, en cuyo apaciguamiento participó con el capitán Sandoval y, finalmente, su labor en la conquista de la sublevada provincia de Nueva Galicia, donde él fue malherido y su hijo, Pedro Cihuayzte, herido de muerte. El escudo le fue concedido el 23 de diciembre de 1546, pero para su sorpresa, difería enormemente del que había solicitado. Del dinero, nada decía la cédula.

Un parteaguas en la vida de Tehuetzquititzin fue la llegada del segundo virrey, don Luis de Velasco, el 5 de diciembre de 1550. Éste dictó unas ordenanzas en las cuales se ponía fin al servicio personal que el pueblo daba a sus señores, obligando a que los campesinos y pescadores fueran retribuidos económicamente por su trabajo. Aquellos que se negaron a acatar las órdenes, como le sucedió a Tehuetzquititzin, que se resistía a perder los privilegios inherentes a su condición de noble y gobernador, fueron acusados por el pueblo y sometidos a juicio, el arma legal con la que el pueblo empezaba a defenderse.

Tehuetzquititzin ya tuvo serios problemas en 1548, con el virrey anterior, pues entonces no pudo evitar la presencia de algunos jueces que acudían al llamado de los macehuales, quienes acusaban a los miembros de su cabildo por gastarse el dinero del tributo en sus fiestas y otros dispendios similares, dejando la caja de la comunidad vacía. Por ignorar las nuevas ordenanzas, don Luis de Velasco también se vio obligado a llamar a otro juez para que pusiera orden. En esta ocasión, el elegido fue don Esteban de Guzmán, principal de Xochimilco, cuyos servicios se requirieron el 15 de junio de 1554. Éste debía averiguar los robos, delitos y excesos que se habían producido en Tenochtitlan por cuenta del cabildo, cuyos miembros volvían a ser acusados de haberse mantenido fuera de la tasación que los otros jueces habían dejado establecida.
Entre esas acusaciones figuraba la falta de pago por los materiales que se trajeron para las reparaciones en obras públicas, así como por el servicio personal que algunos hombres y mujeres (barrenderos y moledoras) prestaban a su palacio o tecpan. Pero para bien o para mal, don Diego murió unos días antes de la llegada del juez, quien sólo pudo interrogar a los miembros de su cabildo y se quedó en calidad de juez-gobernador, mientras buscaba un sustituto.

María Castañeda de la Paz. Doctora en historia por la Universidad de Sevilla, España. Investigadora del IIA de la UNAM. Estudia la historia indígena prehispánica y colonial del Centro de México, y se especializa en la nobleza, la heráldica, la cartografía y los códices históricos indígenas.

Castañeda de la Paz, María, “La casa real de Tenochtitlan. Don Diego de San Francisco Tehuetzquititzin”, Arqueología Mexicana, núm. 159, pp. 78-79.

 




Figura 10. Escudo de armas de don Antonio Cortés Totoquihuaztli.
Archivo Ducal de Alba (carp. 238, leg. 2, doc. 14, fol. 2v).
Palacio de Liria, Madrid.

La vida de Don Martín Cortés Moctezuma Nezahualtecolotzin, uno de los hijos de Moctezuma II

Por: María Castañeda de la Paz

Don Martín realizó su primer viaje a España en 1524, acompañado de don Rodrigo de Paz, señor de Tenayuca y pariente suyo. Aunque es muy probable que ambos visitaran la corte, es obvio que el motivo de este viaje es que recibieran instrucción religiosa. Por ello vemos que nada más llegar, los dos ingresaron en el convento de Santo Domingo, en Talavera de la Reina (Toledo), donde los frailes los mantuvieron con los 100 ducados que el rey otorgó para tal fin.
Don Martín volvió a ir a España en 1527, esta vez acompañado de Hernán Cortés y 40 nobles de varios lugares, aunque en esta ocasión don Martín ya iba con el objetivo de que el monarca le restituyera dos tierras patrimoniales que habían sido de su padre y que sabemos que el rey le regresó. Pero, quizás, lo más llamativo de este viaje sea el ajetreado regreso a México, pues los 40 nobles debieron permanecer un año en Sevilla, de donde no podían partir debido a que algunos murieron o se enfermaron. Lo que sabemos es que la corona se encargó de todos los gastos: el viaje, la estancia, los cuidados médicos, las medicinas y el ropaje de cada uno. Cierta fuente detalla que sólo los más principales, como el hijo de Moctezuma, vistieron calzas de damasco amarillo, gorra y jubón de terciopelo azul, medias encarnadas, camisas y zapatos.
En 1532, don Martín fue otra vez a España, ahora acompañado de un séquito de nobles tenochcas. Lo hacía porque era la reina la que pedía con urgencia su presencia, bajo la promesa de otorgarle una encomienda con el fin de evitar cualquier pretexto. Todo apunta a que los motivos detrás de esta solicitud fueron los planes de su matrimonio con una noble de la corte, pues fue el único del séquito que regresó casado. Es lo que explica también que, durante su estancia, el rey ordenara la permanencia de don Martín en la corte, como miembro de su guardia real y con el encargo de velar por la seguridad del monarca y su familia, mientras que el resto de los nobles accedieron a puestos en la caballería o infantería.
El hijo de Moctezuma regresó a la Nueva España en 1536, pero en el camino hacia la capital fue envenenado por alguien en torno al poder político de Tenochtitlan. No es de extrañar. En ese tiempo, la nobleza comenzaba a organizarse alrededor del gobierno de la ciudad, buscando la manera de volver a controlar el poder político del que se habían visto desplazada tras los avatares de la conquista. A los ojos de los españoles, parece que don Martín era el candidato a convertirse en el primer gobernador indígena de Tenochtitlan, pues no sólo estaba bien instruido en la nueva fe, sino que venía casado con una noble castellana, traía escudo de armas, vestía a la manera de los nobles españoles y es probable que también se le hubiese otorgado una encomienda.


María Castañeda de la Paz, “Estrategias para cambiar el destino. Los hijos de Moctezuma en el siglo XVI”, Arqueología Mexicana, núm. 142, pp. 65-69.

María Castañeda de la Paz. Doctora en historia por la Universidad de Sevilla, España. Investigadora del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM. Sus líneas de investigación son la historia indígena prehispánica y colonial del centro de México. Los temas de su interés son la nobleza, la heráldica, la cartografía y los códices históricos indígenas.



Escudo de Armas de Don Francisco Pizarro.


Nobiliario de Indias

 La Casa de Alba guarda un valioso patrimonio documental, entre el que destaca la fabulosa colección de reales cédulas de concesión de escudos de armas, que la corona otorgaba a conquistadores españoles y señores indígenas, así como a pueblos indios y primeras ciudades y villas fundadas por los españoles. 
Los escudos de armas fueron uno de los principales símbolos de poder. Éstos podían ser obtenidos de forma hereditaria, o bien por concesión soberana. Cuando el monarca otorgaba un escudo de armas lo hacía en forma de recompensa por haber realizado alguna gesta para la Corona. 
Las cédulas eran documentos oficiales que, aunque no estaban vinculados con la Casa de Alba, llegaron a su archivo ubicado en el Palacio de Liria, procedente posiblemente del Consejo de Indias. 
Antes era muy frecuente que las personas se llevaran el trabajo a casa y muchas veces esos documentos acababan confundiéndose con los papeles privados de la familia. Recordemos que varios miembros de la Casa de Alba ocuparon la presidencia del Consejo de Indias entre 1550 y 1880. Fue el caso de conde-duque de Olivares, del conde de Lemos y del conde de Aranda
Izda. Escudo de armas de don Jerónimo del Águila, cacique de Tlacopan, en la Nueva España. Dcha. Escudo de armas de don Felipe de Guacarapaucara, cacique de Juaja, en el Perú. 


Diseño de las reales cédulas

Las reales cédulas mostraban, junto con la disposición regia, un dibujo con las armas concedidas, se cree que para evitar interpretaciones erróneas. El diseño se fijó en el documento, dándole validez legal. Primero se pintaba el escudo y luego se escribía la disposición. La escritura se adapta a la forma del escudo, dando como resultado un diseño armonioso y visualmente atractivo. 
Dichos emblemas eran la evidencia palpable de algunas de las actuaciones de sus propietarios, representaciones gráficas donde cada símbolo reforzaba una idea o hecho en concreto. 
Una forma de preservar la memoria de sus orígenes y hazañas, y pasar a formar parte de un grupo social privilegiado. 

¿A quién se entregaban estas cédulas reales?
Izda. Escudo de armas de Alonso de Arcos, conquistador de Popayán. Dcha. Escudo de armas de la ciudad de Cartagena de Indias. 



Se entregaron a los señores indígenas como prueba de fidelidad a la corona y a la fe cristiana. También la recibieron algunos pueblos indios que participaron activamente en el apoyo de los españoles en la conquista. En tal caso, los pueblos ascendían a la condición de villas o ciudades.
Entre las reales cédulas que se conservan en el Archivo de la Casa de Alba, también encontramos las que se entregaron a los españoles que participaron en la conquista, pacificación y poblamiento, mediante aportaciones de gente, armas y dinero. Igualmente, las ciudades fundadas por los españoles también recibieron su escudo de armas. 

 

ESCUDO DE ARMAS DE TZINTZUNTZAN, MICHOACÁN, SIGLO XVI

Fecha de elaboración   1595.

Lugar de origen   Tzintzuntzan, en la región lacustre de Michoacán.

Características físicas

El escudo está elaborado en papel europeo de 28.7 por 20.7 cm. Excepto por manchas en el papel, en general se encuentra en buen estado, y ha mantenido su apariencia original.

Formas y colores

El escudo combina elementos gráficos de la historia y la cultura tradicional, en un esquema de heráldica española. No se sabe el nombre del carari o pintor que lo elaboró. Es una acuarela que usa varios colores y aplicaciones de oro. Llama la atención la presencia del color rosa en la vestimenta de “Vacusti/catame”, personaje del lado derecho.

Origen

Entre las manifestaciones pictóricas mesoamericanas coloniales, no ampliamente estudiadas, se encuentran los escudos nobiliarios o de ciudades. Éstos fueron otorgados por el rey de España como un reconocimiento de la legitimidad de un asentamiento o de un linaje noble indígena, generalmente asociado al gobierno local. Los escudos hispano-indígenas proceden de varias regiones y varían en composición y complejidad. A veces predominan los elementos nativos y, en ocasiones, la heráldica española se manifiesta interpretada con matices tradicionales. Sabemos que a Tzintzuntzan (lugar de los colibríes) le fue dado el título de ciudad oficialmente en 1534, con lo cual alcanzó los consecuentes derechos de legitimidad para sus gobernantes, aspecto de muy particular importancia entre las comunidades indígenas del centro de México. Tras una disputa por el cambio de los poderes políticos y religiosos de Tzintzuntzan a Pátzcuaro —originalmente un barrio de la primera población; el cambio fue patrocinado por el obispo Vasco de Quiroga (¿1480?-1565)—, los líderes de Tzintzuntzan logran recuperar parte de sus privilegios hacia finales del siglo XVI. Este logro se ve confirmado con la presentación a las autoridades locales de documentos oficiales y un escudo. Como afirma Hans Roskamp: “El único ejemplar conocido del escudo está incluido en el traslado de los autos de posesión del título de la ciudad de Tzintzuntzan que se hizo en abril de 1595 y que se encuentra en el Archivo General de Indias”

Principales estudios

En 1981 el investigador Francisco Miranda reportó por primera vez la existencia de esta pintura. Posteriormente se han hecho varias reproducciones con notas introductorias como la de Ramos Sosa, que ayudó a darlo a conocer más amplia- mente. El trabajo más completo hasta ahora publicado es de la autoría de Hans Roskamp. En su artículo no sólo estudió a detalle el escudo, sino que nos proporcionó un entorno histórico que sirve para ubicar la elaboración del escudo.
 

Lugar donde está depositado

Originalmente se guardó en el Archivo General de Indias de Sevilla, Audiencia de México, legajo 94. Ahora se encuentra en la sección de Escudos y Árboles Genealógicos de México, núm. 168.

 El escudo de armas

Indudablemente la iconografía aquilina tuvo una particular importancia en la región de los uacúsechas. Precisamente este término se refiere a esta ave. En la parte central aparece el águila con alas extendidas y el pico abierto, mirando hacia el Sol. Sus relaciones con el astro en la cosmovisión de este pueblo son indudables. Su cuerpo sostiene un escudo de tradición hispana donde, en sus campos, se muestran diferentes aspectos asocia- dos a la historia, la religión y el poder de los uacúsechas de Tzintzuntzan: en la parte superior al lado izquierdo aparecen siete piedras que parecen formar una cueva de origen; le sigue una cruz cristiana y después una isla con dos casas y una pirámide con un templo del que sale fuego. En el lago se notan dos pescados. En medio del escudo se adicionó una torre de estilo español, similar a las que encontramos en los escudos de armas de Tlaxcala y Huexotzinco (Puebla). La torre se acompaña de unos colibríes, por lo que se asociaría al nombre de la población. En la parte inferior derecha de esta figura se acomodó la imagen de dos patos, aves acuáticas de gran importancia simbólica para los nobles y sus cultos. En la sección intermedia e inferior se incluyeron un par de sandalias –atributos exclusivos de los irecha o gobernantes supremos–, un felino, un tocado en forma de banda de piel de jaguar; luego sigue un cie- lo estrellado con una luna (¿representación de la importante diosa Xaratanga?). En el siguiente campo se encuentra un ¿coyote? junto a un árbol donde parece que van a perchar unas aves que parecen ser grullas, garzas o cigüeñas. El escudo se complementa con dos tenantes: el de la izquierda se identifica como Harame y el de la derecha es Vacusti/catame o Hireti Thicatame, mensajero del dios Sol Curicaueri, aquí vestido con parafernalia del alto puesto de irecha. El segundo personaje, Harame, de cabello largo, está vestido con bragas, sandalias, arco y un carcaj con flechas; porta en la frente una banda de piel de jaguar. Harame también formó parte de los linajes de nobleza de Tzintzuntzan, y fue aliado del rey Tariácuri en sus conflictos bélicos. Alrededor de las figuras descritas se agregaron una serie de objetos atados con un mecate o cuerda: arcos, flechas, bragas, brazos que portan escudos, macanas, pipas y otros símbolos diversos. Existen en otros documentos pictóricos más tardíos variantes que reinterpretan este escudo, como los que se encuentran en los títulos primordiales de Carapan.

 

Xavier Noguez. Profesor-investigador de El Colegio Mexiquense, dedicado al estudio y publicación de códices coloniales del centro de México.

Noguez, Xavier, “Escudo de armas de Tzintzuntzan, Michoacán, siglo XVI”, Arqueología Mexicana núm. 143, pp. 12-13.

Nota: Tzintzuntzan (en purépecha: Tsꞌintsuntsani ‘Lugar de los colibríes’) es una localidad que fue la ciudad más importante del Imperio purépecha y posteriormente su capital. La moderna localidad de Tzintzuntzan (zona lacustre) es la cabecera del municipio del mismo nombre.

El moderno municipio está localizado junto al Lago de Pátzcuaro, que era conocido en el siglo XVI como 'Laguna de Mechoacan'. Su territorio se ubica en la zona lacustre, en el centro norte del estado mexicano de Michoacán.

 

  EL ESCUDO DE LA CIUDAD DE TLAXCALA.

XAVIER NOGUEZ.



Uno de los más interesantes documentos que guarda el Centro de Estudios de Historia de México Carso-Condumex es la cédula original expedida por Carlos I o V y firmada por su madre, la reina Juana de Castilla, a favor de la ciudad de Tlaxcala, otorgándole el 22 de abril de 1535 la merced de un escudo de armas y el título de “Leal Ciudad”. Adquirida por la institución citada el 1o. de agosto de 1974, el documento se encuentra en buen estado de conservación. Destaca en la parte superior de la cédula el escudo de los Habsburgo españoles con la corona imperial del Sacro Imperio, el águila bicéfala, los estandartes de Castilla y León, el collar del toisón de oro y las columnas de Hércules que, junto con las palabras Plus Ultra, hacen referencia a las tierras del Nuevo Mundo. En tres de sus lados la cédula muestra motivos vegetales, acompañados de pájaros. En la parte central se escribió un largo texto en español que se inicia con el nombre del emperador “Don Carlos”. Aquí se describen los elementos que mostrará el escudo tlaxcalteca:

…el campo colorado y dentro de él un castillo de oro con puertas y ventanas azules y encima de dicho castillo una bandera con una águila negra rampante en campo de oro, y por orla, en cada uno de los dos lados de ella un ramo de palma verde y en lo alto de la dicha orla tres letras que son una I, una K una F, que son las primeras letras de nuestros nombres y del príncipe don Felipe, nuestro muy caro y amado nieto e hijo, y entre las tres letras, dos coronas de oro, y de la parte de abajo dos calaveras de hombres muertos y entre ellas dos huesos de hombres muertos, atravesados a manera de aspa que vuelvan a color amarilla, la cual dicha orla tenga el campo de plata, según que aquí van figuradas y pintadas…


En el centro de la cédula aparece reproducido el escudo a todo color. Más acostumbrados a estudiar los emblemas indígenas, de pueblos o individuos, otorgados por las autoridades españolas que presentan componentes tanto de la heráldica española como de iconografía tradicional nativa, aquí, en el ejemplo de Tlaxcala, llama particularmente la atención la ausencia de formas que den noticia de signos de la tradición gráfica prehispánica. Se podría esperar la presencia de elementos asociados al nombre de la ciudad, las tortillas, tlaxcalli, su deidad principal (Camaxtli-Mixcóatl) u otros símbolos como el ocote, los pedernales o alguna banda bicolor roja y blanca que abunda en los tocados de los caciques de los cuatros señoríos. En el Lienzo de Tlaxcala (Arqueología Mexicana, núm. 103) aparece el escudo aquí estudiado en asociación a un cerro que en estudios modernos se le ha asignado el nombre genérico de altépetl (“cerro-agua”), sin que se dé a conocer su identidad particular. Además se ha agregado la imagen de la Virgen de la Asunción junto a la iglesia de San Francisco. Sin embargo, en ninguna fuente contemporánea a la elaboración del escudo se da noticia de su contenido. Definitivamente, los caciques que visitaron España, entre ellos don Diego Maxicahtzin, lo adoptaron como suyo.

Significado

El castillo de oro sobre gules es el emblema de Castilla, el cual representa las fortalezas levantadas durante la Reconquista. En el contexto de Tlaxcala, representa a dicha ciudad como una nueva Castilla, vencedora de los mexicas durante la Conquista. El águila en sable sobre oro es la imagen heráldica de la Casa de Habsburgo, a la cual pertenecía Carlos I, quien concedió el escudo. La orla de argén (bordura en lenguaje heráldico) representa la fe católica, que los tlaxcaltecas habrían abrazado sin oposición. Las iniciales corresponden a las de los nombres latinizados de la reina Juana de Castilla, el propio Carlos y el entonces príncipe Felipe. Las dos coronas representan a la mencionada Juana, reina de Castilla y a su hijo Carlos V monarca de la misma Corona. Las palmas son símbolo de victoria, en este caso sobre los mexicas. Los cráneos y las tibias evocan los glifos prehispánicos similares y pueden referirse a los sacrifcios humanos en la cultura mesoamericana; se ha sugerido que representan a los mexicas muertos durante la toma de Tenochtitlan en 1521.






Itsukushima Shrine.


  

LOS ESCUDOS DE AMÉRICA LATINA Y SUS REZAGOS COLONIALES.

El bicentenario de la independecia  encuentra a los países y ciudades latinoamericanos con sus escudos anclados en la colonia. Paradoja simbólica que ni el diseño, ni la política han logrado resolver.
AUTOR
FERNANDO NAVIA MEYER

Jamuña: (Diseño). De la lengua aymara. Crear un dibujo. Entender, pensar, imaginar, percibir, acertar, modo, manera. Adivinar.

Los escudos nacionales, departamentales, municipales, provinciales y familiares, —estos últimos genealógicos— fueron introducidos durante el proceso de colonización en el continente americano (Abia Ayala) y deben su origen a las cruzadas y torneos medievales.

Fueron entregados a regiones, ciudades y familias ricas, generalmente por el Rey de España, en reconocimiento a su fidelidad y retribución a la corona y de las cuales se debían obtener pruebas administrativas, jurídicas, religiosas e ideológicas que probaran tal merecimiento. Los escudos eran dados incluso a solicitud de los fidelizados, porque en las familias mestizas dominantes primaba el sentido de nobleza, reputación, linaje y privilegio —valores relevantes moral y socialmente en la edad media— que daba el poseer un escudo entregado por el Rey, según se creía en aquel entonces. La posesión del escudo era símbolo de la obediencia al Rey y en el caso de los emblemas familiares, se lucía con orgullo en la fachada y sala de casa, además de timbrar con el escudo dispuesto en el anillo diversos documentos oficiales familiares.
En forma análoga, los escudos otorgados a las ciudades y provincias se lucían con orgullo en las fachadas de las edificaciones públicas y la documentación pública se legalizaba con el sello del escudo, representando con ello que la ciudad pertenecía al Reino de España.
De ahí la estructura en forma piramidal de los escudos: en la cúspide figuras del cristianismo, inmediatamente después figuras con los atributos del Rey, y abajo representaciones de las riquezas naturales de la ciudad o un momento histórico relevante para la Corona. De este modo se organizaba el orden jerárquico, prelación y propiedad. La ciudad tributaria del escudo, reconocía con la posesión del mismo, la subordinación a aquel orden.

Por otra parte, la heráldica —que es un manual de normas (análogo a la identidad visual de la comunicación corporativa actual) para el diseño de los escudos y que alcanza su apogeo en el siglo XII, continuando hasta la actualidad— define la forma, composición, colores, estilo, actitud de las figuras, tamaño y ubicación de cada elemento entre sí y en el conjunto. Es un sistema cerrado que sólo permite la lectura del contenido de las figuras del escudo a través de expertos en heráldica y genealogía. La heráldica, subsidiaria de la historia, es el soporte ideológico y normativo del diseño de los escudos, que sirve como doctrina para que el diseño de los escudos se realice en forma exclusiva, por órdenes de oficios artísticos al servicio de la corona.
Cada una de las figuras y el escudo como totalidad, poseen un significado definido por la corona, en función de su interés económico y político que será formalizado por la heráldica. Formas y figuras asimiladas de la cultura egipcia, griega y romana, entre otras y sincretizadas posteriormente por el cristianismo.
Dependiendo del Rey, su linaje y el grado de adscripción a un determinado orden religioso, se definían las figuras y su ubicación en el escudo y algunos significados quedaban regularmente en reserva, porque era común que una figura tuviera más de un significado y algunos de ellos encriptados para ser decodificados por un cierto estamento.
Los escudos llegaron diseñados desde el imperio y se entregaron a ciudades del continente americano, regularmente en procesos fundacionales, permaneciendo vigentes como símbolo y emblema de La Paz, Buenos Aires, Lima, Cuzco, Bogotá, Montevideo, Potosí, Cartagena, Sucre, Caracas, Río de Janeiro, Córdoba, Tarija, Salta, Santa Cruz, etc.

Un ejemplo del persistente diseño colonial.-

Fotografía del escudo entregado por Carlos V el año 1555 a la ciudad de La Paz, Bolivia.


Cédula real del año 1555: «El Rey de España, Carlos I otorga a La Paz, como distintivo real, que se halla descrito por la propia Real Cédula que lo crea, de la siguiente manera: «en lo más alto un yelmo rematado por paloma sosteniendo una rama de olivo en el pico; aquel será con interior acolchado en terlices de damasco rojo; en el centro una corona; debajo de esta un león enfrentado por un cordero, ambos de pie; debajo un río y todo orlado de un mote que diga: Los discordes en concordia, en Paz y amor se juntaron, y pueblo de paz fundaron para perpetua memoria»».1

Simbología de la gráfica del escudo colonial de La Paz

La paloma en la cúspide del escudo, con la rama de olivo en el pico significa la paz divina que el cristiano fiel o su alma ha recibido durante el bautismo cristiano, derivando a la asociación actual, por convención, de la paloma con la paz.
la paz



El olivo, símbolo de justicia en el antiguo Egipto, después en Grecia se asocia con culto, en Roma significaba victoria y paz; en el Corán el olivo es un árbol sagrado que brilla y guía a los hombres. Actualmente es una figura universal y organizaciones internacionales como Naciones Unidas lo utilizan como signo de paz e igualdad.
El yelmo es la coraza que protegía la cabeza y la cara de los soldados. En función de la forma, material y diseño se definía la jerarquía y el orden a la que pertenecía. Representa hidalguía y caballerosidad en el lenguaje heráldico, pero también, control por la fuerza de las armas.
La corona representa al rey y ocupa el centro del escudo que es la destinada a los jefes en heráldica. El león es símbolo de fuerza, poder, gobierno, guardián y rey de los animales. El cordero: docilidad, obediencia y humildad, aún en la actualidad. El río: la fertilidad y riqueza aurífera del río Choqueyapu.

El texto: «Los discordes en concordia, en Paz y amor se juntaron, y pueblo de paz fundaron para perpetua memoria», hace referencia al contexto histórico de la época, porque desde el año 1537 se disputaban entre conquistadores, la propiedad de los territorios colonizados, hasta que los representantes del Rey se imponen y en homenaje a la finalización del conflicto fundan una ciudad a la que denominan «Nuestra Señora de La Paz» y el año 1555 le otorgan el escudo.

El ejemplo precedente es apenas una muestra del contexto de sumisión económica e ideológica, cristalizados en el diseño de los escudos y que hoy persisten como ídolos sagrados de las ciudades y provincias del Abia Ayala (América), como se muestran en las siguientes imágenes:
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Escudo del portal del Municipio de Santiago, Chile.





Coat of arms of Santiago de Chile (1863-1913)

Escudo de Lima.




Temor al cambio.

A la fecha, se efectuaron tímidas y precarias reformas a escudos nacionales, a mano de los presidentes, por ejemplo: dar la vuelta en 180º al caballo blanco del escudo de Venezuela, (Chávez); cambiar el árbol de pan por una palmera en el escudo de Bolivia, (Mesa); «modernizar» el escudo de Colombia, (Uribe) que finalmente no se aprobó; y reducir en ángulo de 45º el escudo de México (Fox). Sin embargo, cambios profundos a través de estudios serios no se han efectuado. ¿Por qué? Miedo al cambio.
Desde que nacemos nos forman y educan bajo el canon de que los escudos, banderas e himnos son sagrados símbolos de la patria. Es tan potente el sentimiento de identificación con la patria que obnubila el pensamiento y no objetamos al objeto mediador (escudo, bandera, himno) de esa emoción. Es típicamente la ceguera del observador emocional, que no le importa el contexto y significado del origen del signo (escudo). Ese significado se diluye en la potencia del símbolo. Es la fuerza de la pregnancia de la forma del escudo en la mente del colonizado.

Cada pueblo y ciudad posee su identidad y la colonia es parte ineludible de esa identidad. Pero no es toda la identidad, por lo tanto, cada ciudad y país debe encontrar su destino gráfico y visual. Si se quiere un escudo colonial, que así sea; pero que emerja en la consciencia; adorar el escudo sabiendo que es colonial, no encubrirse.
También se puede optar por diseñar «Marca País», en el contexto del corporate anglosajón o europeo, con una clara tendencia promocional asociada al producto y servicio, por tanto, efímero.
Y una tercera opción, es reformar los escudos con figuras de la cultura histórica de cada ciudad o país, incluidos los coloniales, pero no sólo coloniales. ¿Acaso no es posible encontrar una figura representativa de la libertad en cada país y ciudad que no sea únicamente el gorro frigio francés?

En este contexto postcolonial y de celebración del bicentenario de ciudades y países ¿cuál es el rol del diseño y diseñadores en este continente del Abia Ayala?

Es aberrante que profesionales y centros de formación en diseño no produzcan conocimientos histórico-críticos de la gráfica colonial y subsecuentes, para comprender los contextos ideológicos y políticos a los que sirve el diseño y en consecuencia, contribuir a decodificar patrones de diseño que en esas condiciones permanecen ocultos y sin cambios. Todo diseñador que piensa que el diseño está al margen de la política, está favoreciendo a alguna ideología con sus diseños y encubriendo otras. Esto es, diseñar ajeno a la propia conciencia.

Los escudos son como el esclavo eterno, que en libertad desconoce lo que puede hacer y pensar. Así se coloniza la mente, por años, décadas y siglos.




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